Las consecuencias radicales de

La Justificación

 

 

Por Thomas F. Torrance

 

L

a justificación significa justificación sólo por Cristo—esa es la referencia de las expresiones sola fide (solo por la fe), sola gratia (solo por la gracia), sola scriptura (solo por la escritura), usadas en la teología reformada. La justificación significa que nosotros miramos exclusivamente a Cristo, y por tanto, dejamos por completo de mirarnos a nosotros mismos para poder vivir sólo por Él.

Esa naturaleza radical de la justificación está expresada, y sus consecuencias radicales están delineadas, por la Confesión escocesa: "Nosotros voluntariamente nos despojamos de toda honra y gloria en nuestra salvación y redención, como también lo hacemos en nuestra regeneración y santificación".

Eso es algo que hoy se necesita reiterar grandemente dentro de las iglesias de la Reforma. La justificación sólo por Cristo significa el rechazo de todas las formas de auto-justificación y de todas las formas de justificación por cualquier cosa, o procedente de cualquier fuente, que no sea Jesucristo. Consideremos lo que esto significa en varias áreas de la doctrina y de la vida.

Piedad natural

(a) En la Reforma, la justificación sólo por la gracia de Cristo se entiende como algo que hace a un lado toda piedad natural y toda justicia por las obras; pero esto aplica a toda piedad, también a la piedad cristiana, es decir, la "santificación" como vino a ser llamada.

Esto se deja ver poderosamente en varios artículos de la Confesión escocesa, tales como el doce y el quince. Todo lo que nosotros hacemos es indigno, por lo que debemos postrarnos ante ti y confesar sin fingimiento que somos siervos inútiles—y es precisamente la justificación sólo por la gratuita gracia de Cristo la que nos muestra que todo lo que somos y lo que hemos hecho, incluso como creyentes, está puesto en tela de juicio.

La justificación sólo por la gracia permanece como la única base de la vida cristiana; nunca avanzamos más allá de ella, como si la justificación fuera sólo el inicio de una nueva justicia propia, el inicio de una vida de santificación la cual nosotros hacemos en respuesta a la justificación. Por supuesto que se nos llama a vivir día a día lo que ya somos en Cristo a través de Su auto-consagración o santificación, pero la santificación no es lo que nosotros hacemos en adición a lo que Cristo ha hecho en la justificación. Y sin embargo, esa es la tendencia de los Catecismos de Westminster, donde tenemos un retorno a la noción romanista de la santificación infusa que tiene que ser obrada a través de la obediencia estricta a preceptos legales—de ahí que la exposición de los Diez Mandamientos ocupe la mayor parte de los Catecismos.

Pero la Confesión escocesa puso el hacha en la raíz de cualquier movimiento tal, cuando insistió en que tenemos que despojarnos nosotros mismos de nuestra propia regeneración y santificación así como también de la justificación. Lo que fue "cortado" tan radicalmente es la noción de la "co-redención" que en nuestros días se ha convertido otra vez en algo tan galopante, no sólo en la iglesia romanista, sino en el protestantismo liberal y en el protestantismo evangélico, es decir, el énfasis sobre la decisión existencial como el medio por el cual "hacemos real" para nosotros mismos el kerygma (proclamación) del Nuevo Testamento, lo que significa que en el último recurso, nuestra salvación depende de nuestra propia decisión existencial personal. Esa es la antítesis exacta de la doctrina reformada de la elección, que hace descansar la salvación en la previa y objetiva decisión de Dios en Cristo. Es la justificación sólo por la gracia la que protege al evangelio de la corrupción, por igual, ante los "evangélicos", los "liberales" y los "romanistas".

Conocimiento natural

(b) La justificación sólo por la gracia de Cristo pone en tela de juicio no sólo toda piedad natural sino también todo conocimiento natural. El conocimiento natural es tanto obra de la carne como la piedad natural; es una obra del hombre natural.

