Éste es un sermón dado por Joseph W. Tkach Sr. en Atlanta, Georgia, el 17 de diciembre de 1994, Santa Barbara, California, el 20 de diciembre, y Big Sandy, Texas, el 24 de diciembre; impreso en el Pastor General’s Report [Informe del Pastor General], el 21 de diciembre de 1994 y The Worldwide News, el 5 de enero de 1995. Apareció en El Noticiero el 10 de enero de 1995. Vea Una breve historia de la Iglesia de Dios Universal sobre su papel en nuestra historia.
El Nuevo Pacto y el Sábado
Quiero empezar haciendo un par de preguntas: ¿Somos una iglesia del antiguo pacto, o una iglesia del nuevo pacto? ¿Se basa nuestra relación con Dios en el antiguo pacto, o en el nuevo? ¿Se regulan nuestras vidas por las leyes del antiguo pacto, o por las leyes del nuevo?
Se trata de un tema muy básico, y muy importante, aunque muy raramente hablamos de ello. El Sr. Herbert W. Armstrong escribió acerca de eso en 1978 en su artículo “La Pura Verdad Sobre los Pactos.” En ese artículo el Sr. Armstrong hizo algunas aseveraciones cuyas implicaciones solemos pasar por alto. Por ejemplo, el Sr. Armstrong escribió que “El antiguo pacto ha terminado.” Y escribió que los cristianos hoy “viven de acuerdo a las condiciones del nuevo pacto.”
Como dije antes, a menudo hemos pasado por alto las implicaciones de este nuevo pacto, y quiero concentrarme en eso a lo largo de este sermón: ¿qué es el nuevo pacto, y qué tipo de relación tenemos con Dios?
Podemos empezar definiendo la palabra “pacto.” En términos simples, un pacto es un acuerdo formal. Puede ser un acuerdo entre dos personas, un tratado entre naciones, o una relación entre Dios y un individuo humano o una nación. Es este último tipo de pacto que quiero concentrarme en adelante —la relación entre Dios y su pueblo. ¿Qué clase de pacto tenía Dios con Abraham, y con la antigua Israel, y qué clase de pacto tiene él con nosotros hoy? ¿Qué promesas nos ha hecho él en este tiempo? Y ¿qué es lo que él manda?
El Antiguo Testamento describe varios pactos. Abraham hizo pactos con sus vecinos. Los reyes israelitas hicieron tratados con otros reyes, y los reyes hicieron pactos con sus ciudadanos. David hizo un pacto de amistad con Jonatán. Dios hizo pactos con Noé y con David.
Todos estos son interesantes, pero en esta carta miraremos más cuidadosamente tres pactos: Primero, el pacto que Dios hizo con Abraham. Segundo, el pacto que hizo Dios con Israel por medio de Moisés en el Monte Sinaí. Y tercero, el nuevo pacto cuyo mediador es Jesucristo.
El pacto con Abraham:
Lo primero que notamos acerca del pacto con Abraham es que era incondicional. Estamos familiarizados con la historia de Abraham. Dios lo llamó para que saliera de Mesopotamia y prometió darles la tierra de Canaán a sus descendientes. Leemos en Génesis 15:1-5:
Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande. Y respondió Abram: Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer? Dijo también Abram: Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa. Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.
Esta fue una promesa fenomenal. Pero, lo que leemos en versículo 6 es más notable aún: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.”
Esta es una declaración decisiva de la justificación por la fe. Abraham fue considerado justo con base en la fe. El apóstol Pablo desarrolla más esa idea en Romanos 4 y Gálatas 3, que veremos después. Por ahora, continuemos en Génesis 15 y veamos el pacto que Dios hizo con Abraham.
Dios repitió su promesa de darle a Abraham la tierra de Canaán (v. 7). Abraham pidió una prueba (v. 8). Como respuesta, Dios le pidió que trajera unos animales, y Abraham partió los animales por la mitad y colocó cada mitad enfrente de la otra (vv. 9-10). Entonces Dios hizo que Abraham cayera en un profundo sueño (v. 12) durante el cual Dios describió el pacto (vv. 13-16):
Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez. Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.
Dios hizo a Abraham algunas promesas dramáticas, y estas eran promesas incondicionales. Dios no dijo, yo haré esto si tú haces eso. Abraham ya había hecho suficiente. Había aceptado el llamamiento de Dios, fue a la tierra tal como Dios había mandado, y le creyó a Dios y por consiguiente fue contado como justo. De modo que Dios le dijo, Ten por cierto que yo les daré la tierra a tus descendientes. Ello estaba garantizado.
Después, en este sueño, sucedió algo muy peculiar: “Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates” (vv. 17-18).
Ahora, podríamos preguntar, ¿lo que es este negocio con un horno humeando y una antorcha de fuego? Respuesta: Esto parece ser parte de la antigua costumbre de formalizar un pacto. Los animales se partía por la mitad, y se colocaban en dos hileras, y las personas que hacían el pacto caminaban entre las mitades y tomaban un juramento, diciendo, si quebrando este pacto, si quebranto mi parte de este acuerdo, que me partan por la mitad como uno de estos animales. Era una costumbre bastante sangrienta, pero ciertamente daba énfasis a cuán en serio las personas tomaron el acuerdo que estaban haciendo. En el idioma hebreo, los pactos no simplemente se “hacían” —se ejecutaban.
En este sueño, Dios es simbolizado por el horno humeando o la antorcha de fuego, y pasa entre los pedazos de los animales sacrificados para dar énfasis a Abraham que su promesa estaba garantizada. Él ejecutó un pacto con Abraham, formalizando la promesa que había hecho a Abraham debido a su fe. Éste es el decisivo pacto que Dios hizo con el padre de los creyentes.
Lo siguiente que notamos sobre el pacto de Dios con Abraham es que tenía una señal asociada con él. En Génesis 17, encontramos que unos 14 años después de los acontecimientos anteriores, Dios confirmó su pacto, cambiándole el nombre de Abram a Abraham. Leemos sobre esta renovación del pacto en los versículos 1-8:
Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera. Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mí pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.
Dios renovó el pacto, y agregó algunas bendiciones. Él prometió ser el Dios de los descendientes de Abraham. Y ahora Dios le exigía algo a Abraham —la circuncisión (vv. 9-11):
Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo.
La circuncisión habría de ser la señal del pacto perpetuo entre Dios y Abraham y sus descendientes. El pacto fue renovado y ampliado. El corte del prepucio era un recordatorio continuo de que Dios había ejecutado un pacto con los hijos de Abraham. Este pacto y la circuncisión fueron continuados en Isaac, Jacob, y los israelitas. Ahora vayamos al libro de Éxodo y veamos el pacto de Dios con las doce tribus de Israel en los días de Moisés.
