¿Necesita usted la Navidad?

 

ecesita usted la Navidad? Note que no le pregunté: ¿Le gusta a usted la Navidad? Ni tampoco le pregunté: ¿Ya está listo para la Navidad? Lo que le pregunté es: ¿Necesita usted la Navidad? Yo creo que sí. Yo creo que usted necesita la Navidad para mirar, entender y apreciar lo que significa ser humano.

         Pero por favor entienda que cuando digo “Navidad”, no estoy hablando de la versión pagana de la Navidad.

         Casi todos se quejan de que los centros comerciales ponen sus adornos navideños en octubre. Es una queja común que hay mucho estrés en el tiempo navideño, muchos regalos que cuestan muchos dólares. Pero no es de eso que quiero hablarle.

         Lo que a mí me molesta es la trivialización de la Navidad. Por ejemplo: la música. Innegablemente, la música más hermosa pertenece a esta época del año. Ninguna otra colección de palabras y melodías se iguala a las canciones navideñas. Pero cuando usted las escucha en todos los equipos de sonido de todas las tiendas, en la oficina y en la radio, pierden su belleza. Se reducen a lo común y lo trivial.

         Nuestra necesidad de la Navidad no tiene casi nada que ver con la versión trivializada de la temporada. Tiene que ver con una sencilla historia de hace dos milenios. En esa historia aprendemos algo esencial sobre el cristianismo. Aprendemos que el cristianismo no es una filosofía de la vida o un código de leyes, ni tampoco una revelación espiritual mística. En la Navidad vemos que el cristianismo descansa en una persona.

         El cristianismo hace la aseveración sorprendente de que Dios viene a nosotros en la persona de Jesús; él viene respirando, comiendo, hablando, tocando. Dios nos encuentra cara a cara, persona a persona. La palabra teológica para esto es encarnación. La mejor palabra para esto es amor.

         En la historia de la Navidad hay ángeles que se aparecen a María y a José, hay coros celestiales y una estrella misteriosa. Pero todo eso es sólo los adornos agregados para crear un efecto poético. La esencia de todo es un bebé, un niño de carne y hueso que nace como todos los otros niños, con la mamá respirando profundo mientras empuja al infante al mundo, su húmeda llegada es acompañada por gritos que pueden dañar sus oídos y derretir su corazón.

         Cuando usted se detiene a pensar en esto, no hay forma en que alguien se hubiera imaginado que Dios vendría a la tierra de este modo, a pesar de lo que habían dicho los profetas hebreos. Miqueas predijo que Belén, una pequeña villa, sería el lugar de nacimiento del Rey de Israel. Pero nadie le prestó mucha atención a lo que había dicho Miqueas. Y alguien que hubiera entrado en el establo esa noche y visto al niño en el lugar en que comía el ganado, no habría imaginado que este era el Salvador del mundo. No hubo nada espectacular en el nacimiento del hijo de María. Pero sí hubo algo intensamente humano.

         Y eso es lo importante. Porque en su nacimiento, el Dios inefable, el que abarca las galaxias que nosotros aún no hemos comenzado a medir, este Dios Todopoderoso entró voluntariamente en una relación íntima con la humanidad. Y así este evento es al mismo tiempo increíble y nuestra única esperanza.

         Es increíble porque ¿cómo podemos imaginar que el divino se convierta en humano? Es nuestra única esperanza porque sin ello, cada uno de nosotros pasa rápidamente a la sepultura, una simple mota insignificante de un espacio y tiempo infinitos.

         La Navidad es sobre relaciones: Dios alcanzándonos a nosotros, nosotros alcanzando a otros. Enviamos tarjetas navideñas por millones para estar unidos con aquellos cuyas historias se han entrelazado con la nuestra. Y entre las líneas bellamente impresas hay preguntas no escritas: ¿Todavía me recuerdas? ¿Todavía estás allí? ¿Todavía eres mi amigo? ¿Todavía te importo? La Navidad es sobre relaciones.

Entrar en una relación con alguien es hacerse vulnerable, y Dios tomó ese riesgo también. El niño en Belén creció para caminar el camino de la obediencia hasta llegar a la muerte de un criminal. Por eso es que en la historia de la Navidad, la parpadeante linterna que alumbra el oscuro establo en Belén forma sombras que tienen la imagen de una cruz.

         Para que la Navidad verdaderamente nos toque, debemos entrar completamente en el gozo y el dolor de la condición humana, una condición en la que Dios entró completa y libremente.

         En la Navidad vemos y sentimos la relación entre lo divino y lo humano como en ninguna otra época del año. Y a pesar de lo comercial de la fiesta, a pesar de los esfuerzos de muchos para llevar la Navidad a la trivialidad, hay algo que hace que aún el cínico más endurecido entre nosotros haga una pausa por un momento.

         El mensaje está allí: Dios viene a un mundo como este, viene para estar con nosotros, reír con nosotros y sufrir con nosotros. Si, aún a sufrir con nosotros, si el dolor es de hambre, para llenar los estómagos vacíos de esperanza.

         Porque esa es la verdad de la fe cristiana, como es la verdad de la Navidad, amor. Es tan sentimental y fuerte como es el mensaje de la redención y esperanza que el mundo haya conocido.

         Por eso es que yo todavía necesito la Navidad, y también usted, y este mundo agitado.

Por Kenneth Gibble,
pastor y escritor que
reside en Pennsylvania.

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