Desastre en Nueva Orleáns
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n lo que puede ser el peor desastre natural en los Estados Unidos, casi un millón de personas han sido desplazadas por el huracán Katrina. Decenas de miles se quedaron atrapados en Nueva Orleáns sin electricidad, sin comida, sin agua potable, sin saneamiento, sin servicios médicos, sin policía. Nueva Orleáns acaparó los titulares porque involucró a la mayoría de las personas, pero la destrucción también fue severa en el sur de Mississippi y Alabama.
Una tragedia cayó sobre la otra para hacerlo todo peor. Si tan solo la ciudad hubiera sido construida en un mejor lugar. Si tan solo las personas hubieran construido mejores diques. Si tan solo ellas hubieran evacuado antes de que el huracán llegara. Si tan solo el gobierno hubiera actuado más rápido para traer comida y agua, y transportar a los evacuados. Si tan solo…
¿Dónde estaba Dios?
Toda clase de decisiones humanas contribuyeron a la tragedia, pero sin embargo, fue un desastre natural—la naturaleza estaba airada—un “acto de Dios”. ¿Dónde estaba Dios cuando el huracán llegó a tierra? ¿Dónde estaba Él cuando los vientos de 140 millas por hora golpearon a Mississippi? ¿Dónde estaba Él cuando el dique se rompió? ¿Dónde estaba Él cuando las personas se quedaban atrapadas dentro de los áticos, cuando el agua llegaba a un nivel muy alto?
Dios estaba ahí, sobre la tierra,
dentro de Su pueblo, sufriendo juntamente con ellos. Cuando una parte del
cuerpo sufre, dice Pablo, todas las demás partes sufren con ella (1 Corintios
12:26) —y eso también incluye a la cabeza del cuerpo, Jesucristo. Él sufre con
nosotros—Él ha probado anteriormente Su disponibilidad para hacerlo, y Él lo
hace una y otra vez más. Dios ama a Su pueblo—Él ama incluso a las personas
que no creen en Él—Él las ama lo suficiente como para enviar a Su Hijo a morir
por ellas. Cuando nos dolemos, Él también se duele. Cuando sufrimos, Él
también sufre.
Dios es lo suficientemente grande y poderoso como para hacer algo al respecto. Algunas veces interviene, y oímos relatos de intervenciones milagrosas—pero a menudo no las oímos. Quizás el huracán podía haber golpeado más duro y fuerte de lo que lo hizo, pero aún así, mató a miles de personas. Dios podía haberlo detenido por completo, para que no matara a nadie, no causara ningún daño a las propiedades, y sin embargo, no lo hizo.
Ya sea que los desastres sean pequeños o grandes, ¿Porqué Dios permite que ocurran? Francamente, no sabemos la respuesta completa. La Biblia nos dice que cuando el pecado entró al mundo, Dios dijo que la naturaleza misma obraría en contra de las personas. “¡Maldita será la tierra por tu culpa!...te producirá cardos y espinas…hasta que vuelvas a la misma tierra” (Génesis 3:17-19). Cuando las primeras personas pecaron, la naturaleza misma fue airada—la naturaleza se impondría sobre toda persona, y toda persona volvería al polvo de donde fue sacada (v. 19). La vejez llegaría—a menos que alguna otra cosa lo hiciera antes—y la naturaleza daría su dictamen.
Pablo dice que la creación misma “fue sometida a la frustración” (Romanos 8:20), y espera el día cuando “ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad” (v. 21). Francamente, no sabemos cómo la física funcionará sin “corrupción” de alguna clase, y no sabemos cómo Dios arreglará el problema. Pero sí sabemos que hay algo que está mal con la naturaleza, por causa del pecado, y Dios ha escogido permitir eso—aun con las dificultades que causa, aunque esas “dificultades” sean algunas veces inmensos desastres que matan a miles de personas inocentes. El pecado a menudo afecta a personas inocentes, y de alguna manera, el pecado ha afectado a la naturaleza misma. Podemos orar por el día cuando llegue “el tiempo de la restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21), pero todavía tenemos que vivir en un mundo que está airado.