El pacto en el Monte Sinaí:
Lo primero que notamos acerca del pacto en el Monte Sinaí es que el pueblo estaba de acuerdo en obedecer. Se nos dice que Dios recordó el pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob, y por consiguiente sacó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Los trajo al Monte Sinaí, y allí hizo un pacto con ellos. Como su gobernante, les dio leyes, y ellos se comprometieron en guardar esas leyes (Éxo. 19:5-8). Dios dijo:
Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado. Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos.
El pueblo estaba de acuerdo en hacer un pacto con Dios. Después que estaban listos, Dios les dio los Diez Mandamientos, como vemos en la primera parte de capítulo 20. También, Dios les habría dado el resto del pacto, pero las personas tenían miedo (vv. 18-19): “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.”
De modo que Moisés se convirtió en el mediador del pacto en el Monte Sinaí. Comenzando en el versículo 22, Dios empezó dándole más mandamientos a Moisés para que se los diera al pueblo. Les dijo que construyeran altares de una determinada forma, que trataran a los sirvientes de una manera particular, que castigaran los pecados serios, que castigaran el robo, y varias otras leyes en los capítulos 21, 22 y 23. Y si hacían todo eso, Dios prometió sacar a los cananeos y darles la tierra a los israelitas. Ésa era su parte del acuerdo.
El pacto abrahámico ponía énfasis a la promesa de Dios, y el pacto del Sinaí dio énfasis a las responsabilidades humanas.
El pueblo se comprometió a obedecer: “Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho” (Éxo. 24:3). De modo que Moisés se preparó para una ceremonia del pacto:
“Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová. Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (vv. 5-8).
De manera que se sacrificaron animales, y el pueblo vino a estar bajo el pacto al ser rociado con la sangre. Lo próximo que notamos sobre el pacto del Sinaí es que los Diez Mandamientos estaban en su centro. En Éxodo 34:28, leemos que “las palabras del pacto, los diez mandamientos” fueron escritas en tablas de piedra. Los Diez Mandamientos eran las palabras del pacto. Las tablas fueron llamadas “las tablas del pacto.” Fueron colocadas dentro de un arca, y el arca fue llamada “el arca del pacto.” El pacto, entonces, fue guardado dentro del arca.
Los Diez Mandamientos formaron el meollo del sinaítico, o antiguo pacto, pero el pacto también incluyó todo Éxodo 20-24. El pueblo se comprometió en servir de Dios, y él se comprometió en protegerlo.
En Éxodo 31:13-17, vemos que el sábado fue hecho una señal del pacto del Sinaí, así como la circuncisión había sido una señal del pacto con Abraham. El sábado era un recordatorio perpetuo del pacto que Israel hizo en el Monte Sinaí.
Hay también otros pactos, menos conocidos que Dios hizo con su pueblo, como el pacto del pan de la proposición, o pan de la presencia, del cual únicamente los sacerdotes podían comer (Lev. 24:5). Pero el pacto principal del Antiguo Testamento es el que hizo Dios con la nación de Israel en el Monte Sinaí. Es allí donde se convirtió en una nación bajo Dios. Más tarde la historia israelita se construye sobre este pacto del Monte Sinaí. Este pacto fue renovado varias veces durante la historia de Israel.
Justo antes de que los israelitas entraran en la tierra prometida, renovaron el pacto en las llanuras de Moab. Los Diez Mandamientos seguían siendo el punto central del pacto, pero se dieron más leyes y más detalladas bendiciones y maldiciones. A lo largo del resto de la historia de Israel, Dios los bendijo de acuerdo con este pacto, y los castigó de acuerdo con este pacto. Él obraba de acuerdo con los términos del convenio que habían hecho.
Dios era fiel, pero el pueblo no lo fue. Ustedes conocen la historia. El pueblo terminó por perder la posesión de la tierra y fueron llevados en cautividad.
El nuevo pacto:
Lo primero que notamos sobre el nuevo pacto es que fue profetizado en el Antiguo Testamento. Pero primero miremos lo que dice Hebreos 8:5-6 sobre la relación entre el antiguo y el nuevo pacto:
[Los sacerdotes] sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte. Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.
Vemos varias cosas en estos dos versículos: Primero, Jesús tiene un mejor ministerio que el de los levitas. Jesús es un Sumo Sacerdote más eficaz —él está realmente en el trono celestial, no en una copia terrenal.
Segundo, el nuevo pacto que Jesús trajo es superior al antiguo pacto. Es mejor, y tiene mejores promesas. Nos da una herencia mejor.
Sigamos leyendo los versículos 7-8: “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice.”
De manera que vemos que había algo malo con el antiguo pacto. El problema era que el pueblo no podía hacer su parte. No podían obedecer la ley. Como se nos dijo antes en Hebreos, no tenían fe. Sus mentes estaban espiritualmente adormecidas; no entendían. No tenían el corazón para obedecer —y Dios lo sabía desde el principio. Por consiguiente, era necesario otro pacto, y eso es justamente lo que los profetas predijeron. Y aquí en Hebreos 8, se cita una sección de Jeremías. Sigamos leyendo el versículo 8:
Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor.
De manera que se profetizó que el nuevo pacto sería diferente del antiguo. ¿Cuán diferente? Continuemos leyendo en versículo 10, donde todavía se cita a Jeremías 31:
Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos.
Jeremías predijo que cada persona tendrá su propia relación con Dios. Cada persona obedecería a Dios no debido a una lista de reglas escritas en alguna parte, sino porque tendrán una actitud obediente —un corazón circunciso, lo llama Dios. Las leyes se hallarían en su interior. Las personas guardarán el espíritu de la ley. Estarán en obediencia con Dios, no más en rebelión contra él.
Y no sólo eso, los sacrificios ritualistas del antiguo pacto ya no serán necesarios. Dios perdonará a su pueblo sin necesidad de sacrificios. Vemos eso en el versículo 12: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.”
Y el versículo 13 nos dice claramente que el antiguo pacto está obsoleto, o, como el Sr. Armstrong escribió, ha terminado: “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.” El antiguo pacto, como un paquete de leyes que regulaba la relación entre Dios y su pueblo, está obsoleto. Desde luego, no todas las leyes en el antiguo pacto se han eliminado —muchas de esas leyes se repiten en el Nuevo Testamento, pero el antiguo pacto en sí, como un paquete, está obsoleto.
Ustedes ven, el problema del antiguo pacto estaba en las personas, y la sangre de toros y machos cabríos no podía cambiar sus corazones. No podía limpiar una conciencia culpable. Es por eso qué tenían que seguir sacrificando animales año tras año. Nunca acabarían. Jamás podrían hacer lo suficiente.