Es en éste punto que Karl Barth ha hecho una contribución tan inmensa a la Reforma. No podemos separar el conocer y el ser porque pertenecen al mismo hombre, y es el hombre entero, con su conocer y su actuar, con el todo de su ser, que es puesto en tela de juicio por la justificación. La justificación nos pone en la rectitud y la verdad de Dios, y por tanto, nos dice que estamos en la falsedad.

Ahora, que esté claro que la justificación sólo por la gracia no significa que no haya piedad natural en el hombre, sino que el hombre con su piedad natural es puesto en tela de juicio. Jesucristo murió por todo el hombre (con su piedad y su maldad) no por una parte de él, la parte malvada, sino por todo el hombre. Él murió por todos los seres humanos, los buenos y los malos, y todos por igual vienen a estar bajo el juicio total de Su muerte y resurrección; todos por igual tienen que nacer de nuevo en Él y ser hechos nuevas criaturas.

Esa es la naturaleza radical del evangelio, que viene a ser tan claro para nosotros cuando compartimos de la Mesa Santa en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, porque ahí nos sentimos avergonzados de todo nuestro ser, tanto de nuestra piedad como de nuestra maldad. Pero lo mismo aplica a nuestro conocimiento natural.

La justificación sólo por la gracia de Cristo no significa que no haya conocimiento natural-¿qué hombre natural hay que no conozca algo de Dios, aun si lo sostiene en injusticia o convierte la verdad en una mentira? Pero sí significa que la totalidad de ese conocimiento natural es puesto en tela de juicio por Cristo, quien cuando viene a nosotros dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame".

Todo el hombre con su conocimiento natural es ahí cuestionado hasta la raíz de su ser, porque el hombre es llamado a apartar la mirada de todo lo que él es, o conoce, o piensa que conoce, hacia Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida; nadie llega al Padre sino es por Él.

La teología de Barth puede ser descrita, entonces, como la aplicación de la justificación del área total de la vida del hombre, a la esfera de su conocer y también a la esfera de su obrar. En eso él ha buscado llegar hasta las consecuencias radicales de la Reforma, de la cual nuestros antepasados retrocedieron, cuando ellos se refugiaron otra vez, como los romanistas, en las obras del hombre natural, para la justificación.

Pero si hemos de tomar seriamente la Confesión Escocesa, entonces tenemos que aplicar esto no sólo al conocimiento natural, sino a todo el conocimiento cristiano; tenemos que aprender a despojarnos nosotros mismos de nuestro propio conocimiento jactancioso, tenemos que permitir que nuestra propia teología sea cuestionada radicalmente, por Cristo.

Si traducimos la palabra "justificación" con la palabra "verificación", podemos ver la asombrosa relevancia de esto para las modernas discusiones teológicas y filosóficas.  La justificación sólo por la gracia nos dice que la verificación de nuestra fe o conocimiento en base a cualquier otra cosa o procedente de cualquier otra fuente, que no sea Jesucristo, debe ser hecha a un lado.

La justificación tiene tanto una referencia epistemológica como una ética-epistemológicamente ella insiste en que la única demostración legítima de la verdad cristiana es aquella que está de acuerdo con su naturaleza, la cual es la gracia, y que buscar la justificación de ella en base a cualquier otra cosa no sólo es fundamentalmente falsa en sí misma, sino que también falsifica el evangelio en su misma base.

Pero aparte del debate contemporáneo sobre la "verificación", la justificación significa que en todo punto de nuestra investigación teológica tenemos que permitir que nuestro conocimiento, nuestra teología, nuestras formulaciones, nuestras declaraciones, sean puestas en tela de juicio por el mismo Cristo hacia quien ellas apuntan, porque sólo Él es la Verdad.

