¿Es Jesús suficiente?

 

C

ierto joven fue citado diciendo que se unió al ejército de los Estados Unidos sólo por los beneficios. Que él nunca creyó que de hecho tendría que ir a la guerra. Hizo el juramento de proteger y servir a su país, pero su motivación fue el acta de ley GI como una forma para pagar su educación universitaria. Un soldado sorprendido al verse a sí mismo en la guerra parece algo extraño, y sin embargo, allí estaba él en el desierto de Irak con un rifle en sus manos, desconcertado por su posición.

Él tenía que haber sospechado que podría ser llamado a hacer lo que había sido entrenado a llevar a cabo, sin embargo, su motivación era estrictamente personal. Tenía que haber considerado el factor de la posibilidad, pienso yo, pero una vez más, él parecía genuinamente estar en un choque emocional por estar en la guerra.  Para él el honor de servir a su país no era suficiente. Él había firmado sólo por los beneficios: dinero para su educación universitaria.

Mientras miraba a éste joven, me preguntaba cuantos de nosotros hemos firmado para el cristianismo sólo por los beneficios, sin haber pensado en el hecho de que nosotros mismos nos estábamos dedicando a servir a Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores.

Ser cristianos tiene realmente algunas grandes ventajas. Cuando nos enrolamos, instantáneamente nos convertimos en parte de una comunidad comparativamente segura y comprensiva. Tenemos un lugar a dónde ir y sabemos que pertenecemos al mismo. Podemos cantar algunos buenos cantos y disfrutar la mayoría de los sermones, tomar café y comer galletas después del servicio, y muy de vez en cuando, tener una cena compartida la cual literalmente le añade jugo al acuerdo.

Y, por supuesto, el seguro gratuito de la vida eterna viene con la membresía. Es una cosa grandiosa saber que al final de nuestras vidas, Jesús estará allí de pie con los brazos abiertos esperando para abrazarnos por toda la eternidad. La membresía tiene sus privilegios: comida, amigos, familia y futuro. ¿Qué tan grandioso es eso?

Todas estas cosas son grandes más allá de nuestra habilidad de expresión, pero yo empecé a preguntarme, ¿cuántos de nosotros habríamos firmado si todo lo que se nos hubiera prometido fuera compartir la vida de Jesús? Jesús nos dijo que si lo seguimos, habrá la posibilidad de que seamos odiados por causa de Él (Mateo 10:22; 24:9; Marcos 13:13; Lucas 21:17; Juan 15:18).

Él no prometió éxito terrenal o grandes riquezas. Cuando un joven se ofreció a seguirlo, Él respondió: “¿Por qué? Si ni siquiera tengo un lugar donde recostar mi cabeza” (paráfrasis de Mateo 8:20). Concedido, Él sí dijo que Sus discípulos nunca padecerían hambre o sed, una vez que hubieran probado el agua viva y el pan de vida (Juan 4; 6:35), pero en la jerarquía de necesidades humanas del psicólogo Abraham Maslow, éstas necesidades básicas están en el último peldaño de la escala.

Jesús usó analogías simples para describir la vida de un discípulo, tales como poner la mano en el arado y tomar la cruz. El discipulado requiere sacrificio y, a menudo, requiere sufrimiento. Algunos de nosotros que somos pastores nos encontramos en posiciones donde nuestro sustento se ve amenazado por una asistencia decreciente o un descenso en las ofrendas.

Se nos podría pedir que continuáramos nuestro trabajo a medio salario o posiblemente sin ningún salario y nos vemos forzados a hacer y responder ésta pregunta: ¿Es Jesús suficiente? Si nuestra situación financiera no encuentra fondo— ¿es Jesús suficiente? ¿Es suficiente conocer y servir al Señor?

Pedro tuvo que confrontar ésta pregunta— ¿es Jesús suficiente para arriesgarlo todo, con poca esperanza de recibir algo a cambio? Pablo tuvo que confrontar ésta pregunta— ¿es Jesús suficiente para abandonar mi éxito como líder religioso y mi potencial de algún día sentarme en el Sanedrín? Cada uno de nosotros que busca servir al Señor debe confrontar también ésta pregunta— ¿es suficiente con que mi trabajo plazca al Señor?

Sólo a uno de los doce Jesús le pidió salir de la barca y caminar. Sólo a Pedro se le pidió esto, y que privilegio fue para él. Al empezar a hundirse, no creo yo que él estaba pensado: “Oh, qué grandioso es esto—Conseguí hundirme para el Señor”. Pero desde la perspectiva del tiempo, podemos ver qué privilegio, e incluso honor, dio el Señor a Pedro ese día.

Algunos de nosotros nos encontramos parados en el borde de la barca, siendo llamados por nuestro Señor para salir y caminar hacia lo desconocido y seguir a nuestro Señor, y nos preguntamos a nosotros mismos, ¿es Jesús suficiente?

¿Podemos confiar en que Él hará por nosotros lo que hizo por Pedro? ¿Podemos creerle cuando dice que busquemos primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás nos será añadido? (Mateo 6:33). Nosotros no podemos hacer que estas cosas pasen por nuestra propia cuenta. Incluso con la ayuda del Señor, Pedro sólo pudo dar uno o dos pasos antes de empezar a hundirse.

He llegado a comprender que el punto aquí no es el éxito o el fracaso—más bien, es el responder a la pregunta sobre cuál es el valor final de Jesús en mi vida.

¿Es Jesús suficiente? ¡Absolutamente! Incluso si no hubiera vida eterna en la presencia del Señor; si no hubiera ninguna seguridad de la salvación; el conocer a Jesús y el privilegio de que se nos pida seguirle, ahora mismo, adonde Él nos dirija, es más que suficiente. Así que aquí estamos con el agua hasta nuestras rodillas diciendo como Pedro: “¡Señor, sálvame!” (Mateo 14:30).

Michael V. Houghton Sr.


 

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