De manera que los profetas anunciaron un nuevo pacto —una nueva base para la relación entre Dios y su pueblo. El libro de Hebreos cita a Jeremías, pero Jeremías no fue el único profeta que predijo un nuevo pacto. En la primera de sus profecías del ‘Siervo Sufriente’, Isaías escribió acerca de la misión de Cristo. En Isaías 42:6-7, Dios le está hablando a su Siervo:
Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.
Jesucristo cumplió esta profecía. Él es la luz para los judíos y para los gentiles. Abre los ojos a quienes están espiritualmente ciegos, y trae libertad a quienes están esclavizados por el pecado. Y él es el pacto que Dios hace con su pueblo. Es la base de nuestra relación con Dios. Es sólo por medio de él que podemos recibir las mejores promesas del nuevo pacto.
Isaías predice en muchos lugares este nuevo y mejorado pacto. Veamos Isaías 59:20:
Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob, dice Jehová. Y este será mi pacto con ellos, dijo Jehová: El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos, dijo Jehová, desde ahora y para siempre.
El nuevo pacto incluye el Espíritu Santo. Es por eso qué es mejor. El Espíritu Santo se da al pueblo de Dios como una especie de arras que garantiza su herencia futura. Y el Espíritu Santo cambia sus corazones. Las personas se transforman, y crecen cada vez más como Cristo, el Mensajero y Mediador del nuevo pacto. El nuevo pacto involucra una relación espiritual, un asunto del corazón y la conciencia y la fe.
Jesús y el nuevo pacto:
Jesús cumplió estas profecías. Él trajo el nuevo pacto. Estamos familiarizados con las palabras de la Última Cena que repasamos a cada Pascua del Nuevo Testamento. Jesús dijo que la copa de vino representaba su propia sangre, la cual sería la sangre del nuevo pacto (Mat. 26:28). Lucas nos dice que la copa representa el nuevo pacto en la sangre de Jesús (Luc. 22:20).
El antiguo pacto fue sellado con sangre. También lo fue el nuevo pacto. Fue ratificado, o establecido, cuando Jesús derramó su sangre en la cruz. Renovamos ese pacto y reafirmamos nuestro compromiso con él cuando comemos el pan y bebemos el vino, recordando la muerte del Señor hasta que él regrese. De hecho, estamos diciendo, ‘Tengo fe en mi Salvador. Jesucristo me ha sacado de la esclavitud y me ha rescatado. Obedeceré todo lo que él diga.’
La Cena de Señor es un recordatorio del pacto, una señal visible del pacto. Pero no somos rociados del vino, como se rociaba la sangre. Más bien, bebemos el vino. Este entra en nosotros. El nuevo pacto afecta a nuestro ser interior. La sangre de Jesucristo nos cambia. Hebreos 9:14 dice que su sangre limpia nuestras conciencias. Su sacrificio nos santifica, nos hace santos, separándonos para un propósito santo. Somos llamados para ser un reino de sacerdotes, que hacen la obra de Dios en este mundo. Eso es parte del nuevo pacto, parte de nuestra relación con Dios. Jesucristo es el Mensajero y Mediador del nuevo pacto; también es el sacrificio —él es el nuevo pacto.
Debemos hacer todo lo que nuestro Señor ha dicho. Eso es parte de la Gran Comisión: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones […] enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.” Cuando decimos Señor, Señor, tenemos el deber de obedecer lo que nuestro Señor dice.
Si realmente creemos que él era el Hijo de Dios, si realmente creemos que a él le ha sido dada toda la autoridad en cielo y la tierra, si realmente creemos que él es el Juez de vivos y muertos, entonces vamos a querer obedecerle. La fe nos lleva obedecer a nuestro Salvador. Si le amamos, guardaremos sus mandamientos. Si lo amamos, si tenemos fe en que murió por nosotros, entonces vamos a querer vivir por él. Todo lo que hacemos debe ser para su honor y gloria. Somos su pueblo, en su servicio, dispuestos a realizar su obra.
Los mandatos de Jesús, comenzando con el mandato de arrepentirse y creer en él, son los requisitos del nuevo pacto. Y si creemos, es porque Dios nos ha llamado; es porque Dios ya ha comenzado a cambiar nuestros corazones. Mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo, recibimos el Espíritu Santo y la promesa de la vida eterna en el reino de Dios. Este es un pacto eterno, garantizado por el mismo Jesús, quién es nuestro Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Él está obrando en nosotros, perfeccionándonos para su uso (Heb. 10:14).
¡Hemos recibido grandísimas promesas! ¿Pueden creerlas? Si lo hacen, su fe puede contarse como justicia, así como la de Abraham. La salvación es el don de Dios. Si no creen a Dios, no se les dará. En el nuevo pacto, se requiere fe. Dios perdona nuestros pecados porque Cristo murió por nosotros. Debido a su gran sacrificio único, Dios puede perdonar todos nuestros pecados. Y solamente somos aceptables a Dios si tenemos fe.
Términos del nuevo pacto:
El nuevo pacto no es simplemente una reiteración de las antiguas leyes. Ya hemos visto en Hebreos 8 que el antiguo pacto está obsoleto. Algunas de sus leyes han sido desechadas. Algunas de sus leyes han sido cambiadas. Algunas han continuado, y otras han sido agregadas. El nuevo pacto es diferente del antiguo. No sólo se agrega la fe y el Espíritu Santo, también se eliminan algunas de las leyes del antiguo.
Veamos Hebreos 7 para ver lo que la Biblia nos dice sobre eso. El pasaje está hablando sobre Jesús como un Sumo Sacerdote para siempre, aunque él no es un levita. La pregunta es, ¿Cómo puede ser esto? Hebreos 7:12 responde: “Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley.”
El antiguo pacto decía que los sacerdotes tenían que ser de la familia de Aarón. De manera que cuando Jesús ascienda al cielo como nuestro Sumo Sacerdote eterno, significa que la antigua ley ha sido cambiada. De hecho, ha sido tan grande el cambio que queda abrogado. Ya no se aplica. Notamos eso de nuevo en los versículos 18-19: “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.”
El antiguo pacto fue abrogado porque era débil. No podía perfeccionar a nadie. No podía cambiar sus corazones. Ahora, en el nuevo pacto mediado por Jesús, tenemos una esperanza mejor, promesas mejores, y podemos acercarnos más a Dios. Podemos conocer al Señor y tener una relación directa con él. “Por tanto,” como dice el versículo 22, “Jesús es hecho fiador de un mejor pacto.”
Esta ‘abrogación’ no se refiere únicamente a las leyes levíticas y sacrificatorias que fueron agregadas al antiguo pacto —se refiere al antiguo pacto mismo. Todo el paquete fue abrogado y fue reemplazado por Cristo. “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (v. 25).