La justificación significa que nuestras declaraciones teológicas son de tal clase que ellas no reclaman tener verdad en sí mismas, porque por su misma naturaleza ellas no apuntan hacia sí mismas sino hacia Cristo, como la verdad única de Dios. Por tanto, cuando quiera que pretendamos que nuestras declaraciones o formulaciones teológicas tienen su verdad en sí mismas, estamos volviendo de nuevo al camino de la auto-justificación.

Por total respeto a la majestad de la Verdad según está revelada en las Santas Escrituras, tenemos que hacer nuestro máximo esfuerzo por hablar correcta y exactamente acerca de ella—ese es el significado de la ortodoxia y el camino de la humildad-pero cuando hayamos hecho todo esto, todavía tenemos que confesar que somos siervos infieles, que todos nuestros esfuerzos quedan muy cortos de la verdad.

Lejos de buscar la justificación sobre la base de nuestra "ortodoxia", sólo podemos servir fielmente a la Verdad si dejamos de apuntarnos a nosotros mismos y a nuestras declaraciones, y apuntamos hacia Cristo mismo y dirigimos toda mirada sólo hacia Él. Aquel que se jacta de la ortodoxia peca así contra la justificación sólo por Cristo, porque se justifica a sí mismo apelando a sus propias creencias o a sus propias formulaciones de creencia y por ende menosprecia la Verdad y la Gracia de Cristo. Una vez que una iglesia empieza a jactarse de su "ortodoxia", empieza a caer de la gracia.

Tradición

(c) La justificación sólo por la gracia de Cristo pone en tela de juicio toda tradición. La consecuencia radical de la justificación fue sentida agudamente en ésta dirección en la Reforma. La concentración en la Palabra de Dios, la auto-pronunciación de la Verdad, y el reconocimiento de su primacía, cortaron las ataduras de las presuposiciones y los prejuicios y pusieron en claro la senda de la fe y la obediencia.

La justificación aquí significaba que la fe es determinada por la Palabra objetiva de Dios como su máxima autoridad, y así fue librada de los grilletes de toda autoridad menor, porque la devoción a la Verdad de la Palabra (toda la verdad y nada más que la verdad) inculcaba una disponibilidad para repensar todas las preconcepciones y poner todas las ideas tradicionales a prueba, cara a cara con la Palabra.

En otras palabras, un apego completo a la Palabra de Dios como el verdadero objeto del conocimiento significaba despegarse de toda otra fuente o norma de conocimiento, y la demanda de que todas las ideas y nociones tradicionales tenían que ser evaluadas en el tribunal de la Palabra. Eso no significaba que la tradición debía ser menospreciada, sino que debía ser sometida a la crítica de la Palabra y del Espíritu, y corregida a través de la conformidad a Jesucristo.

Por lo tanto, la Reforma abogó por la supremacía de la Palabra sobre toda tradición y por la actividad teológica como la arrepentida reconsideración de toda tradición, cara a cara con la Revelación de Dios en Jesucristo. Pero eso aplica sin disminución para la tradición reformada y evangélica; para nuestra tradición presbiteriana así como también para la tradición romanista.

Cuando examinamos nuestra propia posición hoy, es asombroso encontrar qué tan cerca hemos llegado al punto de vista romanista, incluso en la iglesia de Escocia. Por ejemplo, encontramos qué tan frecuentemente se apela al "instinto cristiano" o a "la mente de la iglesia" en contra de las claras expresiones de las Santas Escrituras, y a menudo en aquellos lugares donde la Palabra de Dios ¡ofende nuestra voluntad, se opone a nuestros hábitos, o corta la fibra de nuestro deseo!

¡Y que tan masivo es el efecto de nuestras varias tradiciones sobre las interpretaciones de la Biblia! Que fácil es permitir a la tradición presbiteriana determinar nuestra lectura del Nuevo Testamento, ¡especialmente cuando se trata de justificar nuestra tradición ante la crítica de los demás!

