¿Te ha sucedido a ti? ¿Por qué es tan difícil decir no?
Drogas,
relaciones sexuales, tabaco, alcohol, trampas... Parece que todo el mundo lo
hace.
Allá en el fondo, sabes que no deberías participar con ellos. Pero es difícil no hacerlo. A veces acabas por ceder.
¿Por qué?
Pensemos un poco.
Tal vez te sorprenda saber que no eres la única persona con tentaciones. Todos las tenemos. Todos sentimos el deseo de hacer cosas indebidas. Y esto es por una razón, que veremos ahora.
La experiencia de Eva
¿Cuál es la tentación más conocida de la historia? Si respondiste que la tentación de Eva, estás en lo cierto. Eva fue la primera persona que se dejó tentar. Aquel incidente, aunque no lo creas, revela por qué te resulta tan difícil a ti decir que no. Veamos qué sucedió.
Al comienzo del tercer capítulo del libro de Génesis, Eva se encuentra cerca de un árbol muy curioso en medio de un jardín precioso. Ella y su esposo Adán tienen permiso de comer del fruto de todos los árboles del jardín… excepto éste. El fruto de este árbol es prohibido. No les conviene. No deben comerlo, y tanto Adán como Eva lo saben muy bien.
Ahora, nota lo primero que podemos aprender aquí. No sabemos dónde está Adán en este momento. Pero, ¿qué hace Eva merodeando alrededor del árbol prohibido? Sabe que no debe comer su fruto. ¿Por qué se queda allí mirando la tentación? ¿Por qué se presta a la tentación?
Hay muchos otros árboles en el jardín que también dan sombra. ¿Por qué insiste en quedarse cerca de algo que le puede traer problemas? ¿Por qué no “pone pies en polvorosa”?
Si tú tienes un problema con drogas, ¿por qué te quedas allí cerca de la tentación? O si tienes problemas con el alcohol o con cualquier otra cosa, ¿por qué permaneces por ahí donde sabes que está la tentación de hacer algo indebido? Ya sabes que vas a ceder. No puedes acercarte a la tentación y pretender que no te quemas.
“¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?” (Proverbios 6:27-28). No, no puede. Y tú tampoco. ¡Aléjate de la tentación! ¡Huye! No es cobardía. Es inteligencia.
Esto es lo que Eva debió haber hecho. Pero no lo hizo. Se quedó allí mirando y terminó por comerse el fruto prohibido.
Tres enemigos
¡Pobre Eva! No podía contra tantos. Estaba combatiendo a tres enemigos al mismo tiempo… como te sucede a ti.
El primer enemigo de Eva era su propio ser y los deseos de su cuerpo. Mirando el fruto del árbol, le pareció muy interesante. Le despertó la curiosidad. ¿A qué sabría? Al morderlo, ¿sería blando o duro? ¿Qué sensación produciría? ¿Sería agradable?
Cuanto más le daba vueltas al asunto, más se debilitaba su fuerza de voluntad. Ya era inca paz de decir no. Cometió el error de imaginarse cómo sería comerse el fruto. Debió haber pensado en cualquier otra cosa… ¡y alejarse de allí!
El segundo enemigo de Eva era la presión de los demás. No había ningún otro ser humano allí, pero sí había alguien: una serpiente que habla. Si tú miraras una serpiente y ésta comenzara a hablar, con seguridad te asombrarías. Pero Eva no sintió ningún asombro. ¿Sabes por qué?
A Eva la habían creado hacía escasos días. Todo para ella era nuevo y asombroso: el sol que salía y desaparecía, el aroma de las flores, el trino de las aves, los sonidos de diversos animales. Así, pues, ¿una serpiente que habla? ¿Por qué no?
De manera que Eva se encontró con un ser capaz de conversar: un ser inteligente. Y este ser la estaba tentando, instándola a hacer algo indebido. Era difícil resistir sus argumentos. “Anda, no te va a hacer daño. Será una gran experiencia, algo nuevo para ti. Si no lo haces, te perderás de algo bueno”.
¿Has sentido alguna vez que tus compañeros te presionan así? Eva quería quedar bien con el individuo que le hablaba. Al fin y al cabo, si se negaba a hacer lo que él decía, ¿no quedaría como una boba? Su orgullo no lo podía permitir.
Y cedió ante la presión.
Su “no” se convirtió en “sí”.
