Dando un buen ejemplo
Un estudio de 1 Pedro 3

Por Michael Morrison
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n el capítulo 2, Pedro aconsejó a sus lectores que tuvieran una conducta tan buena que así los incrédulos no tendrán nada malo que decir acerca del evangelio. Para dar un buen ejemplo, los cristianos deben someterse a las autoridades civiles y los esclavos deben someterse a sus amos. En ambos casos, Pedro usa términos que son apropiados para el primer siglo, tales como emperador y esclavos. Ahora, él continúa éste tema dirigiéndose a las esposas y los esposos.
Así
mismo, esposas, sométanse a sus esposos, de modo que si algunos de ellos no
creen en la palabra, puedan ser ganados más por el comportamiento de ustedes que
por sus palabras, al observar su conducta íntegra y respetuosa (1 Pedro 3:1, 2).
Cuando Pedro dice “así mismo”, él quiere decir que las mujeres deben someterse así como los varones también deben someterse, cada quien a las autoridades apropiadas. Los ciudadanos se someten a los oficiales del gobierno, los esclavos a sus amos y las esposas a sus esposos. Sin embargo, esto no siempre quiere decir: obediencia. Si un esposo le dijera a su esposa que peque, ella no debe obedecer. Pedro está hablando en forma general, no poniendo una regla absoluta. El punto es que las mujeres deben dar un buen ejemplo. Cuando los esposos vean que el cristianismo hace que las esposas sean cooperadoras en vez de rebeldes, ellos estarán más dispuestos a escuchar el evangelio, y finalmente, seguirán a sus esposas hacia la fe.
El siguiente consejo de Pedro también se encuentra en escritos no cristianos: Que la belleza de ustedes no sea la externa, que consiste en adornos tales como peinados ostentosos, joyas de oro y vestidos lujosos. Que su belleza sea más bien la incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible (vv. 3, 4). Pedro no requiere a las mujeres que ellas usen ropas feas y tengan su cabello descuidado, ni que eviten las joyas. Más bien, él está diciendo que las mujeres no deben ver las cosas externas como su fuente de belleza. La belleza verdadera está en la actitud de la persona, porque “tiene mucho valor delante de Dios”. Pedro apoya éste punto con ejemplos bíblicos: Porque así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios, cada una sumisa a su esposo (v. 5). Ellas tenían una belleza interna ya sea que tuvieran o no belleza externa y joyas, como sin duda algunas de ellas sí las tenían. Tal es el caso de Sara, que obedecía a Abraham y lo llamaba su señor (v. 6; vea Gén. 18:12). Abraham algunas veces obedeció a Sara (Gén. 16:2; 21:12), pero Pedro se está enfocando aquí en Sara como un ejemplo para las mujeres. Pedro le dice a las mujeres: Ustedes son hijas de ella si hacen el bien y viven sin ningún temor (1 Pedro 3:6). Si los esposos demandan que las esposas adoren a Zeus, las esposas deben hacer lo que es correcto, y no vivir en temor.
Consejo a los esposos
Pedro otorga menos espacio a la responsabilidad de los esposos, pero lo que él dice es un consejo inusual para esa cultura: De igual manera, ustedes esposos, sean comprensivos en su vida conyugal (v. 7). ¿De igual manera en qué? En el contexto, es en la sumisión.
Pedro anima a los esposos a tratar a sus esposas con respeto ya que como mujeres son más delicadas. En esa sociedad, las mujeres casi siempre eran más débiles. Los hombres con frecuencia tenían 15 años de edad más que sus esposas, más educación y más experiencia. Las mujeres con frecuencia se casaban en sus primeros años de adolescencia, dejaban la escuela y se quedaban en casa.
Aunque los hombres en esa cultura greco-romana raramente trataban a las mujeres con respeto, Pedro dice a los esposos que respeten a sus esposas, que no sean mandones. ¿Por qué? Porque ellas son iguales en cuanto a la salvación—ambos son herederos del grato don de la vida. El valor de ellas ante Dios debe marcar una diferencia en la actitud que los esposos tengan hacia ellas. Pedro añade otra razón por la cual los esposos deben respetar a sus esposas: así nada estorbará las oraciones de ustedes (v. 7). La forma en que tratamos a los demás afecta nuestras oraciones.