No puede haber duda de que cada una las grandes iglesias de la Reforma—la Luterana, la Anglicana y la Reformada-ha desarrollado su propia tradición dominante, y que esa tradición hoy ejerce una influencia masiva no sólo sobre su forma de interpretar la Biblia y formular su doctrina, sino sobre toda la estructura y dirección de su vida. Aquellos que cierran sus ojos a ésta realidad son precisamente aquellos que están más esclavizados al poder dominante de la tradición, sólo porque ella se ha convertido en un inconsciente canon y norma de su pensamiento.

Es tiempo de que preguntáramos otra vez si la Palabra de Dios realmente tiene un cauce libre entre nosotros y si ella no está, después de todo, amarrada y encadenada por las tradiciones de los hombres. La tragedia, aparentemente, es que las mismas estructuras de nuestras iglesias representan la fosilización de las tradiciones que han crecido por medio de la práctica y el procedimiento, que se han endurecido tanto en la auto-justificación que incluso la Palabra de Dios difícilmente puede hacerles una abertura. Escasamente habrá alguna iglesia que reclame ser ecclesia reformata [una iglesia que se reforma], que pueda verdaderamente reclamar ser semper reformanda [que siempre se reforma].

Los sistemas y las órdenes

(d) La justificación sólo por Cristo pone en tela de juicio todos los sistemas y todas las órdenes, y los pone en tela de juicio porque sólo Cristo es central y supremo en la Iglesia de Dios. En cualquier sistema teológico verdadero, la justificación se refiere sólo a Cristo, porque el máximo principio de la unidad es la conformidad a Cristo como la verdad de Dios para nosotros.

De igual manera, la justificación en orden o política eclesiástica debe ser a través de la apelación sólo a Cristo. Nuestra disputa con la Iglesia de Roma en asuntos doctrinales es concerniente a la centralidad de Jesucristo, la primacía y supremacía de la cristología que es tan oscurecida y transigida por las doctrinas romanistas sobre el mérito y la tradición, y sobre todo por la mariología.

En nuestro debate con la Iglesia de Inglaterra sobre cuestiones de orden, también estamos interesados en la centralidad de Cristo y la primacía de la cristología—y por tanto, la doctrina de la iglesia como el Cuerpo de Cristo va a la vanguardia.

Es la justificación sólo por Cristo la que hace esto, porque sólo Él es la base y la Cabeza de la Iglesia, y sólo en Él está constituida la unidad de la Iglesia y se mantiene su orden. Pero por esa misma razón la justificación sólo por Cristo desaprueba cualquier apelación de una Iglesia hacia otra para el reconocimiento de sus órdenes, como también reprende la auto-justificación de una Iglesia que pone en tela de juicio las órdenes de otra Iglesia.

La justificación sólo por Cristo significa que renunciamos al camino de la carne que busca la honra de los hombres, o la justificación de unos a otros; y por tanto, la justificación sólo por Cristo significa que en cualquier movimiento de reconciliación entre Iglesias, la cuestión del reconocimiento de órdenes no puede tener la prioridad sin causar una traición radical a la Reforma, no, sin causar una traición radical a Cristo porque Él de ese modo es echado fuera de Su lugar de centralidad.

Vine a ser más y más claro que en el movimiento ecuménico lo que está en peligro es la doctrina de la justificación sólo por Cristo, y que fácilmente pueden pecar contra ella aquellos que gritan más fuerte que están sosteniendo la tradición de la Reforma como también aquellos que no se jactan de eso. El que es verdaderamente fiel a la tradición de la Reforma es el que está siempre listo para someterla al despiadado cuestionamiento realizado por la Palabra de Dios.

El ministerio y la adoración

(e) En ningún otro lugar la justificación sólo por Cristo tiene consecuencias más radicales que en lo concerniente al ministerio pastoral. La justificación sólo por Cristo se basa en Su poderosa obra en la cual Él tomó nuestro lugar, siendo Él mismo nuestro sustituto bajo el juicio divino, y siendo Él mismo nuestro sustituto en la respuesta obediente que Él rindió a Dios en adoración, agradecimiento y alabanza.

