La Iglesia de Dios Universal cree un Dios, aquel que se reveló a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en un Dios que se dio a conocer a sí mismo por medio de las páginas de la Santa Biblia y de la creación misma. Él es quien nos creó, nos ama y nos salvó mediante Jesucristo.
La Biblia nos relata que en el principio los seres humanos creados por Dios ejercieron su derecho a escoger. Y que ellos rechazaron el protagonismo de Dios en sus vidas, rechazaron su autoridad y amor. Este relato, llamado "la caída del hombre", se encuentra en Génesis 3.
El resultado fue enorme: ruptura de la relación entre la humanidad y Dios. Los humanos nos apartamos de su guía e inspiración. Nos convertimos en enemigos al resistir a nuestro Creador. Nuestra separación de Dios se reflejó en el complicado sistema de sacrificios, leyes y culto que se le dio al pueblo de Dios del antiguo pacto, la nación de Israel.
En el diseño del tabernáculo y el templo, y en los sacrificios y rituales, a los israelitas se les recordaba el abismo existente entre Dios y la humanidad. Al Lugar Santísimo en el tabernáculo, que simbolizaba la presencia de Dios en la tierra, se podía entrar solamente una vez al año, y solo podía hacerlo el sumo sacerdote, después de lavatorios y sacrificios especiales.
¡Qué contraste con el Nuevo Testamento! Esta parte de la Biblia insiste no solamente en el hecho de la vida, muerte y resurrección de Jesús, sino en la razón de su obra. Nosotros somos esa razón. El amor de Dios es la razón de que tomara la iniciativa para reconciliarnos con Él (Juan 3:16). Somos reconciliados por medio de Jesucristo; personas anteriormente hostiles a Dios se convierten en hijos suyos, sus adoradores y amigos.
Esa obra de reconciliación nos abre la posibilidad, aun en este tiempo, de vivir en la presencia de Dios y de que Él viva con nosotros. Y la promesa se extiende hasta el futuro eterno, como hijos glorificados de nuestro Padre celestial.
Ya no es necesario seguir separados de Dios. Tampoco es necesario que nos acerquemos a Él mediante esmerados sacrificios y rituales físicos. La relación de amor, diseñada para que los humanos nos relacionásemos con Dios, es restaurada por medio del sacrificio y la vida de Jesucristo, el Hijo de Dios. Esta es la relación que Él nos está llamando a compartir.
Esto es lo que creemos.
Pero creer en Jesucristo exige acción, exige una respuesta. Dios está llamando
a seres humanos a su reino. Está llamando gente para que crean en Él y
respondan a lo que Él dice. Del modo que Él nos amó, por amor a Cristo
estamos obligados a amar a los demás. Ciertamente, la señal del discipulado
que Jesús dio poco antes de su muerte fue que "se amaran unos a
otros" (Juan 13:34-35).
Este amor por otros es el resultado de nuestra docilidad ante la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas; es un reflejo de nuestra oración de que se haga su voluntad en la tierra. Le permitimos que nos cambie para que seamos más como Él. Cuando aceptamos el inapreciable don de la salvación, nos convertimos en discípulos de Jesucristo y aceptamos someternos a la voluntad de Dios, sin insistir en seguir haciendo la nuestra.
¿Nos hace eso perfectos? No. La realidad de nuestro llamamiento cristiano es que nacemos de nuevo espiritualmente, y Dios nos manda vivir en este mundo. Todavía tenemos que batallar con las tensiones y tentaciones de la vida física, pero lo hacemos con una nueva fuente de apoyo, orientación y fuerza.
Dios no cambia nuestras circunstancias; nos cambia a nosotros. Eso nos da la fuerza para vivir como cristianos, cualesquiera sean las circunstancias que enfrentemos. Ciertamente, algunos de los más inspiradores ejemplos de vida cristiana provienen de personas que viven en situaciones de privación, limitativas y opresivas. Ellos viven la realidad de la vida nueva ahora, y la esperanza segura del retorno de nuestro Salvador.
Jesús dijo que la obra de Dios era que creyésemos "en Aquel a quien él envió" (Juan 6:29). Cuando creemos en Él, creemos que es Señor y Salvador. Creemos lo que Él dijo. Sometemos nuestras vidas a Él. El discipulado implica arrepentimiento de nuestra pasada manera de vivir, aceptación del don de la vida eterna, rendición a la influencia del Espíritu Santo y vivir para la gloria de Dios. Eso es lo que Dios quiere de nosotros. Eso es lo que Dios nos ofrece. Este es el mensaje del evangelio: nuestros pecados son perdonados, y vivimos en la gracia de Dios. Estas son las buenas nuevas. Esta es la salvación.
Esta
es la vida eterna
Los
llamados a congregarse
Nuestra
misión: hacer discípulos
Nuestros
valores
De dónde
venimos; hacia dónde vamos
Acerca
de nuestro fundador
La
adoración en la Iglesia de Dios Universal
Un
vistazo más de cerca
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cree, ahora quiere congregarse
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