Compartiendo tu fe

 

"T

odo el mundo sabe que la Biblia está llena de contradicciones," afirmé, asumiendo que me había anotado un punto a mi favor en el debate que estaba teniendo con un amigo. La conversación había empezado bastante inocente. Él y yo éramos miembros de un equipo de debate de la escuela secundaria, y nosotros estábamos a unas millas del torneo de nuestra ciudad natal. Los debates habían acabado, y estábamos simplemente pasando el tiempo, mientras esperábamos por los resultados.

Al principio nuestra conversación era casual, pero se puso más intensa cuando uno de sus comentarios me hizo comprender por primera vez que él era cristiano. Yo siempre había asumido que los cristianos eran ignorantes e incultos. Hasta ahora. Este amigo no era ignorante. Al contrario, era sumamente inteligente. Yo me intrigué con la idea de que él tenía convicciones religiosas firmes.

Y así empecé a hacerle preguntas. Al principio mis preguntas eran basadas en un deseo de verlo tropezar. Pero gradualmente, cuando mi amigo proporcionó respuestas que tuvieron sentido, mis preguntas salieron como una necesidad de saciar un hambre que yo nunca había reconocido. El punto real en nuestro debate era mi afirmación que la Biblia se contradice. Su respuesta me aturdió.

“¿Donde?” me preguntó

Esa palabra me pegó con la fuerza de un tren de carga. Él no había debatido conmigo. Hizo una pregunta que yo no podría contestar simplemente porque yo no había leído la Biblia. Me sentía un ignorante, expuesto ante alguien a quien siempre había visto como un cristiano ignorante, fui forzado a ver que yo era el ignorante de lo que la Biblia realmente contenía. Supe incluso que los no creyentes admitían que la Biblia ha sido un moldeo de fuerza vital para la civilización occidental. Yo tenía que aceptar el hecho que nunca había examinado esta piedra angular de nuestra cultura.

Más de dos años pasaron antes que mi amigo conociera los efectos de esa conversación sobre mi. En ese momento, él pensó que yo simplemente no daría importancia a lo que había oído. Él no supo que nuestra discusión iría más lejos de mis pensamientos hasta que actué finalmente en lo que conocí.

“¿Lo tengo?”

A menudo los frutos de tales experiencias no son inmediatamente evidentes. Por esa razón, muchos cristianos ven la evangelización como una faena algo pesada y raramente exitosa que tiene que ser evitada.

La evangelización es el deber de todo cristiano. La gran comisión al final del Evangelio de Mateo es una comisión para todos los que siguen a Jesucristo: "Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:19-20).

En el video ¡Ir por ello!, Ian Knox un prominente evangelista británico enumera cuatro razones para que nosotros como cristianos compartamos nuestra fe. Las primeras tres se relacionan con nuestro deber: 1) Cristo nos ordena evangelizar, 2) el mundo necesita el evangelio y 3) los campos ya "están listos para la cosecha" (Juan 4:35).

La cuarta razón se relaciona con nuestra propia salud espiritual. Nosotros compartimos nuestra fe porque no podemos contenernos. Esto era una verdad de la iglesia en sus inicios. Cuando las autoridades religiosas pidieron que los discípulos dejaran de predicar el evangelio, la respuesta de Pedro describió su ardiente deseo: “Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”. (Hechos 4:20).

La evangelización no es una cuestión de saber todas las respuestas, ni requiere que tengamos un argumento teológico sofisticado. En cambio, es una consecuencia natural de una fe profunda que conduce a los cristianos a compartir su fe. Es algo tan bueno que queremos que otros puedan disfrutar.

El otro lado de la moneda de esta cuarta razón es que ese compartimiento de nuestra fe cultiva más aún una profunda fe en nosotros. En su libro, Volviéndose un Cristiano Contagioso, Bill Hybels y Mark Mittelberg mencionan esta idea. Una fe entusiasta es una fe contagiosa, y los nuevos creyentes son a menudo los más celosos. Cuando los cristianos maduros ven el entusiasmo de un nuevo creyente, no pueden ayudar pero pueden examinar su propia relación con Dios. Y los cristianos maduros que comparten su fe se encontrarán repetidamente en esta situación. "Así lo que empezó como en ayudar a alguien más respetuosamente," Hybels y Mittelberg demuestran, "cambia a un deseo personal de intimidad con Dios."

