Encontrando un significado en la tragedia 

 

La escritura nos dice que Dios puede ser fiel en proteger a aquellos que ponen su fe en él. Pero la Biblia no anda con rodeos sobre la verdad que lleva la fe, porque el camino real de la vida humana, incluso para los creyentes, como sabemos bien, está regularmente cargado de problemas, pruebas y dolor.

Así a menudo, cuando miramos atrás respecto a los sufrimientos acontecidos en nuestras vidas, empezamos a descubrir que el horrible camino que hemos tenido que padecer nos ha permitido llegar a un lugar de paz y de madurez —un sentimiento de intimidad con Dios y seguridad en él que nunca podríamos haberlos conocido de otro modo. Y como sabemos, algunos caminos de la fe son de la clase que descubren mentiras solamente en el otro lado de la muerte.

La experiencia nos ha enseñado que la vida a veces se vuelve un terrible, tormentoso océano de dolor, pesar y depresión, arrastrándonos a sus profundidades oscuras e implacables. En la confusa revuelta, nos aferramos con los brazos adoloridos y cansados a un madero roto de la fe, una fe que susurra en nuestros ahogados oídos que de algún modo Dios está allí, de algún modo sabe y de algún modo no nos dejará. Es todo lo que podemos conseguir, esta pequeña llama parpadeando de confianza en un Dios invisible que promete liberación, seguridad y esperanza.

Cuando la tormenta finalmente acaba y un sol luminoso calienta el mar tranquilo, empezamos a ver, quizá por primera vez, la manera en que la tierna mano de un amoroso Padre estaba sosteniéndonos todo el tiempo. Pero no es fácil. Nadie dirá que puede serlo. Eso es, nadie que supo de lo que estaban hablando.

Confiando en el amor de Dios

Dios nos ama, nos dicen las Escrituras. Pero cuando el doctor nos informa que nuestro hijo de cinco años tiene cáncer, o que nuestro abusivo esposo ha estado también molestando a los niños, o nos despertamos en un hospital para ver que perdimos nuestras piernas en un choque automovilístico, o nuestra madre se murió en un tornado, o alguien que amamos se quemó y fue aplastado al intentar rescatar a otros después de un horrendo ataque terrorista, toda esta charla del ‘amor de Dios’ puede parecer vacía, si no completamente ofensiva.

¿Quién es este Dios que permite el dolor y el desastre que asola los corazones y esperanzas de las personas que lo aman y confían en él? ¿Quién es este Dios invisible, silencioso que proclama que nunca nos va a desamparar? ¿Dónde está él cuándo realmente lo necesitamos?

‘¿Qué pecados terribles habrá usted cometido?’ hemos oído a ciertos cristianos preguntar a personas dolientes, ‘¿vendrá tal castigo sobre usted?’ Algunos cristianos no pueden imaginar que Dios pudiera permitir que le sucedan cosas malas a los ‘verdaderos’ cristianos. Pero —¿no todos somos pecadores, incluso los ‘verdaderos’ cristianos? ¿Y por qué algunos de nosotros somos ‘castigados’ con el desastre mientras que otros, culpables de los mismos pecados o peores, parecen ‘salir ilesos’? A Dios gracias las personas que piensan que cada tragedia humana es ‘el juicio de Dios a los pecadores’ no son Dios, y no hablan por Dios.

De todas formas, se plantea una preocupante pregunta. Sabemos que somos pecadores, y sabemos que no merecemos nada de Dios, y a veces nos preguntarnos si la razón que Dios no nos ha asistido es que realmente no se preocupa por nosotros. Después de todo, ¿por qué debería hacerlo? Sabemos que estamos sintiendo disculpas por la gente piadosa. Lo sabemos y Dios lo sabe. ¿Y por qué Dios debería molestarse con nuestros problemas?

En su carta a la iglesia en Roma, Pablo lo explica así: “Pues cuando nosotros éramos incapaces de salvarnos, Cristo, a su debido tiempo, murió por lo pecadores. No es fácil que alguien pueda morir en lugar de otra persona. Ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por la persona que le haya hecho un gran bien. Pero Dios prueba que nos ama, ¿en que?, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8, Dios Habla Hoy).

Dios nos ama pecadores —tanto que Cristo murió por nosotros para salvarnos de nuestros pecados. Y él resucitó de entre los muertos por nosotros, también —para establecernos en una nueva vida en él. Así que el argumento del pecado no tiene fundamento. De hecho, sube la apuesta, porque si Dios estuviera presente en todo problema para salvarnos del pecado y de la muerte espiritual, ¿por qué raramente levanta un dedo para salvarnos aquí y ahora de las tragedias y traumas que constantemente nos desgarran?