Hebreos 10 siguiendo el tema, habla acerca de las profecías sobre la venida de Cristo y cómo él acabó con todas las ofrendas del antiguo pacto.
“Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último” (vv. 8-9).
Cuando este pasaje habla sobre “primero” y “último,” se refiere al antiguo y al nuevo pacto. Jesús ha abrogado el primer pacto, anulando algunas de sus leyes, para que pudiera establecer el nuevo pacto, la nueva relación que tenemos con Dios.
Este nuevo pacto tiene mejores promesas. En primer lugar, como el versículo 10 dice: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” Mediante el nuevo pacto, hemos sido santificados, hechos santos para Dios.
Ahora, notemos que algunas de las leyes del antiguo pacto todavía están vigentes, y algunas están cambiadas, y algunas están obsoletas. No tomaremos espacio para repasarlas todas, pero podemos ver algunas para demostrar el punto. Veremos algunas leyes del pacto hecho en el Sinaí.
Considere, por ejemplo, el Séptimo Mandamiento, que prohíbe el adulterio. ¿Sigue vigente? ¡Absolutamente! El mandamiento se repite en el Nuevo Testamento.
Otra ley del antiguo pacto está en Éxodo 22:22: “A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.” En realidad se hace más hincapié en ese mandamiento en el Nuevo Testamento, porque no sólo no debemos afligir a las viudas y los huérfanos, sino que nos ordena extenderles la mano para ayudarlos. De manera que esa ley todavía está en vigencia, e incluso es más fuerte.
Consideremos el Primer Mandamiento, en Éxodo 20:3: “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Ese mandamiento se repite en el Nuevo Testamento, de manera que sigue vigente, pero a la hora de aplicarlo, lo obedecemos de una manera diferente, porque adoramos a Jesucristo, y no podemos adorar al Padre sino por medio de su Hijo. El Primer Mandamiento ahora requiere la fe en Cristo. De manera que este mandamiento, también, ha sido cambiado al ser ampliado.
Otra ley que aplicamos de un modo diferente es Éxodo 22:19: “Cualquiera que cohabitare con bestia, morirá.” El principio de la ley sigue vigente (el Nuevo Testamento prohíbe toda la inmoralidad sexual), pero no aplicamos este mismo castigo. La ley ha sido cambiada al ser reducida. Apartamos a tales personas de nuestro compañerismo hasta que se arrepienta, porque cualquiera que hace algo semejante obviamente no está en una relación correcta con Dios. Están violando el nuevo pacto.
Ahora, veamos brevemente algunos ejemplos de leyes que están completamente obsoletas. Éxodo 20:24, por ejemplo: “Altar de tierra harás para mí.” No guardamos esa ley de ninguna manera.
Éxodo 22:29-30 es otro ejemplo: “Me darás el primogénito de tus hijos. Lo mismo harás con el de tu buey y de tu oveja.” Hoy, le damos a Dios todos nuestros hijos en un sentido, pero no damos nuestro primogénito de un modo especial. Podríamos darle a Dios una ofrenda en agradecimiento, tal como lo haríamos en cualquier otro caso. Pero no se exige que demos una cantidad en particular, o incluso que hagamos algo en especial con el primogénito de nuestro ganado y ovejas. En cambio, toda nuestra vida es un sacrificio para Dios.
Y las promesas del antiguo pacto también están obsoletas. No esperamos que Dios saque a los cananeos para que podamos ocupar la tierra.
Así que ustedes ven que algunas leyes todavía están vigentes, y otras están cambiadas, y algunas están eliminadas. Más el antiguo pacto mismo, como un paquete de leyes entre Dios y su pueblo, está obsoleto. No podemos suponer que cualquier parte del antiguo pacto nos obliga hoy simplemente con base en el hecho que constituía parte del antiguo paquete de leyes. No es tan sencillo como eso.
Justicia mediante la fe:
El punto es, heredamos las promesas de Abraham con base en la fe —y las leyes que le fueron dadas a Moisés simplemente no pueden eliminar aquellas promesas. Este principio se enseña en Gálatas 3:17. Éste es un pasaje especialmente importante al cual sencillamente no le hemos prestado suficiente atención.
Vayamos a Gálatas 3 y veamos de qué está hablando el apóstol Pablo. En esta carta, él estaba argumentando en contra de una herejía legalista. En versículo 2 pregunta, “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” La respuesta es, por supuesto, que ellos recibieron el Espíritu Santo por la fe, no por la ley. Hace una pregunta similar en el versículo 5: “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” La respuesta es, por supuesto, que el Espíritu Santo —y la salvación— viene por la fe, no por la ley.
“Así Abraham creyó a Dios,” Pablo dice en los versículos 6-7, “y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” Pablo está citando Génesis 15. Si tenemos fe, somos hijos de Abraham. Heredamos las promesas que Dios le dio a él.
Noten el versículo 9: “De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.” La fe trae bendiciones. Pero si confiamos en guardar la ley, seremos condenados. Eso no es suficiente. Pero Cristo nos salvó de eso. Él murió por nosotros. Noten el versículo 14: “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”
Entonces, en los versículos 15-16, Pablo utiliza un ejemplo práctico para decirles a los cristianos en Galacia que la ley de Moisés no puede anular las promesas dadas a Abraham.
Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente.
Aquella simiente, por supuesto, es Jesucristo. Pero Jesús no es el único que hereda las promesas de Abraham. Lo que Pablo quiere decir es que los cristianos de Galacia también las heredarán, al igual que nosotros hoy. Si tenemos fe en Cristo, somos los hijos de Abraham, y heredamos las promesas por medio de Jesucristo.
Ahora llegamos al versículo 17: “Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa.”
La ley dada en el Monte Sinaí no puede abrogar el pacto abrahámico, cuya base es la fe en la promesa de Dios. Eso es lo que quiere decir Pablo. Los cristianos tienen una relación con Dios basada en la fe, no en la ley. Desde luego, obedecemos a Dios, pero lo obedecemos de acuerdo al nuevo pacto, no al antiguo. En los capítulos 5 y 6 Pablo explica que tenemos que ser obedientes. Su punto aquí es que la ley de Moisés —el antiguo pacto— era temporal. Fue agregado únicamente hasta la llegada de Cristo. Eso es lo que vemos en el versículo 19: “Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa.”
Cristo es la Simiente, y el antiguo pacto está ahora obsoleto. El nuevo pacto tiene un nuevo conjunto de leyes, y aunque muchas son las mismas, nuestra relación con Dios tiene un fundamento distinto, basado en un acuerdo diferente.
Leamos los versículos 24-26: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.” Estas escrituras me parecen muy claras. Espero que también lo sean para ustedes. No estamos bajo las leyes del antiguo pacto —excepto, por supuesto, aquellas que también forman parte del nuevo pacto.