¿Cualquiera está interesado?

Uno de los más grandes obstáculos para los cristianos que comparten su fe es la idea equivocada de que nadie está muy interesado, Hybels y Mittelberg notan “La mayoría de nosotros comete el error de asumir que la gente no está realmente interesada en la verdad espiritual. Pero mucha gente hoy están cansadas de vivir sin ningún propósito... en efecto, muchos de ellos están activamente buscando respuestas.”

Una encuesta realizada por Gallup en los años 90 señala que los “baby boomers” (tendencia aparecida en los años 50 en las universidades de USA) quienes se constituyen como la tercera parte de la población, empezaron a buscar las respuestas más profundas a las preguntas de vida que muchos de los padres hicieron. "Aquellos que esperan pasar más tiempo en actividades religiosas en el futuro, según el libro “Religión en America 1992-1993” sumado a la encuesta Gallup, "de lejos superan a los boomers que se anticiparon hace poco tiempo".

La mayoría de nosotros todavía está intranquila y quizás incluso asustada de compartir nuestra fe. Un dibujo animado capturó este sentimiento. Un pastor desapasionado pregunta a su congregación retóricamente: La pregunta es, “¿Cómo ganamos al mundo para Cristo; con un mínimo de alboroto y fastidio?” (Liderazgo, Springs 1993). Compartir la fe de uno no debe ser pesado para el cristiano ni para el incrédulo.

La evangelización correlativa

Quizás el factor más grande de nuestro miedo a la evangelización es la idea de que compartir nuestra fe significa estar de pie en las esquinas señalando y denunciando a los pecadores. Este acercamiento es usualmente ineficaz.

Las personas que necesitan las buenas noticias que nosotros traemos, viven en una época cínica, una edad sin confianza, incluso en las cosas pequeñas. Sabemos que todos siempre estamos sospechando de todos. ¿Cómo entonces, se puede esperar que alguien sea una efectiva ofrenda, intensamente personal como es el evangelio de Jesucristo, a los extraños?

Nuestra sociedad necesita un acercamiento de aprobación. Un acercamiento basado en la confianza. Así es cómo "la evangelización relacional" nació. "Es lo que las personas desconocen de nosotros," dice Hybels y Mittelberg, "quién ya haya desarrollado una medida de confianza en otros, tiene por consiguiente un mayor rango de influencia. "Cuando nos concentramos en compartir nuestra fe con personas que confían en nosotros, nuestras palabras y acciones son más naturales. Ya no es factible que para lograr esto debamos enfrentarnos con la necesidad de fabricar algún sistema artificial o argumento.

“Demasiados cristianos”, afirman Hybels y Mittelberg, "se han anestesiado en pensar que si ellos absolutamente hacen realidad su fe de una manera abierta y consistente, las personas de su alrededor los verán, y querrán imitarlo, y de algún modo querrán averiguar cómo obtenerlo".

La comprensión que compartir la fe de uno, es mucho más eficaz cuando un cristiano ha desarrollado amistades íntimas con los no cristianos, es la premisa de la evangelización correlativa, o compañerismo. En “Compartiendo nuestra fe con los Amigos sin perderlos”, Monte Sahlin aclara que no poner ninguna condición en la amistad es un elemento vital para una evangelización correlativa.

La mayoría de nosotros ha crecido acostumbrado a nuestro propio mundo privado, zonas confortables dónde cada uno estamos cerca de lo que es un cristiano. Unos pocos cristianos inclusive creen que es un error ser amigos de los incrédulos. Gastar tiempo con los no creyentes puede ser tipificado como entrar en amistad con el mundo. Pero sin la buena voluntad de penetrar en el mundo de los no creyentes, nunca tendremos la oportunidad de compartir nuestra fe con ellos.

Jesús no restringió su amor a aquellos que lo buscaron. Él fue en busca de los pecadores activamente, pasando mucho tiempo con los que eran juzgados como tales por los fariseos. Su respuesta puso el problema en perspectiva: "no es la persona sana quién necesita un doctor, sino el enfermo" (Mateo 9:12).