En sí mismo Él ha abierto un camino hacia el Padre, para que podamos acercarnos a Dios solamente a través de Él y en base a lo que Él ha hecho y es—por tanto, oramos en Su nombre, y cualquier cosa que hacemos, la hacemos en Su nombre ante Dios. Así, la totalidad de nuestra adoración y ministerio reposa en la obra sustitutiva de Cristo.

Ahora la naturaleza radical de eso puede verse en el hecho de que a través de tomar Él nuestro lugar, ahí acontece un desplazamiento de nuestra humanidad por la humanidad de Cristo—por eso es que Jesús insiste en que sólo podemos seguirle cuando nos negamos a nosotros mismos, dejamos que Él nos desplace del lugar de centralidad y dejamos que Él tome nuestro lugar.

En la Reforma ésta doctrina tuvo un efecto inmediato en el derrocamiento del sistema sacerdotal romanista—pues Jesucristo es nuestro único sacerdote. Él es el único Hombre que puede mediar entre nosotros y Dios, por lo que nos acercamos a Dios solamente a través de la mediación de la Humanidad de Jesús, mediante Su sacerdocio encarnado.

Cuando la humanidad de Cristo es depreciada o cuando quiera que sea oscurecida por la total majestad de Su Deidad, entonces la necesidad de alguna otra mediación humana se mete; de ahí que en las Edades Oscura y Media surgiera la necesidad de un sacerdocio humano que mediara entre la humanidad pecadora y el Cristo exaltado, el majestuoso Juez y Rey.

Por supuesto, los Reformadores no negaron la Deidad de Cristo—todo lo contrario, ellos restauraron la pureza de la fe en Cristo como Dios, mediante el derrocamiento de las distorsiones que la transigían; pero también restauraron el lugar ocupado por la Humanidad de Cristo en el Nuevo Testamento y en la Iglesia Primitiva, ya que Él tomó nuestra naturaleza humana para poder ser nuestro Sacerdote, como Aquel que se pone de nuestro lado y es nuestro Abogado ante el juicio de Dios, y quien de una vez por todas ha hecho la expiación por nosotros con Su sacrificio en la cruz, y por tanto, como Aquel que eternamente intercede por nosotros como nuestro Mediador y Sumo Sacerdote.

La Iglesia sobre la tierra vive y actúa sólo como es dirigida por su Señor celestial, y sólo de tal manera que el ministerio de Él se refleja en el centro del ministerio y adoración hechos por ella. Por tanto, de principio a fin la adoración y el ministerio de la iglesia sobre la tierra deben ser gobernados por el hecho de que Cristo mismo toma nuestro lugar, y que nuestra humanidad con sus propios actos de adoración, es desplazada por los de Él, por lo que aparecemos ante Dios no en nuestro propio nombre, no en nuestra propia significancia, no en virtud de nuestros propios actos de confesión, contrición, adoración y agradecimiento, sino solamente en el nombre de Cristo y solamente en virtud de lo que Él ha hecho en nombre nuestro, a favor nuestro y en lugar nuestro.

La justificación sólo por Cristo significa que de principio a fin en la adoración a Dios y en el ministerio del evangelio, Cristo mismo es central, y que nos acercamos en adoración y servicio sólo al permitir que Él tome nuestro lugar. Sólo Él es Sacerdote. Sólo Él representa a la humanidad. Sólo Él tiene una ofrenda con la cual aparecer ante Dios y con la cual Dios se complace. Sólo Él presenta nuestras oraciones ante Dios, y sólo Él es nuestra alabanza, agradecimiento y adoración cuando aparecemos ante la faz del Padre. No traemos nada en nuestras manos—sólo a Su cruz nos aferramos.