Bajemos al versículo 29: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.” De manera que los cristianos reciben el Espíritu Santo con base en la fe. Somos justificados, o declarados justos para con Dios por la fe. Nos salvamos con base en la fe, no en guardar la ley, y ciertamente no con base en el antiguo pacto. Si creemos la promesa de Dios mediante Jesucristo, tenemos una relación correcta con Dios.
En otras palabras, nuestra relación con Dios se basa en la fe y la promesa, al igual que la de Abraham. Las leyes que fueron agregadas en el Sinaí no pueden cambiar la promesa dada a Abraham, y esas leyes no pueden cambiar la promesa dada a todos que son los hijos de Abraham a través de fe. Ese paquete de leyes se convirtió en obsoleto cuando Cristo murió, y ahora hay un nuevo paquete.
Ni siquiera la circuncisión, la cual le fue dada a Abraham como una señal de su pacto, puede cambiar la promesa original basada en la fe. En romanos 4, Pablo señala que Abraham fue declarado justo, y por consiguiente aceptable a Dios, mientras todavía era incircunciso. Esa circuncisión fue ordenada por lo menos 14 años después. La circuncisión física no se requiere para los cristianos hoy. La circuncisión es ahora una cuestión del corazón (Rom. 2:29).
Como ven, la ley no nos puede salvar. Todo lo que puede hacer es condenarnos, pues todos quebrantamos la ley. Y Dios sabía de antemano que nadie podría guardar la ley. Como leemos en Gálatas 3:24, la ley nos lleva a Cristo. La ley no puede darnos salvación, pero puede ayudarnos a ver nuestra necesidad de salvación, y nos ayuda a ver que la justicia tiene que ser un don, no algo que podemos ganar.
Cuando venga el Día del Juicio, y el Juez nos pregunte por qué debería permitirnos entrar en su reino, ¿cómo le vamos a responder? ¿Diremos que hemos guardado ciertas leyes? Espero que no, porque el Juez pudiera mostrarnos fácilmente las leyes que no hemos guardado, los pecados de los que jamás nos arrepentimos. No podemos decir que fuimos lo suficientemente buenos para guardar las leyes. No —todo lo que podemos hacer es suplicarle para que nos tenga misericordia. Tenemos la fe en que Cristo murió para redimirnos de todos los pecados. Él murió para rescatarnos de la pena de la ley. Ésa es nuestra única base para la salvación.
Claro, la fe no anula la obediencia. La fe nos lleva a la obediencia. El nuevo pacto tiene muchas leyes propias. Jesús nos exige mucho sobre nuestro tiempo y nuestros corazones y nuestro dinero. Eso lo sabemos.
Jesús anuló muchas leyes, pero también reafirmó muchas leyes y las hizo más exigentes, ya que debemos guardarlas en el espíritu y no sólo superficialmente. Debemos mirar hacia las enseñanzas de Jesús, y las enseñanzas de sus apóstoles inspirados, para ver cómo es que se espera que funcione la fe cristiana en nuestras vidas en el nuevo pacto.
Cristo murió por nosotros para que pudiéramos vivir por él. Somos salvos de la esclavitud del pecado para que podamos ser esclavos de la justicia. Somos llamamos a servirnos unos a otros, no a nosotros mismos. Cristo exige todo lo que tenemos, y todo lo que somos. Se espera que obedezcamos —pero somos salvos por la fe.
Eso lo podemos ver en Romanos 3. En una breve sección, Pablo delinea el plan de salvación. Leámoslo y veamos cómo se confirma lo que hemos visto en Gálatas: “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (vv. 20-21).
Las escrituras del Antiguo Testamento predijeron la salvación por la gracia mediante de fe en Jesucristo, y no mediante la ley del antiguo pacto, sino por la fe. Esto constituye la base de los términos del nuevo pacto de nuestra relación con Dios mediante nuestro Salvador Jesucristo.
Pablo continúa en los versículos 22-24: “La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.”
Podemos ser declararnos justos, porque Jesús murió por nosotros. Dios justifica a los que tienen fe en Cristo —y por consiguiente nadie se puede jactar sobre lo bien que guarda la ley. Pablo continúa en el versículo 28: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”
Éstas son palabras profundas pronunciadas por el apóstol Pablo. Y Santiago, como Pablo, nos advierte sobre cualquier clase de fe que no nos lleva a obedecer Dios. La fe de Abraham fue la que lo llevó a obedecer Dios (Gén. 26:4-5). Pablo está hablando de la verdadera fe, la clase que incluye arrepentimiento y lealtad total a Cristo, una voluntad de obedecerlo de todo corazón.
Pero aun así, dice, es la fe la que nos salva, y no las obras.
En Romanos 5:1-2, Pablo escribe: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.”
Mediante la fe, tenemos una relación correcta con Dios. Somos sus amigos, no sus enemigos. Es así cómo podremos estar de pie ante él en el día de juicio. Tenemos fe en la promesa que nos es dada mediante Jesucristo.
Pablo explica esto extensamente en Romanos 8:1-4:
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Vean también que nuestra relación con Dios se basa en la fe en Jesucristo. Ése es el convenio que Dios ha hecho con nosotros. Él se ha comprometido en considerarnos justos si tenemos fe en su Hijo, si vivimos por el Espíritu y somos guiados por el Espíritu en vida nueva. La ley no puede cambiarnos, pero Cristo sí puede. La ley nos condena a muerte, pero Cristo nos promete la vida. La ley no puede rescatarnos de la esclavitud de pecado, pero Cristo sí. Cristo nos da libertad, pero no es libertad para darnos gusto a nosotros mismos —es libertad para servirlo a él.
Pablo lo aclara en 2 corintios 3. Aquí escribe que Dios “nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (v. 6). El antiguo pacto nos condena, pero el nuevo pacto nos da vida mediante el Espíritu Santo. Él continúa en los versículos 7-8: “Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu?”
El antiguo pacto era bueno, pero el nuevo pacto es mucho mejor, tanto que el antiguo ni se le compara, ¡y somos privilegiados de tener una relación con Dios basada en el nuevo pacto!
Lo antiguo y lo nuevo en el libro de Hebreos:
El libro de Hebreos explica más sobre el antiguo pacto y el nuevo. Ya hemos visto partes de los capítulos 7 y 8. Jesús es el nuevo Sumo Sacerdote, convirtiendo al antiguo sacerdocio en obsoleto, que trajo un nuevo pacto, convirtiendo el antiguo pacto en obsoleto. El nuevo pacto es mejor, ya que tiene una manera de hacer perfectas a las personas, una manera de perdonar sus pecados, una manera de cambiar sus corazones.