El apóstol Pablo puede ser considerado como el primer ejemplo bíblico de un cristiano ávido en compartir su fe, él se hizo amigo de aquellos que eran del mundo. “Me hice todo para todos”, escribió, “a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles”. (1 Corintios 9:22).

La llave al éxito en la evangelización correlativa no es lo que un cristiano pueda defender, o cuánto él o ella saben. La llave, Sahlin insiste, es escuchar, realmente escuchar.

Uno de los elementos más importantes que lleva a la evangelización eficaz es la relación entre el cristiano y Cristo. No podemos esperar el éxito si ofrecemos a los incrédulos una alternativa que nosotros no hemos puesto en práctica.

Pero cuando nuestras palabras sobre Jesucristo son basadas en alternativas de vida que practicamos, entonces habrá más receptividad por parte de los no creyentes.

Empezando una epidemia

Hybels y Mittelberg, en “Favoreciendo un cristianismo contagioso”, presentan la siguiente fórmula para compartir nuestra fe:

AP + PI + CC = IM

AP es el alto potencial, el cual se refiere a la clase de carácter moral que se tiene. Es una reflexión de “la influencia cristiana en nuestras vidas” eso marca “el poder y la presencia… innegable a otros”.

El segundo componente, PI, es la proximidad íntima lo cual significa que los cristianos no pueden pasar todo su tiempo sólo con otros cristianos. Nosotros también debemos tener amistad con los incrédulos.

CC, es el tercer componente, comunicación clara que le exige al cristiano que tenga un fuerte conocimiento en lo esencial del evangelio. No necesitamos un idioma teológico sofisticado, sino que tener un conocimiento firme de lo esencial.

Cuando los creyentes tienen todos estos tres componentes en sus vidas, el resultado inevitable, según Hybels y Mittelberg, es IM, o impacto máximo.

Compartiendo nuestra fe al fin y al cabo es que los cristianos nos preocupemos mucho más de los incrédulos por medio de la amistad y cuando se de el momento oportuno, se discutirá audazmente las buenas noticias de salvación a través de Cristo. Como cristianos, no podemos tener éxito compartiendo el evangelio hasta que estemos dispuestos al sacrificio. Y eso significa aprender a cuidar, en amor, a los incrédulos como Dios lo hace.

Y, una vez que compartimos nuestra fe con otros, es importante que no los abandonemos. Como bebés que son dependientes de sus padres para todo, los cristianos recién nacidos necesitan el apoyo y la ayuda de amigos cristianos maduros. Eso significará ayudarles a iniciar vidas de estudio de la Biblia y de la oración. Y significará el compartir la alegría del compañerismo cristiano.

Una medida de éxito

Dos años y medio habían pasado desde que mi compañero de equipo de debate y yo habíamos discutido sobre el cristianismo. Los dos habíamos completado nuestro primer año en la universidad. Para él, nuestra conversación era una memoria distante. Pero para mí, había sido un punto importante, un catalizador que comenzó con cambios explosivos en mi vida. Por eso tenía que decirle lo que había pasado en ese momento.

Yo toqué su timbre con anticipación. Cuando él vino a la puerta, no desaproveché el tiempo e inmediatamente le dije de mi fe en Cristo. Nunca me olvidaré lo sorprendido que estaba. Él recordaba mi reacción hostil a sus palabras. Hasta que me lo encontré en su puerta, no supo el efecto que había llevado a mi vida.

No siempre podemos ver cómo Dios está trabajando en nuestras propias vidas, mucho menos en las vidas de otros. Por eso debemos tener cuidado para no minimizar nuestras conversaciones con los incrédulos tildándola como ineficaz. Para la mayoría de aquellos a quienes extendemos la mano, seremos solo un alto en su camino a la conversión.

Nuestra medida de éxito no puede ser cuantitativa, no depende de cuantas personas vienen a Cristo a través de nosotros. En cambio, debemos medir nuestro éxito en términos cualitativos en cómo reflejamos el amor de Cristo y cuán de buena gana compartimos su evangelio.

Bill Palmer

 

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