Cómo responder al mal
En el verso 8, Pedro hace una apelación general a todos los creyentes: En fin, vivan en armonía unos con otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición (vv. 8, 9).
Si alguien nos trata mal, debemos responder haciendo el bien, no vengarnos. Dios nos puso el ejemplo al hacernos un bien aunque nosotros habíamos hecho un mal contra Él. Pedro apoya éste consejo citando el Salmo 34:12-16: el que quiera amar la vida y gozar de días felices, que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños; que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga (1 Pedro 3:10, 11).
Pedro ya ha señalado que Jesús no se vengó con amenazas contra sus perseguidores (2:22, 23); aquí él repite la necesidad de que nosotros mantengamos nuestras palabras y nuestras acciones bajo control. Pedro pregunta: ¿quién les va a hacer daño si se esfuerzan por hacer el bien? (3:13). Desafortunadamente, algunas personas persiguen a aquellos que hacen el bien, por lo que Pedro añade: ¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! (v. 14). La persecución misma no es una bendición, pero Dios recompensa a aquellos que sufren injustamente.
Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes (v. 15). Éste verso—a menudo citado en el entrenamiento para evangelismo—está en el contexto de cómo responder ante la persecución. Cuando seamos perseguidos, no debemos avergonzarnos de nuestra fe, sino estar listos para explicarla. La palabra griega para “responder” es apología, la palabra usada para defenderse en una corte legal.
Aunque podamos ser tratados rudamente, debemos responder sin enojo: Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias (vv. 15, 16). Pedro no quiere que los cristianos den al enemigo excusa alguna para su odio. Una respuesta amable puede reducir el enojo de los enemigos, mostrándoles que el evangelio no es peligroso.
Pedro resume esto diciendo: Si es la voluntad de Dios, es preferible sufrir por hacer el bien que por hacer el mal (v. 17). Si Dios nos trae hasta el punto del sufrimiento por seguir a Cristo, entonces es mejor sufrir injustamente que darle a los perseguidores una evidencia contra nosotros.
El Ejemplo de Jesús
Pedro otra vez se vuelve a Jesús como el ejemplo supremo del sufrimiento sin venganza. Esto lleva a una digresión. Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios. El sufrió la muerte en su cuerpo, pero el Espíritu hizo que volviera a la vida (v. 18). Debemos estar dispuestos a sufrir por hacer el bien, porque Cristo sufrió por nosotros. Pedro nota que aunque personas dieron muerte al cuerpo de Jesús, ellas no pudieron matar el Espíritu (comp. con Mateo 10:28).
Pedro comenta acerca del arca de Noé: En ella sólo pocas personas, ocho en total, se salvaron mediante el agua, la cual simboliza el bautismo que ahora los salva también a ustedes (vv. 20b-21a). Las personas fueron salvadas por el arca, no por el agua. El agua del bautismo simboliza la muerte—nosotros simbólicamente entramos a la muerte y salimos de ella. El bautismo nos salva no por la limpieza del cuerpo sino por el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios (v. 21b). El bautismo simboliza la limpieza, pero sólo la limpieza espiritual nos salva, porque la salvación requiere que nuestros pecados sean perdonados.
Como tercera figura, Pedro dice que el bautismo nos salva por la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Cristo es el poder de la vida después de la muerte (vea 1 Pedro 1:3, 21). Somos salvados por medio de una unión espiritual con Cristo, y el bautismo simboliza que nos hemos unido a Él en Su crucifixión y resurrección (comp. con Rom. 6:3, 4). La resurrección no sólo trajo de vuelta a Jesús a la vida humana—le dio gran gloria. Porque Él es quien subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios, y a quien están sometidos los ángeles, las autoridades y los poderes (1 Pedro 3:22). Para los extranjeros y forasteros en el Asia Menor que estaban siendo agobiados por su fe en Cristo, es buena nueva saber que Él ha sido exaltado a la gloria, porque aquellos que lo siguen en el sufrimiento ¡también lo seguirán a la gloria!

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