Vayamos al capítulo 9 y continuemos la idea. El antiguo pacto tenía un tabernáculo que era una copia física de lo que estaba en cielo. Tenían sacrificios regulares, pero los sacerdotes solamente podían entrar en el Lugar Santísimo una vez al año. Veamos qué dicen los versículos 9-10 acerca de esto:
Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas.
De modo que todos esos ritos eran obras temporales. Ahora, ha llegado el nuevo orden, y el antiguo está obsoleto. Se nos dice que aquellos ritos podían limpiar a las personas exteriormente, pero el nuevo pacto es mejor. Vemos eso en los versículos 14-15:
¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
Vayamos ahora al capítulo 10, versículo 1: “Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.” La ley orientaba a las personas hacia Cristo. Las regulaciones y ritos y reglas eran buenos, pero no lo suficiente. No nos podían hacer perfectos.
Pero Cristo sí puede. Eso lo vemos eso en el versículo 10: “En esa voluntad [de Dios] somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” Y en el versículo 14: “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” Esto ya nos está sucediendo en el nuevo pacto. Hemos sido declarados justos. Estamos siendo hechos perfectos y santos.
¿Podemos creer estas promesas de Dios? Si tenemos la fe de Abraham, sí.
Hemos sido perdonados —por la gracia, a través de la fe en nuestro Salvador Jesucristo. ¿Pero importa nuestra manera de vivir? Por supuesto que sí. Debe importar. Tenemos obligaciones de servir a nuestro Amo y Señor, y tenemos obligaciones los unos con los otros. Ya no somos esclavos del pecado —tenemos un nuevo Amo, y debemos darle a él toda nuestra lealtad.
Ésa es la conclusión en los versículos 19-25. Noten que empieza con “así que.” El autor ha llegado a una conclusión basada en lo que él acaba de escribir. Estamos en un nuevo pacto, perdonados por nuestro gran Sumo Sacerdote. Leámoslo:
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.
Por eso, debemos tener una mejor relación con Dios, ya que hemos sido perdonados. Debemos acercarnos a él, sabiendo que él nos acepta como justos porque somos los hijos de Abraham y herederos de la promesa que le fue hecha. En el nuevo pacto, cada uno de nosotros puede conocer al Señor. Podemos tener una buena relación con él. Y también podemos tener una mejor relación los unos con los otros. Continuemos leyendo en el versículo 24: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”
Debemos animarnos unos a otros en la fe; debemos estimular las obras de servicio. Hemos sidos llamados todos a adorar y glorificar a Dios y a Jesucristo. No hay nada más importante. Debemos apoyarnos y animarnos mutuamente en eso, y no podemos hacerlo cuando todos nos acusamos y atacamos mutuamente.
Costumbres del antiguo pacto:
Jesucristo estableció el nuevo pacto basado en promesas mejores, y convirtió en obsoleto el antiguo pacto. La Biblia enseña esto muy claramente. Ahora, esto trae algunas interrogantes obvios pero difíciles: ¿Qué hay acerca de las costumbres del antiguo pacto como diezmar, evitar las carnes inmundas, y guardar el sábado y los días santos?
Cada uno de éstas constituye un tema separado y necesita tratamiento separado. Cada uno tiene una historia diferente. Por ejemplo, el sábado fue santificado en la creación, mucho antes de que comenzara el antiguo pacto. La diferencia entre carnes limpias e inmundas existía en los días de Noé, mucho antes de Abraham. La temporada de la Pascua empezó antes del Sinaí, pero las otras fiestas fueron instituidas más tarde. También la circuncisión y los sacrificios son anteriores al Sinaí.
El Nuevo Testamento trata cada uno de estos temas de manera ligeramente diferente, y no me voy a referir a todos en esta carta. Pero en cada caso, han sido transformadas en el nuevo pacto en la sangre de Jesucristo. Quiero hablar brevemente acerca del diezmar, y después hablaré acerca del sábado en más detalle.
El diezmar:
El diezmar existía antes del Sinaí. De esto se hace mención por primera vez en Génesis 14. Abraham diezmó del botín obtenido en la guerra y le dio la décima parte a Melquisedec. Vemos que Dios hizo su primer pacto con Abraham, inmediatamente después de eso, y le prometió bendiciones, y ése es el pacto del cual son herederos los cristianos hoy.
Hasta donde sabemos, diezmar no era requerido en los días de Abraham. Él parece haberlo pagado voluntariamente, haciendo así más de lo requerido, pues quería glorificar Dios —y Dios lo bendijo por su actitud de lealtad. Más tarde, Jacob prometió que diezmaría a Dios, pero esto también se presenta como un acto voluntario en lugar de una exigencia.
Bajo el antiguo pacto, el diezmo era requerido para el mantenimiento de los ministros del antiguo pactos. A los israelitas quienes eran duros de cerviz se les exigía dar 10 por ciento —¡y su bendición era solamente física! Quienes estamos en el nuevo pacto tenemos bendiciones mucho mejores —bendiciones espirituales. ¿Cuánto más nos disponemos a dar en agradecimiento por las bendiciones espirituales eternas que tenemos en Cristo Jesús?
A los israelitas se les mandó dar 10 por ciento bajo el antiguo pacto que no los podría hacer perfectos. ¿Cuánto más alegremente debemos estar de dar a Dios bajo el nuevo pacto? Nosotros, los que tenemos el sacrificio de Jesucristo, que sí limpia nuestra conciencia. ¿Debemos dar menos del diezmo, cuando las bendiciones que tenemos son mucho más gloriosas que las de los israelitas?
El antiguo pacto nos condenaba; el nuevo pacto nos justifica. ¿Cuánto más debemos estar deseosos de dar a Dios libremente y generosamente para que su Obra pueda llevarse a cabo en el mundo —proclamar el evangelio, declarar el ministerio del nuevo pacto que nos da la verdadera vida, y llevarles aquel mensaje de vida a los demás?
Bajo el nuevo pacto el diezmo es voluntario, pagado por amor y lealtad a Jesucristo. ¿Y acaso no es lo justo? ¿Nuestras dádivas no deben ser dadas en la medida del amor de Dios en nuestros corazones? El nuevo pacto realza la generosidad más que el antiguo. El nuevo pacto no establece un nuevo porcentaje, pero requiere un sacrificio mayor.
Una persona que tiene fe en Jesucristo no le preocupa si se exige el diezmo en el Nuevo Testamento. Una persona que tiene fe va a querer darle todo lo que pueda a Cristo —dentro de sus posibilidades, por supuesto. Los cristianos deben dar a la iglesia generosamente —pero repito, dar es el resultado de su relación con Dios, no la base para ella. Tenemos acceso al trono de gracia mediante la fe, no mediante el diezmo. Pero ¿acaso nuestra actitud no debe ser la de dar más que el mínimo?