Mirando hacia Jesús
Jesús salvó a Sus discípulos de un desastre natural— la tormenta en el mar de Galilea. Salvó a Pablo y a sus acompañantes de una tormenta que causó un naufragio cerca de Malta. Pero la naturaleza todavía tenía algo que decir, pues finalmente todos ellos murieron. Muchos fueron muertos a manos de gente mala, otros por causa de enfermedades (otro ejemplo de la naturaleza estando airada), otros por la vejez.
Dios permite que la naturaleza obtenga su número de muertos. No para siempre, no permanentemente, Dios todavía permite que suceda. Algún día, supongo, veremos qué tan magnífico es el plan, pero por ahora, parece algo bastante desagradable.
Jesús
habló acerca de un desastre natural en la vida de un hombre. ¿Quién pecó?, le
preguntaron Sus discípulos: ¿Éste hombre, o sus padres? Ninguno de ellos,
respondió Jesús (Juan 9:1-3).
No todos los problemas pueden ser correlacionados con algún pecado. Es sólo que la naturaleza no siempre funciona en la forma que se supone que lo haga, y para éste hombre en particular, el resultado fue un desastre en su propia vida. Jesús arregló ese problema en particular, pero la mayoría del tiempo, Él permite que Su pueblo sufra las consecuencias de un mundo desordenado por el pecado, donde incluso las fuerzas de la naturaleza operan contra nosotros.
Jesús habló acerca de otro desastre en Jerusalén: la torre de Siloé se había caído y matado a 18 personas. Por supuesto, no fue un desastre natural, pero sin embargo, fue un desastre, una tragedia que mató a gente inocente. Jesús no gastó tiempo culpando a los ingenieros o los constructores. En vez de eso, Él se volvió a la audiencia y les dijo: “todos ustedes perecerán, a menos que se arrepientan” (Lucas 13:4, 5). Tome ese desastre y en vez de culpar a alguien, examínese usted mismo. Ponga en orden sus prioridades, y la prioridad principal es su relación con Dios.
Cosas malas le pasan a la gente buena así como también a la gente mala. El desastre que golpeó a alguien más, fácilmente pudo habernos golpeado a nosotros. Dios podía permitir que nos golpeara a nosotros así como también podía permitir que los golpeara a ellos—esa es la lección que necesitamos considerar procedente de éstas tragedias. Necesitamos volvernos hacia Dios, confiar en Él incluso cuando los “actos de Dios” ocurran muy cerca de casa.
Durante su tremenda prueba, Job dijo: “aunque Él me mate, seguiré esperando en Él” (Job 13:15). Necesitamos una clase de confianza similar—sabiendo que el Dios que no eximió a Su propio Hijo nunca nos desamparará, aunque andemos en el valle de sombra de muerte, aunque entremos a la misma muerte. El Dios que no eximió a Su propio Hijo también rescató a Su Hijo después de pasar por ese valle, y Él promete rescatarnos a nosotros también. Él nos dará vida otra vez, pero para hacerlo, vivimos en un mundo que nos quita la vida. Si Jesús estuviera hablando a las familias de las 18 personas muertas por la caída de la torre, sin duda Él hubiera sido compasivo como lo fue con el hombre que nació ciego.
Cuando estamos tratando con las víctimas del huracán Katrina o cualquier otro desastre, también necesitamos la compasión—compasión que nos motive a ayudar. Muchos de ustedes han contribuido generosamente, y sin duda continuarán ayudando durante el largo período de recuperación. Pero también necesitamos examinarnos a nosotros mismos. Cuando la tragedia golpea a alguien más, no necesitamos preguntar dónde está Dios —necesitamos preguntar dónde estamos nosotros, y si podemos hacer algo al respecto. La única cosa peor que la naturaleza estando airada, es un corazón insensible.
¿Podemos
confiar en Dios incluso cuando la naturaleza nos golpee con la muerte? Sí,
debemos, porque de una manera u otra, la naturaleza nos golpeará con la
muerte. No tenemos ningún otro lugar adonde ir, porque sólo Dios tiene la
solución al problema. Pero necesitamos confiar en Él. Cuando el desastre
golpea, Dios está ahí, sufriendo con Su pueblo y obrando en Su pueblo. Por
tanto, cuando el desastre golpea, el pueblo de Dios puede ser hallado de pie
con Él, no culpando a alguien sino ayudando, haciendo una diferencia positiva,
amando como Jesús ama.
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