Pero, ¿qué ha pasado en la adoración y el ministerio protestantes? ¿No es el caso tan frecuente de que toda la vida y adoración de la congregación gira en torno a la personalidad del ministro? Él es el que está en el centro, él ofrece las oraciones de la congregación; él es el que media la "verdad" mediante su personalidad, y él es el que media entre el pueblo y Dios mediante la conducción de la adoración enteramente por su propia cuenta.

En ningún otro lugar esto es más visible que en el caso del ministro popular en donde todo se centra en él, y toda la vida de la congregación está edificada alrededor de él. ¿Qué es eso sino un sistema sacerdotal protestante, un sistema sacerdotal que envuelve el desplazamiento de la Humanidad de Cristo por la humanidad del ministro, y el oscurecimiento de la Persona de Cristo por la personalidad del ministro?

Que extraordinario que el Protestantismo debiera así desarrollar un nuevo sistema sacerdotal, con seguridad un sistema sacerdotal psicológico en vez de uno sacramental, pero sin embargo, un sistema sacerdotal, en el cual ¡es la personalidad del ministro la que media la Palabra de Dios al hombre y la que media la adoración del hombre a Dios!

Las iglesias protestantes están llenas de estos "sacerdotes psicológicos" y más y más ellos desarrollan una secta psicológica y una forma de consejería psicológica que desplaza al verdadero ministerio pastoral de Cristo. Por ejemplo, con que frecuencia las oraciones del ministro están tan saturadas con su propia personalidad (¡con todas sus aburridas idiosincrasias!) que el adorador no puede pasar más allá de él para poder adorar a Dios en el nombre de Cristo-¡sino que es forzado a adorar a Dios en el nombre del ministro!

Con que frecuencia el sermón no es una exposición de la Palabra de Dios ¡sino la exposición de los propios puntos de vista del ministro sobre éste u otro tema! Y con que frecuencia la vida total de la congregación está tan edificada sobre la personalidad del ministro que cuando él se va ¡la congregación no hace otra cosa sino colapsarse o disminuir!

No puede haber duda de que todo el concepto de ministerio y adoración en nuestras Iglesias Reformadas necesita ser traído de vuelta a la crítica de la Palabra de Dios, para que podamos aprender otra vez el significado de la justificación sólo por Cristo en el centro de la vida y obra de la iglesia.

A Jesucristo se le debe dar Su lugar legítimo y ser puesto justo en el centro, como Cabeza y Señor de la Iglesia, como su único Profeta, Sacerdote y Rey, y eso significa que Él debe estar en el centro de nuestra predicación, en la noción básica del oficio ministerial, en el modo fundamental de la adoración y en la vida total de la congregación como el Cuerpo de Cristo único.

 

El artículo "Las consecuencias radicales de la justificación" es la Parte III del artículo más largo escrito por Thomas F. Torrance: "Justificación: Su Naturaleza y Lugar Radicales en la Doctrina y la Vida Reformada" publicado por The Scottish Journal of Theology (1960), Vol. 13, No. 3, págs. 225-246. La Parte III se encuentra en las págs. 237-246.

Reimpreso aquí con el permiso de Scottish Journal of Theology Limited.

 

Thomas F. Torrance nació en Chengdu, China, en 1913 a una pareja de misioneros. Fue profesor de Dogmática Cristiana ("Teología Sistemática") en la Universidad de Edinburgh durante casi 30 años hasta su jubilación en 1979.

De 1976-1977 fue Moderador de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia.

En toda una vida de obras eruditas él publicó más de 650 artículos, monografías y libros, incluyendo Reino e Iglesia (1956), La Escuela de la Fe (1959), Ciencia Teológica (1969), Dios y Racionalidad (1971), Teología en Reconciliación (1975), La Fe Trinitaria (1988) y La Doctrina Cristiana de Dios (1996).  En 1978 recibió el Premio Templeton por Progreso en Religión.

 

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