Sufriendo en esperanza

Como cristianos, creemos que Dios nos rescata. Pero creemos que nos rescata de lo que realmente necesitamos ser rescatados, no de lo que pensamos que necesitamos ser rescatados. Aún, cuando nuestro hijo está muriendo, queremos que se sane de eso, no algo invisible, cosa espiritual. Y si no se logra sanar, ¿cómo estamos suponiendo continuar confiando en el poder y amor de Dios?

La Biblia nos dice que nuestras vidas —nuestras familias, nuestra salud, nuestras fortunas— son de hecho importantes para Dios. Nos dice que Dios está muy interesado sobre nuestras circunstancias aquí y ahora, pero también está preocupado por más que nuestras actuales circunstancias —está preocupado por nosotros— siempre. Estamos seguros que él nos hizo, y que nos hizo porque lo quiso así, y que nos ama porque somos suyos.

Cuando se trata de asuntos de vida y muerte, el evangelio nos asegura que Jesucristo es la Resurrección y la Vida; él tiene cuidado de restaurar nuestras vidas. El evangelio también nos asegura que Dios nos está haciendo a imagen de Cristo (Colosenses 3:10) —una persona completa, fuerte, unida, una persona que es todo lo que hemos sido y debemos ser y deseamos poder ser, pero nunca, en esta vida, llegamos a ser. Eso puede ser invisible, pero realmente ocurre cuando Dios trabaja con nosotros —de adentro a afuera (Colosenses 3:1-4). Y los sufrimientos juegan un papel importante en este proceso.

El evangelio nos asegura una inexpugnable herencia de salvación que nos espera en el cielo (1 Pedro 1:3-4), y nos asegura que Dios nos protege mediante la fe, no necesariamente de las pruebas y traumas de esta vida, pero de cualquier cosa que pueda intentar arrebatarnos esa salvación de nosotros (v. 5).

Es en la esperanza —y seguridad— de esa eterna salvación que nosotros alegremente podemos gozar en esta vida, a pesar de los males que podrían ocurrirnos entretanto (v. 6). Pedro llama nuestra fe, es decir, nuestra confianza en la fidelidad de Dios para guardar su palabra en nosotros, una fe que es probada en momentos difíciles, o “ardientes”, “más precioso que el oro” (v. 7). Pedro nos pide que creamos en un Salvador que nosotros no podemos ver (v. 8), pero nos asegura que nuestra confianza y amor hacia nuestro Salvador invisible nos da una presente alegría que está más allá de toda descripción. El nos asegura que llegaremos al clímax de la gloria, el honor y la salvación (vv. 7-9).

Sufrimiento de Dios

¿Quién es este Dios que permite que su gente sufra aunque ellos clamen a él por su liberación? Él es Jesucristo, el Cordero de Dios —el que fue crucificado y traspasado con una lanza. Usted lo reconocerá por la gran cantidad de sangre producto de los cortes y laceraciones y la corona de espinas. Él es al que ridiculizaron y blasfemaron. Al que le escupieron, maltrataron y asesinaron.

Él es también el que se queda a nuestro lado en todos nuestros dolores y angustias. Él sufre por nosotros por cada pesar y dolor de corazón. Él no nos abandona, aún en nuestras pesadillas más oscuras (Deuteronomio 31; Hebreos 13:5). Pero su presencia es invisible. En lugar de rescatarnos de nuestras actuales catástrofes, él está con nosotros (Mateo 28:20). Él llora con nosotros; se duele con nosotros (Hebreos 2:18).

Nuestra esperanza, como cristianos, está en la resurrección. Es esta esperanza —una esperanza alimentada por la confianza— que hace que la vida valga la pena vivirla y nos da para empezar a ponernos en marcha aún cuando todo en nosotros quiere renunciar. Por eso podemos, incluso en medio de nuestro dolor, confiar en nuestro invisible Salvador y extender la mano para ayudarnos, apoyarnos y animarnos los unos a los otros (Efesios 4:31-5:1). Las historias inspiradoras de heroísmo y valor que hemos oído en varios casos de tragedias son un testimonio de la fuerza interna invisible, de hermandad y fortaleza que está arraigada en la humanidad de nuestro resucitado Señor en quien todos vivimos y movemos y tenemos en nuestro ser.

Debido a que Cristo sufrió por nosotros, nuestras tragedias no tienen sentido, pero son partes del forraje, el material crudo, de nuestra vida interior (Hebreos 2:14-15). Emergemos de ellas más fuertes, más sabios y con más amor, y así mantenemos nuestra confianza en nuestro Dios que promete ser nuestra salvación, estamos, en su amor, colocados en unidad con Cristo y con los unos y los otros.

Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.” (1 Pedro 1:6-9).

 

J. Michael Feazell

 

Copyright © 2003  Iglesia de Dios Universal

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