Algunas personas creen que Cristo nos libera de la ley para que podamos ser más egoístas. ¡Eso es falso! Él nos libera del castigo de la ley para que podamos ser libres de servirlo más, como hijos amorosos y no simplemente como esclavos bajo el látigo. Él nos libra para que podamos tener fe en vez de una ansiedad egoísta.
Cuándo se trata de diezmar, la verdadera interrogante es, ¿Está su corazón en el evangelio de Jesucristo? ¿Está poniendo su dinero dónde está su corazón? O quizá debo declararlo como un hecho: Usted puede decir donde está su corazón observando donde está poniendo su dinero. “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón,” Jesús dijo (Mat. 6:21).
El sábado:
Ahora pasemos al tema del sábado. ¿Es el sábado una ley del antiguo pacto? Por supuesto. Forma parte de los Diez Mandamientos, y los Diez Mandamientos eran el corazón del antiguo pacto.
Pero, ¿el sábado es un requisito del nuevo pacto? O, como otra posibilidad, ¿ha sido transformado, para ser guardado de un modo diferente? Sabemos que la Biblia no dice que el sábado fue cambiado por el domingo. Sin embargo ¿es posible que Jesucristo haya cambiado la forma cómo hemos de observar el sábado? Entonces la pregunta es, ¿Qué lugar ocupa el sábado en el nuevo pacto?
El nuevo pacto se basa en la fe, no en la ley. Pero sabemos que la fe produce buenas obras. Da como resultado la obediencia a Dios. La fe nos conduce a amar Dios y a nuestro prójimo. Por ejemplo, diezmar es una expresión de amor hacia Dios y de amor para todos los que escuchan el evangelio que nuestros diezmos ayudan a apoyar.
La fe nos lleva a amar a Dios y dedicarle tiempo en oración y en estudio. La fe y el amor nos animan a compartir con los demás, no dejando de reunirnos, sino exhortándonos y animándonos unos a otros en amor y buenas obras.
¿Nos da el sábado los beneficios espirituales? Ciertamente. No sólo nos beneficiamos físicamente del reposo semanal, sino que nos beneficiamos espiritualmente del tiempo que le dedicamos a Dios. ¿Debemos desechar este beneficio espiritual? ¿Debemos dedicar todo nuestro tiempo en nuestros propios placeres? Por supuesto no. Un cristiano debe desear dedicarle más tiempo al Señor, no menos. El sábado es una bendición. Nos regocijamos en él. No deseamos, y no debemos desear, dejar de lado una cosa buena. Pero sí necesitamos comprender que existen cambios en la forma que se presenta el sábado en el Nuevo Testamento y que desempeña un papel distinto del que tenía en el Antiguo testamento.
Aplicación en el nuevo pacto:
Veamos lo que Jesús nos enseñó acerca del sábado. Primero, vemos que Jesús guardó el sábado. Él nació bajo la ley, y guardó la ley. Él jamás pecó. Cuando Jesús vivió, el antiguo pacto aún estaba en vigor, de manera que él vivió de acuerdo con los términos del antiguo pacto.
Eso significó que él hacía cosas de acuerdo con el antiguo pacto como sacrificar un cordero durante la Pascua, apoyar las actividades de templo con sus diezmos, y decirles a los leprosos sanados que presentaran ofrendas de acuerdo con la ley de Moisés. Él guardó la Fiesta de la Dedicación y otras costumbres judías. Y fue circuncidado. Es decir, él era perfecto en todas las leyes del antiguo pacto —aun aquellas leyes que los apóstoles vieron que ya no era necesario observar después de la crucifixión y resurrección de Jesús. El nuevo pacto vino después de la muerte y resurrección de Jesús, no antes.
Jesús no discutió con los fariseos acerca de si debían guardar el sábado —sino acerca de cómo guardarlo. En comparación con los fariseos, Jesús era un liberal. Según las reglas farisaicas no se permitía sanar en el sábado, pero Jesús sanó en el sábado a propósito. Él pudo hacer sus curaciones fácilmente en cualquier otro día. Él pudo haberles prometido fácilmente a las personas que se sanarían en cuanto se ocultara el sol. Pero no lo hizo. Él sanó en el sábado porque era un buen día para liberar a las personas de la esclavitud.
El antiguo pacto le decía a la gente que no recogieran comida en el sábado, bajo la amenaza de ser apedreados, pero Jesús defendió el derecho de sus discípulos de recoger grano el sábado. Leámoslo en Marcos 2:23-26:
Aconteció que al pasar él por los sembrados un día de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron a arrancar espigas. Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué hacen en el día de reposo lo que no es lícito? Pero él les dijo: ¿Nunca leísteis lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y sintió hambre, él y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y aun dio a los que con él estaban?
Jesús no negó que los discípulos estuvieran trabajando el sábado. En cambio, señaló que el mismo David había quebrantado una de las leyes de santidad de Dios, y eso estaba bien. Es más importante calmar el hambre que guardar tabú tan estricto. La letra de la ley fue quebrantada, pero estaba bien porque se estaba observando un principio más importante de la ley. Había una necesidad humana importante.
David tenía una emergencia, mas en el caso de los discípulos no parecen haber tenido alguna emergencia. Parece que simplemente sintieron un poco de hambre. El punto era que ellos no necesitaron obsesionarse por evitar toda actividad en el sábado.
Marcos continúa: “También [Jesús] les dijo [a los fariseos]: El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo” (vv. 27-28).
Jesús, como Dios en la carne, tenía autoridad sobre el sábado. Él tenía el derecho de interpretar lo que significaba y cómo se debía guardar. Aquí, él dijo que el sábado fue hecho para beneficiar a los humanos. Así que vemos este principio en acción: Las necesidades humanitarias son más importantes que la interpretación estricta de las reglas.
Jesús sanaba con frecuencia el sábado. Allí de nuevo, una necesidad humanitaria era más importante que las reglas del sábado. En el pasado, hemos sido demasiado estrictos con esto. A veces ni siquiera les permitiríamos a las enfermeras trabajar durante una hora el viernes por la noche. Ellos tenían que renunciar a sus trabajos si querían ser miembros de nuestra iglesia. Eso, mis hermanos, es demasiado estricto. Ellas no están sanando como lo hacía Jesús, pero están al cuidando de necesidades humanitarias —necesidades que en muchos casos son más urgentes que calmar el hambre.
Sé que nuestra motivación era correcta en lo que hicimos. Queríamos demostrar la importancia de obedecer Dios. Tomábamos sus órdenes en serio, y eso es bueno. Pero a veces parecía como si el sábado fuera más importante que la gente, o si el sábado era más importante que expresar amor y fe en Cristo. Mirábamos lo externo en vez de lo interno.
