La Navidad y el comercialismo

  

as tarjetas de Navidad en general y toda la ola de comercialismo asociada con la Navidad es una abominación a la cual le tengo una manía; quisiera que se desaparecieran del festival cristiano. No digo que las fiestas seglares sean, en su propio nivel, malas; pero la forzada y organizada jovialidad de ésta – la espuria ingenuidad – los intentos poco entusiastas y a veces bastantes profanos de mantener alguna relación superficial con el nacimiento – son repugnantes.

Tres cosas llevan el nombre de Navidad. Una es un festival religioso. Esto es importante y obligatorio para los cristianos; pero como no puede ser de interés para nadie más, naturalmente no diré más al respecto. La segunda (tiene relaciones históricas y complejas con la primera, pero no es necesario entrar en ellas) es una fiesta popular, una ocasión para la diversión y hospitalidad. Si me incumbiera tener "un punto de vista" sobre esto, diría que estoy muy de acuerdo con lo de la diversión. Pero con lo que estoy más de acuerdo aun es que nadie se meta en los asuntos de otros. No veo ninguna razón por la cual yo debo ofrecer mis opiniones acerca de como otras personas deben gastar su dinero en sus tiempos de vacaciones y entre sus propios amigos. Es muy probable que ellos quieran mis consejos sobre estos asuntos tanto como yo los de ellos. Pero la tercera cosa llamada Navidad desafortunadamente es el asunto de todos.

Me refiero claro está al alboroto comercial. El intercambio de regalos fue un pequeño ingrediente en la antigua fiesta inglesa. El Sr. Pickwick llevó un bacalao con él a Dingley Dell; el reformado Scrooge pidió un pavo para su empleado; los amantes se enviaban regalos de amor; y a los niños les daban juguetes y fruta. Pero la idea de que no sólo todos los amigos sino también todos los conocidos se deben dar regalos, o por lo menos enviarse tarjetas, es muy moderna y se nos ha impuesto por los comerciantes. Ninguna de estas circunstancias es en sí misma una razón para condenarla. La condeno por las siguientes razones.

Considerándolo todo produce más dolor que placer. Sólo necesita quedarse con una familia que seriamente trata de "observarla" (en su tercer aspecto: el comercial) para ver que la cosa es una pesadilla. Mucho antes del 25 de diciembre todos están agotados – físicamente agotados por las semanas de esfuerzo diario en los almacenes atestados de gente, mentalmente agotados por el esfuerzo de recordar a todos los destinatarios correctos y de pensar en regalos idóneos para ellos. No están en buen estado para la diversión; mucho menos (si es que quieren) para participar en una celebración religiosa. Se ven mucho más como si hubiera habido una larga enfermedad en la casa.

Mucho de esto es involuntario. La regla moderna es que cualquiera puede forzarlo a darle un regalo al enviarle un regalo por su propia cuenta que no fue en nada provocado. Es casi como un chantaje. ¿Quién no ha escuchado el llanto de desesperación, y realmente de resentimiento, cuando, al último momento, cuando ya todos esperaban que la molestia se había acabado por un año más, el regalo no deseado de la Sra. Ocupada (a quien a duras penas recordamos) se aparece en nuestro buzón, y de regreso a los espantosos almacenes tiene que volver uno de nosotros?

Se dan cosas como regalos que ningún mortal nunca compró para sí mismo porque nadie antes fue suficientemente tonto para hacer algo así. ¿En realidad no tenemos mejor uso para los materiales, la destreza humana y el tiempo que gastarlos en tonterías?

La molestia. Porque después de todo, durante el alboroto todavía tenemos que hacer nuestras ordinarias y necesarias compras, y el alboroto triplica la faena.

Se nos dice que todo este aburrido negocio debe continuar porque es bueno para el comercio. Es de hecho únicamente un síntoma anual de esa condición lunática de nuestro país, y por cierto del mundo, en el cual todos viven, al persuadir a todos a comprar cosas. Pero ¿puede en realidad ser mí deber comprar y recibir cantidades de porquerías cada temporada navideña sólo para ayudar a los comerciantes? En el peor de los casos preferiría darles dinero por nada y considerarlo como caridad. ¿Por nada? ¡Vamos!, mejor por nada que por una molestia.

por C.S. Lewis (1898-1963). Aclamado como uno de los más grandes pensadores cristianos del siglo XX.

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