¿Y si Dios fuera
uno de nosotros?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Q

uizás usted piense que hay dos Dioses, uno severo y castigador y otro amable y perdonador. (Vea el recuadro “¿Padre… y/o Hijo?”).

No hace mucho que escuché una canción que hace una muy buena pregunta acerca de Dios. No es una canción cristiana, pero sí estuvo entre las mejores canciones:

Si Dios tiene un rostro
¿Cómo sería?
Y quisieras tu verlo
si verlo significa que
tienes que creer
en cosas como el cielo
y en Jesús y en los santos
y en todos los profetas.
Si, si, Dios es grande.
Si, si, Dios es bueno…
¿y si Dios fuera uno de nosotros?

Joan Osborne /"One of Us"/

         Varias veces durante la canción “One of Us”, se escucha el refrán: “Y si Dios fuera uno de nosotros”. La buena noticia es que Dios fue uno de nosotros. Él vino para ser uno de nosotros. En Jesús, él se convirtió en carne, siendo humano al mismo tiempo que permaneció siendo Dios.

Un Dios-hombre

         Completamente humano, completamente Dios. En Jesús, Dios se convirtió en un Dios-hombre. Tenía cuerpo, rostro y manos. Ese cuerpo resucitó y todavía tiene aquellas manos, manos que llevan las marcas de los clavos que las atravesaron, clavándolo en la cruz. Dios se convirtió en uno de nosotros, para salvarnos y recatarnos.

         La buena noticia es que Jesús salva. Aunque usted no crea que necesite ser salvo ahora, usted necesita saber más sobre Dios.

         Uno de los primeros cristianos lo puso de esta forma: “Así amó Dios tanto al mundo: Dio a su Hijo, su único hijo. Y para esto: para que nadie sea destruido, al creer en él, todos pueden tener una vida plena y duradera. Dios no envió a su Hijo sólo para acusarnos, diciendo al mundo cuan malo era. Él vino a ayudar, a poner al mundo en el buen camino de nuevo”. (Juan 3:16, El Mensaje: El Nuevo Testamento en lenguaje contemporaneo, por Eugene H. Peterson).

         Así que Dios fue uno de nosotros. ¿Qué significa esto para usted y para mí? ¿Quién fue él? ¿Por qué nació? ¿Quién es él?

¿Quién fue él?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto.

Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados."

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: "La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel" (que significa "Dios con nosotros")”. (Mateo 1:18-23).

Él vino para ser uno de nosotros, y comenzó donde todos comenzamos: el nacimiento. Vino a un pesebre. Comenzó poniendo a un lado su gloria voluntariamente, como un bebé nacido en circunstancias humildes. No nació en un lugar donde nosotros esperaríamos que naciera Dios. No en un castillo o una mansión. No había sirvientes a su alrededor, ayudando a José y María. Era sólo una pequeña y sencilla familia. Mamá, papá he Hijo.

Bien, quizá no tan sencilla. El Hijo era el Hijo de Dios. Dios estaba agregando las limitaciones del tiempo y del espacio a su divinidad en la persona del niño Jesús. Viniendo a nuestro mundo. Viniendo a ser uno de nosotros para salvarnos.

A pesar de esta única e histórica naturaleza del nacimiento de Jesús, ninguna celebración de gala terrenal acompañó a María mientras daba a luz en un lugar humilde.

Entrando al tiempo y espacio

         Es difícil para nosotros imaginarlo. El Dios Omnipotente vino a ser parte del tiempo y el espacio. Se convirtió en un embrión en el vientre de María. De alguna manera misteriosa, el Dios que pide a los humano que lo adoraren como un solo Dios, comenzó a depender de la nutrición de una joven mujer para sostener su vida humana.

         Varias décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, Pablo escribió en un pasaje que pudo haber sido un himno que los primeros cristianos cantaban: “Quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Filipenses 2:6-8).