El tercer enemigo de Eva era un espíritu invisible pero maligno que deseaba hacerla sufrir y destruirla. La serpiente que Eva escuchó no hablaba en realidad. Las serpientes no hablan ni una palabra más que las cebras. Había un espíritu maligno y poderoso que hablaba por medio de la serpiente. Este espíritu era Satanás el diablo.
El mismo Satanás sigue actuando hoy. Algunos se burlan de esta afirmación diciendo que el diablo es una simple superstición. A él no le importa. El sabe que existe, y sigue adelante con su plan.
Satanás pretende destruir a toda la humanidad. Esa es su meta. En especial, quiere destruir a los jóvenes como tú porque ustedes son el futuro de la humanidad. Hoy, Satanás no habla por medio de una serpiente. No tiene necesidad. Hay maneras más eficaces de influir en la gente, maneras que no existían en tiempos de Adán y Eva.
Hoy puede valerse de la radio, la televisión, la internet, los discos y las grabaciones, así como del cine, las novelas y las revistas… todos estos inventos relativamente recientes que influyen en las ideas de la gente distorsionando los conceptos de lo divertido y lo emocionante. Su influencia recorre el mundo.
Tus amigos y compañeros que te presionan para que hagas lo indebido no se dan cuenta de que ellos están haciendo exactamente lo que su enemigo Satanás quiere que hagan. Lo mismo que Eva.
¡No caigas en esta trampa!
¿Qué puedes hacer?
Si tú cedes ante la presión de los demás, ¿quién será el más perjudicado? ¿Tus enemigos? No. ¡Tú mismo! No sacrifiques tu propio bien sólo por darles gusto.
Cuando los demás te presionan, un simple “no, eso no va con migo” debe ser suficiente. Si siguen insistiendo, ten lista una respuesta que ellos entiendan.
Tendrás que usar diplomacia para no ofenderlos. Pero viendo las cosas claramente, tu carácter y el hecho de insistir en lo correcto son cosas que bien valen la pena y el esfuerzo.
Si a una chica le ofrecen drogas, puede responder: “Ni lo piensen; no voy a correr el riesgo de tener un niño deforme más tarde”. ¿Qué te pueden decir ante eso?
O un muchacho puede responder: “Este es el único cuerpo y el único cerebro que tengo en esta vida. No voy a dañarlos por estar tomando drogas”. Las mismas respuestas son válidas para el tabaco y el alcohol.
Seguramente alguien te dirá: “Un poquito no te hará daño”. Tu respuesta podría ser: “Eso no se sabe. Las estadísticas indican lo contrario. Tú mismo tendrás que probarme que no me hará daño”.
Cuando otros quieran tentarte con drogas ó alcohol o con cualquier otra cosa nociva, no necesitas comprobar que te hará daño. Oblígalos a ellos a comprobar que no te hará daño.
Si es un asunto de honradez, por ejemplo si te incitan a hacer una trampa, diles: “No, yo tengo mi conciencia”, o: “Creo que algún día tendré que responder por lo que hago en esta vida”.
Si se trata de una relación sexual, cierta lectora nos contó cuál fue su respuesta: “Si realmente me amaras, no insistirías”. Puedes buscar tus propias palabras para comunicar el mensaje: “No voy a arriesgar la felicidad de mi matrimonio por unos instantes de emociones baratas”.
Los otros dos enemigos que tienes: los deseos de tu propia mente y tu cuerpo, que muchas veces están errados, y la influencia de Satanás, pueden ser más difíciles de vencer. Pero tú puedes hacerlo.
Primero que todo, aléjate de la tentación, como dijimos antes. No te acerques. Vete a otra parte. Llena tu mente y tu vida de cosas buenas, de cosas interesantes y que valgan la pena, de pasatiempos constructivos, de proyectos que sean útiles para ti y para otros.
Segundo, recuerda que Dios permite- que todos los, humanos tengamos tentaciones. El permite que las tentaciones lleguen a ti. ¿Por qué? Por una razón muy importante: Para que resistiendo la tentación, te hagas fuerte.
Dios quiere que te superes. Quiere que salgas triunfante y que te mantengas erguido y firme contra todo lo que sea malo o nocivo. Es cuestión de carácter y de principios.
Acostúmbrate a resistir las tentaciones. Conviértelo en un hábito. Nunca te arrepentirás. Los que obren así, serán recompensa dos en esta vida y en la próxima.
Por último, pídele a Dios que te ayude a resistir la tentación. Él promete que lo hará, si eres sincero. Por eso dice: “Yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré” (Isaías 41:10).
Pídele a Dios esa ayuda. Entonces, cuando trates de decir “no”, ¡saldrá “no”!