Compartiendo tu fe... con otro cristiano
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odos necesitamos una tía Elena. Mi Tía Elena existió realmente. Ella fue profesora durante muchos años a lo largo del tormentoso navegar cerca de la costa del lugar que yo llamo hogar. Ella fue mi maestra durante esos primeros cuatro años en la pequeña escuela de mi cuarto, que se mantiene vivo en mi memoria. Era Elena quien me ayudó a plantar en mí un amor por aprender que hasta ahora ha perdurado. Recuerdo que compartía conmigo los periódicos y la revista Life en los años cincuenta. Ése era el principio de una visión del mundo que se ha quedado conmigo como maestro, periodista y ministro.
Elena
también es una cristiana profundamente comprometida. No hace mucho, a la edad
de 80 años, le fue presentada una placa en conmemoración por sus más de 60
años de servicio consagrado a su iglesia, ella todavía es miembro activo y
miembro del coro. La mayoría de los pastores residentes quiénes han servido en
su área durante esos años la han encontrado como una leal y simpática amiga.
Cuando yo tenía 7 años, hice una de esas tontas y estúpidas cosas que suelen hacer los niños, mis padres estaban disgustados, nosotros éramos una familia muy íntima, así que el rechazo y la cólera que yo sentí de mis padres, me cortó de una manera muy rápida, fui aplastado, herido y sacudido, no sabía qué hacer o a dónde irme. Pero tía Elena sí, ella podía ver exactamente lo que estaba sintiendo y supo qué hacer.
Callada pero deliberadamente, me tomó y subió conmigo a su cuarto. Ambos nos arrodillamos en un lado de la cama. Entonces ella me dijo: "Todo lo que tienes que hacer es cerrar tus ojos y decirle a Dios que lo sientes y él te perdonará". Yo hice lo que me dijo. Y ¿adivinen que? Funcionó. Yo me sentía perdonado, restaurado, limpio. Ninguna penitencia, ninguna agónica arenga, ninguna muestra grande de pirotecnia espiritual. Yo no tenía que llevar la culpa ya.
En ese momento fue cuando me volví a Cristo, cuando empecé a darme cuenta que Dios realmente es un Dios de amor, que —como expliqué después a otras personas como Pastor y Joven líder, que Dios está en el “negocio de perdonar” Yo necesité oír eso a la edad de 7, algunos de ustedes que están leyendo estas palabras ahora necesitan oírla a la edad de 17 o a la edad de 70, o cualquier otra edad.
Un amigo en la necesidad
Como cristianos, no importa cuan convertidos seamos, no importa cuanto nos hemos dedicado a Dios, cada uno de nosotros alcanzará un punto en que nos sentimos vencidos, cuando necesitamos a alguien que nos de un empujón a lo largo del camino de la vida. Esto puede pasar más de una vez, eso me ocurre a mí, en esas ocasiones, necesitamos la atención amorosa de un amigo o conocido en la fe, necesitamos que un amigo nos pueda hablar en cierto modo al corazón de manera tal que nos inspirará el querer continuar.
Y a veces también necesitamos ser ese tipo de persona. Como tía Elena se podría decir, para eso es que estamos aquí. El apóstol Pablo conocía esto. El tema aparece a menudo en sus escrituras: "Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan " (Efesios 4:29).
A los Colosenses el apóstol Pablo perfiló los principios de mutuo compartimiento y estímulo, como principios vitales para el crecimiento cristiano: “Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos. Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón”. (Colosenses 3:15-16).
El Consolador
Pero Pablo era solamente un ser humano. Él no era perfecto bajo ninguna circunstancia. Sus acciones no siempre coincidían con sus finas palabras. Tuvo un incidente con Marcos, por ejemplo. En una primera gira misionera de Pablo, un hombre joven llamado Juan Marcos tuvo alguna clase de desacuerdos con Pablo" (Hechos 13:13).
Sabemos que había cierta fricción aquí porque después Pablo y Bernabé discreparon respecto al futuro de Marcos como misionero (Hechos 15:36-40). Pero Bernabé tenía una reputación en la iglesia del primer siglo por su generosidad, por proteger al desvalido. De hecho, su nombre real era José. Bernabé era un apodo dado por sus amigos cristianos, significaba “Consolador” (Hechos 4:36).
Bernabé dijo que Marcos tenía mucho futuro. Como un hombre joven, Marcos pudo haber sido testigo de muchos de los eventos tal como lo escribió en el evangelio. Ahora él necesitó la mano firme de un hermano más anciano en la fe, alguien para escucharlo, que hablara palabras de estímulo, para ayudarlo a sostener sus pasos en la fe.
Bernabé llevó a Marcos, su sobrino, al ministerio de Chipre. En el camino a Chipre, no hay ninguna duda que Bernabé y Marcos hablaron algo más que sólo el estado del tiempo. Compartir con Bernabé era precisamente la tónica que necesitaba Juan Marcos. Incluso Pablo reconoció que ese hombre joven había cambiado: "Recoge a Marcos y tráelo contigo, porque me es de ayuda en mi ministerio" (2 Timoteo 4:11). Bernabé supo como animar a un compañero creyente. Supo compartir su fe. ¿Cómo lo hacemos usted y yo? ¿Sabemos compartir nuestra fe con un compañero cristiano?