         La humildad es el camino que Dios escogió. Jesús, el Hijo de Dios, no sólo nació en circunstancias humildes, fue concebido en una mujer que todavía no estaba casada. No fue que María y José hubieran hecho algo malo. Pero todos podemos imaginar fácilmente el estigma que María, José y Jesús llevaron. Temprano en su vida, nuestro Salvador, el Dios-hombre, comenzó a sufrir mofas y burlas de otros que se sentían superiores por razón de su nacimiento.

         ¡Qué ironía! Habiendo nacido libre de la pecaminosidad humana, perfecto y sin mancha, el Cordero de Dios fue visto por los humanos pecadores y corruptos, como ilegítimo e inferior.

         La ironía de este nacimiento humilde solo es sobrepasada por la humildad expresada en la cruz. Para los seres humanos, la cruz era una señal de debilidad. Para Dios, la cruz fue la señal de la victoria final y completa.

         En “El Jesús que nunca conocí”, Philip Yancey dice: “¿Cuantas veces María recordó las palabras del ángel cuando sentía al Hijo de Dios patear contra las paredes de su útero? ¿Cuántas veces pensó José que su encuentro con el ángel fue sólo un sueño, al perseverar en la vergüenza de vivir entre los vecinos que veían la forma cambiante del vientre de su prometida?...

         Nueve meses de difíciles explicaciones, el persistente olor a escándalo, parece que Dios arregló las circunstancias más humillantes posibles para su entrada, como para evitar cualquier oportunidad de favoritismo. Me impresiona que cuando el Hijo de Dios se convirtió en un ser humano, fue juzgado con reglas duras: los pueblos pequeños no tratan amablemente a los niños que nacen con paternidad cuestionable”.

¿Por qué nació Jesús?

         Jesús vino para permitirnos tener una relación íntima y personal con él y con el Padre. Debido a nuestra naturaleza pecaminosa y nuestro pecado personal, estamos separados de Dios. Nada podemos hacer que pueda perdonar nuestros pecados y sanar la brecha entre nosotros y Dios. Sólo Dios puede reparar nuestra condición pecaminosa. El Dios santo y sin pecado tuvo que ser uno de nosotros para salvarnos.

         Nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos. Una vida entera de hacer el bien no puede salvarnos. Las buenas obras, acciones y hechos no salvan. Nunca podemos calificar, “lograrlo” o ser suficientemente buenos. Sólo Jesús salva.

         Tuvo que ser Dios en la carne quien estaba en ese pesebre porque nadie más fue suficientemente bueno para pagar el precio por nuestro pecado. Si hubiera sido sólo un hombre con naturaleza pecaminosa, y aunque hubiera podido vivir una vida perfecta, su muerte habría pagado por una vida humana, no más. Debido a que él era Dios en la carne, su vida y muerte fue de tan valiosa, tan cara, tan digna.

         Nosotros podemos ser dignos de conocer a Dios sólo por medio de la sangre del Cordero de Dios. El libro de Apocalipsis nos recuerda: “Digno es el Cordero…” (Apocalipsis 5:12).

         Si usted cree en Jesús y lo que hizo por usted en la cruz, y si usted lo acepta como Señor y pone su confianza en él, usted puede ser conciliado con Dios. Dios lo hará digno por la obra perfecta de Cristo a su favor. Como dice Pablo: “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21).

Usted puede conocer el amor de Dios gracias a la vida y obra de Jesús. Usted puede ser un nuevo hombre o mujer. Usted puede ser regenerado. Usted puede ser convertido, salvo, nacer de nuevo y tener un nuevo comienzo gracias a la vida y muerte de nuestro Señor y Salvador.

Sufriendo por nosotros

         Los últimos momentos de la vida humana de Jesús nos posibilitan ver el amor incomparable de Dios. Para los humanos, la humildad y el sufrimiento voluntario de nuestro Señor parecen ser debilidad visto en la superficie. Pero el sufrimiento de nuestro Salvador es la mayor demostración del amor de Dios.