Nuestras intenciones eran buenas. Ahora, podemos cambiar pues Dios nos ha guiado hacia una comprensión más profunda del nuevo pacto.
He explicado antes que el sábado era la señal del antiguo pacto con Israel, pero que no es la señal del nuevo pacto en la sangre de Cristo. La señal del nuevo pacto es la fe en Cristo, y el pan y el vino son los símbolos de ese pacto. Por consiguiente, la forma como se debe guardar el sábado bajo el nuevo pacto es diferente de la manera como se observaba bajo el antiguo pacto.
El Señor del sábado ha venido, y la realidad ha reemplazado a la sombra (Col. 2:17). El sábado del Nuevo Testamento, el reposo del sábado que permanece para el pueblo de Dios (Heb. 4) es la nueva vida en Cristo, la vida de la fe en él, la vida del Espíritu. Nuestra observancia del sábado semanal, por lo tanto, debe reflejar y debe celebrar ese hecho, pero no debe ser una observancia del antiguo pacto.
Trabajar el sábado:
En Juan 5, vemos lo que Jesús hizo el sábado, y lo que dijo sobre el sábado. Él había ido al Estanque de Betesda y encontrado a un hombre que era paralítico desde hacía 38 años. “Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?” (v. 6).
Usted podría pensar que es una pregunta extraña —pero algunas personas sencillamente no quieren sanarse. Ellos están cómodos en sus viejos hábitos, en su viejo estilo de vida. El hombre había sido paralítico de 38 años, y si de repente fuera sanado, se vería obligado a cambiar su forma de vivir. Tendría que aprender a desempeñar un nuevo papel en la comunidad. Esto lo podría atemorizar, de modo que Jesús le preguntó, ¿realmente quieres ser sanado? Aquel hombre deseaba ser sanado, así que Jesús le dijo:
“Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día. Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho” (vv. 8-10).
Ahora ciertamente, no se trataba de una emergencia. Aquel hombre no tenía que ir a ninguna parte el sábado. Pudo quedarse hasta la puesta del sol. Pero Jesús le había dicho que cargara algo en el Sábado, y a los líderes judíos no les gustó eso. Ellos descubrieron que Jesús había hecho esta curación el sábado, y en los versículos 16-17 leemos: “Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” Así que Jesús reconoció que estaba trabajando el sábado, y no estaba pecando. Jesús no tenía miedo de usar la palabra “trabajo” para describir lo que él estaba haciendo. En el nuevo pacto, debemos tener un enfoque más flexible hacia el trabajo y las necesidades humanitarias.
La Escritura dice que aquéllos que no proveen para los suyos son peores que los incrédulos, y el sentido común también nos lo dice. Si tenemos que escoger entre trabajar el sábado y proveerle comida a nuestra familia, no es un pecado trabajar el sábado. No debemos aplicar reglas del antiguo pacto al sábado del nuevo pacto. Ellos no lo hacen por motivos egoístas, sino para evitar que sus familias padezcan hambre y lleguen a estar en la calle.
Si otras personas quieren ser más estrictas, pueden serlo ciertamente con ellos mismos. Pero no deben juzgar a sus hermanos. Ustedes ven, estamos bajo el nuevo pacto, y el nuevo pacto simplemente no requiere el sábado como lo hizo el antiguo pacto. En el Nuevo Testamento vemos ejemplos de cómo guardar el sábado, pero no vemos órdenes como del Antiguo Testamento: no recojas comida, no lleves una carga, no viajes fuera de la ciudad, etc.
Algunas personas quieren que se establezcan límites. Otros no, y quieren vivir su fe cristiana como guiados por principios más amplios. Jesús vio los principios como más importante que las reglas específicas. Esto lo vemos en el Sermón del Monte, en sus enseñanzas acerca de la lujuria y el odio y la violencia. También lo vemos en su manera de considerar al sábado. Los principios humanitarios son más importantes que los tabúes estrictos.
Pero no todos tienen una comprensión tan amplia de los principios como la tenía Jesús. Así que, si necesitan reglas, son bienvenidos de guardar sus propias reglas —con tal de que lo hagan para la gloria de Dios, con tal de que su fe esté en Cristo y no en sus reglas. El punto principal es que los de un grupo no deben criticar a los del otro. Los conservadores no deben condenar las acciones de los otros, y los liberales no deben despreciar a quienes guardan las reglas. Debemos darnos la bienvenida mutuamente con basó en la fe en Jesucristo.
Conclusión:
En conclusión, somos una iglesia del nuevo pacto. Nuestra relación con Dios se basa en la fe en Cristo, no en el antiguo pacto. Nuestra fe nos lleva obedecer a Dios de modos diferentes al antiguo pacto. Algunas leyes del antiguo pacto permanecen iguales, y algunas están obsoletas, y algunas se aplican de modos diferentes. Hay un nuevo pacto entre Dios y su pueblo.
El nuevo pacto se basa en la fe. No hay indicio alguno en el nuevo pacto de que debemos guardar el sábado según las reglas del antiguo pacto. En el Nuevo Testamento, vemos ejemplos de personas guardando el sábado, y leemos que nos dicen que el sábado es una sombra que señala a la realidad, la cual es Cristo. Eso no significa que el sábado ha sido abrogado, sino que se cumplió en Cristo. Significa que Cristo es más importante que el sábado. Significa que el reposo del sábado para los cristianos en Hebreos 4 es la nueva vida en Cristo, no sólo un día de la semana. Y Pablo nos dice en Romanos 14 que no debemos ser involucrados en disputas acerca de los días.
Debemos tener hambre y sed de las cosas de Dios. Debemos desear una relación mejor con él y Jesucristo. Eso forma parte de la ley escrita en nuestros corazones por el Espíritu Santo bajo los términos del nuevo pacto. Pero esa ley espiritual nos exige que no seamos tan rígidos con respecto al sábado.
La fe nos provoca la voluntad de obedecer a nuestro Señor y Salvador en todo lo que él nos dice que hagamos. Vemos claramente las órdenes de amarnos unos a otros, creer en el Hijo, predicar el evangelio, trabajar por unidad en la fe, reunirnos como una Iglesia, edificarnos mutuamente en la fe, hacer buenas obras de servicio, llevar una vida pura y moral, vivir pacíficamente y perdonar a aquéllos que nos hacen mal.
Estas órdenes del nuevo pacto son exigentes. Ocupan todo nuestro tiempo. Todos nuestros días se dedican a servir a Jesucristo. Debemos estar ocupados haciendo su obra siempre, y este no un camino ancho y fácil. Es una tarea difícil, una tarea desafiante, una tarea que pocos cristianos están dispuestos a hacer.
Joseph W. Tkach, Derechos de propiedad literaria © 1994 Iglesia de Dios Universal