Más que argumentos ingeniosos
Aquí hay algunos principios que podemos aprender a efecto de compartir nuestra fe con otros creyentes:
1. Ser sensitivos a las necesidades de las personas. Los que tienen éxito en estimular y animar a sus hermanos y hermanas son generalmente personas sensitivas. Un atípico o extraño comentario, una crítica o una actitud perturbadora, un comentario a terceros. Esos son signos, señales emocionales de que un hermano o hermana puede estar sosteniendo una carga pesada.
"Ellos no se
acercan para citar versículos o dejar una lista de literatura, ellos vienen a
decir simplemente que están allí para ayudar, ni intentan bo
rrar
la herida de hoy dando énfasis en la esperanza de mañana, se comprometen a
apoyar, comprender el por qué de la aflicción, pocas cosas sanan más la
heridas que el bálsamo de un fuerte abrazo" (Creciendo con fuerza en las
estaciones de la Vida).
Hablando figuradamente, ese abrazo también puede ser una cordialidad en los ojos, una suavidad del semblante, una expresión de comprensión que muestre nuestra preocupación por el hermano, ingeniosos argumentos raramente penetran un espíritu afligido. Pero lo que es seguro: Dios traerá a menudo personas que tengan contacto con nosotros quiénes necesitan nuestra ayuda, nuestra atención, nuestra simpatía y preocupación, debemos estar abiertos a esos encuentros, debemos estar discerniendo mucho en ver la necesidad de otros y debemos involucrarnos en querer ayudar.
2. Identifíquese con la persona. Esto no significa que siempre tiene que estar de acuerdo con las quejas, actitudes o imputaciones de otras personas. Pero quizás ellos realmente tienen algo en sus mentes que quieren descargar, algún problema que los aqueja. En cosas así, un hermano o hermana no puede expresar sus pensamientos o sentimientos de la mejor manera, incluso quizás el lenguaje se pueda volver un poco áspero. En casos así usted debe escuchar paciente y amorosamente, escuche, pero escuche con una mente abierta.
Los consejeros experimentados saben que las primeras reacciones de las personas con problemas son a menudo sus peores reacciones. A veces es necesario esperar hasta que la niebla emocional se aclare, para que a través de un bagaje de palabras apuntar con precisión al problema real. Sea respetuoso del hecho que un compañero cristiano esté usándolo como un escucha salvavidas, confiando en los sentimientos profundos de usted. Después de todo, con todas las presiones de este mundo agitado, si no podemos encontrar ayuda en un buen amigo en la fe ¿dónde podemos encontrarla?
La tarea aquí es identificarnos con la otra persona tanto como sea posible, podemos querer mencionar suavemente que compartimos su punto de vista, podríamos querer decir esas dos palabras maravillosas, "te entiendo". Sin querer componer sus propios sentimientos y convicciones, no es erróneo sostener su carga diplomáticamente, con la finalidad de evitar la crítica. En tiempos de gran tensión y fatiga de la persona, la habilidad de escuchar pacientemente vale su peso en oro.
Incluso en sus cartas correctivas a la iglesia en Corinto, el apóstol Pablo tenía este acercamiento. Aunque usó palabras ásperas para ellos después, empezó por identificarse con la congregación y sus logros: “Siempre doy gracias a Dios por ustedes, pues él, en Cristo Jesús, les ha dado su gracia. Unidos a Cristo ustedes se han llenado de toda riqueza, tanto en palabra como en conocimiento. Así se ha confirmado en ustedes nuestro testimonio acerca de Cristo, de modo que no les falta ningún don espiritual mientras esperan con ansias que se manifieste nuestro Señor Jesucristo”. (1 Corintios 1:4-7).
Aunque Pablo está escribiendo una carta correctiva, aunque él tiene que escribir respecto a la fornicación y la herejía. Se toma tiempo para identificar y alabar a su público. Todos necesitamos simpatía mutua y apoyo. A menudo, necesitamos ser apreciados, para saber que nuestro servicio cristiano y los esfuerzos en esta vida no son en vano. Y cuando estamos “mal”, necesitamos oírlo de nuevo otra vez.
3. Sea realista. La mejor cosa que hay que hacer es manifestar nuestros propios sentimientos, cuan apropiado y cuan necesario para nuestro amigo es manifestar nuestras propias faltas y necesidades. Esto tendrá un efecto poderoso en el proceso de compartir.
Pablo nunca tuvo miedo en ser autobiográfico en sus cartas que remitía a las iglesias a su cargo. Como cuando dijo a los de Galacia: "Ustedes ya están enterados de mi conducta cuando pertenecía al judaísmo, de la furia con que perseguía a la iglesia de Dios, tratando de destruirla. En la práctica del judaísmo, yo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi celo exagerado por las tradiciones de mis antepasados. Sin embargo, Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia. Cuando él tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo predicara entre los gentiles, no consulté con nadie. Tampoco subí a Jerusalén para ver a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui de inmediato a Arabia, de donde luego regresé a Damasco. (Gálatas 1:13-17).
Cada historia de la vida cristiana está llena de fascinación y deleite, ello respira el espíritu de fe auténtica y de compromiso que el hermano herido y agitado necesita oír. A menudo un creyente con una perspectiva perdedora puede ser inspirado por los altos y bajos, las pruebas y triunfos de alguien más. Cuando aprendemos a escuchar, mostramos que hemos descubierto una gran llave para compartir nuestra fe.
Una niña pequeña una vez fue a confortar a una madre afligida. "¿Qué le dijiste?" le preguntó su padre. "Nada," contestó. "Yo apenas me eché en su regazo y lloré con ella." ¡Toda iglesia necesita personas así!
Neil Earle
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