         La cruz es un puente entre la enorme distancia que hay entre Dios y los seres humanos. Al venir a la cruz de Cristo, usted puede tener una nueva vida en Cristo y dejar la vida que lleva hoy, tratando de llevar las cargas de su propia vida, tratando de expiar sus propios pecados, tratando de ser suficientemente bueno para calificar para la salvación. La cruz de Cristo es un puente entre la muerte del pecado y la vida eterna.

         Jesucristo nos libera de la esclavitud y la tiranía del pecado y sus consecuencias, y nos da nueva vida. ¡A través de su sufrimiento podemos cruzar de la muerte a la vida!

         Jesús nació para que usted pueda nacer de nuevo. Él nació para que usted pueda ser un hijo de Dios. Y nació para que usted pueda resucitar.

         Jesús nació para morir y resucitar de entre los muertos. Del pesebre a la cruz, de la cruz a la tumba y luego la tumba quedó vacía. Su resurrección nos da vida y esperanza. Nos imparte la nueva vida que podemos tener en él. Porque él resucitó, el Señor resucitado puede vivir su vida en nosotros. ¡Esa es buena noticia!

¿Quién es él?

         Hubo un día cuando Dios vino al mundo. No sabemos con certeza la fecha ni la época del año en que Dios vino al tiempo y el espacio en la persona de Jesús. Pero sabemos que vino. Si no vino, nada más importa. Nada.

         Algunos se preocupan tanto tratando de calcular la fecha del nacimiento de Jesús, que pierden de vista el significado de por qué vino. Pero después de todos los cálculos y explicaciones, el hecho permanece, él vino. La fecha exacta no es importante. (También hay una lección en esto para los que insisten en calcular una fecha exacta para su segunda venida).

         Algunos se preocupan porque hay mucho comercialismo en la época navideña. Y tienen razón. Pero los regalos, las luces y el comercio nunca podrán borrar el hecho de que él vino y la salvación que trajo.

         Jesús vino para hacer nuevas todas las cosas. Él lo cambió todo. El río del tiempo cambió el día de su nacimiento y comenzó a fluir en la dirección opuesta. Su nacimiento fue una división continental para los cristianos. En un lado, la historia fluye en una dirección; en el otro, en la dirección opuesta.

         Casi todo el mundo, creyentes y no creyentes, cuentan el tiempo como antes de Cristo (AC.) o después de Cristo (DC.). Los que no quieren reconocerlo o ignorar su nacimiento, no deberían escribir una fecha de nuevo, ni consultar nunca el calendario. Cada vez que escribimos la fecha, nosotros, creyentes y no creyentes, damos testimonio de que Dios fue uno de nosotros.

La verdadera pregunta

         Muchos preguntan: ¿Quién fue Jesús?, pero la verdadera pregunta es: ¿Quién es Jesús? Jesús fue, pero más importante, es. Nunca dejó de ser Dios, ni en el pesebre, ni en la cruz, ni en la tumba, ni en la resurrección. Vino para transformar a todos los que creyeran en su nombre. Él fue Dios con nosotros, y él es Dios con nosotros.

         Ya no está con nosotros como ser humano. Vive en los cristianos, y está en el cielo, esperando y anticipando su segunda venida. Como canta el grupo cristiano Glad en “A primera luz”: “Escuchen los ángeles cantar en la mañana de su nacimiento/ pero mayor será la canción/ cuando venga de nuevo, ¡cuando venga de nuevo! (Glad/ proyecto a capela).

         Jesús vino a un pesebre para poder ir a la cruz. Fue uno de nosotros. Vino a hacer nuevas todas las cosas. Cambió al mundo para siempre, y puede cambiarnos a usted y a mí. Jesús ya no es un bebé. Pero los sabios todavía lo buscan.

– Greg Albrecht

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