Los miembros de la Iglesia de Dios Universal son diferentes en edad, origen
social y cultura. Provenimos de diferentes partes del mundo. Tenemos miembros en
todos los continentes habitados de la tierra. Somos ricos y pobres, jóvenes y
viejos, hombres y mujeres.
No obstante nuestras diferencias, todos tenemos algo profundamente personal que
nos es común a todos. En última instancia, eso que compartimos tiene que ser
experimentado para que se entienda de veras. Una joven miembro de la Iglesia de
Dios Universal en Inglaterra, escribió lo siguiente:
Un ejemplo se destaca en mi mente. Hace dos años visité la isla de Sri Lanka.
El ambiente no podía diferenciarse más de aquel donde me crié, en Inglaterra.
Los recuerdos de mi niñez se desenvuelven en medio de colinas y árboles, días
grises de invierno y suaves primaveras. En Sri Lanka, había lagunas y
cocodrilos, palmeras, templos y plantaciones de té. El sol alumbraba todo el día
y la lluvia era un torrente desbocado. Social y culturalmente, era otro mundo.
A pesar de todas las diferencias, yo me sentaba a conversar con una mujer mayor,
en la ciudad de Colombo, quien era miembro de la iglesia y tenía un hijo minusválido.
Hablábamos estupendamente, no sobre lo diferentes que éramos sino sobre lo que
teníamos en común. No nos movía la curiosidad de comparar culturas. En
cambio, podíamos mirar las experiencias de la vida desde una perspectiva
parecida.
Una perspectiva compartida
La experiencia de esta joven miembro es común. Muchas personas comentan acerca
de esta perspectiva compartida sobre las cosas que más nos conciernen. Los
valores cristianos no dependen de la edad, el tiempo o el lugar, pues los
cristianos no permiten que estas barreras sean un obstáculo; los valores tienen
que ver con el espíritu.
Se ha dicho que los hermanos no siempre nacen bajo el mismo techo, dando a entender que aquellos que componen una verdadera familia no siempre tienen los mismos padres. Nuestro aprecio mutuo es de otro modo; es asunto del espíritu lo que valoramos más. Hay amigos que pueden estar más cercanos a nosotros que nuestros hermanos físicos.
Valoramos nuestro llamamiento
Cualquiera que sea nuestra edad, origen o posición en la vida, el don más
precioso que cada uno tiene es la relación con Dios. Basamos nuestras vidas en
nuestro vínculo con Él. Valoramos la Biblia, por ejemplo, porque creemos que a
través de estos escritos inspirados, Dios nos muestra quién es Él. No
quiere decir que podamos entenderlo completamente, sino que aprendemos a medida
que avanzamos. Aquí y allá podemos entrever a un Dios más grande de lo que
alguna vez podamos imaginar, que ya no podemos volver a ver al mundo del mismo
modo.
A medida que aprendemos acerca de Dios, aprendemos a valorar sus cualidades en nuestras vidas. Valoramos la compasión, porque vemos la compasión de Dios para nosotros. Valoramos el perdón, porque hemos sido perdonados. Valoramos la justicia, porque sabemos que, en el largo plazo, Dios es justo. Valoramos la paz, la variedad, la verdad y la libertad.
Cuando estas verdades se hacen más y más parte de nosotros, empiezan a definir lo que somos: la naturaleza de Cristo está formándose en nosotros (Gálatas 2:20; 4:19). Cuando mostramos amor unos por otros, el amor de Dios se perfecciona en nosotros (1 Juan 4:12).
Valoramos el sacrificio de Jesucristo
Dios envió a Jesús a la tierra a vivir, sufrir y morir en lugar nuestro. Jesús,
siendo completamente Dios y completamente humano al mismo tiempo, estuvo gustoso
de morir por nosotros. Juan 3:16 nos dice que lo hizo así para que pudiésemos
tener vida eterna. La sangre derramada de Cristo cubre nuestros pecados y nos
permite tener acceso al Padre. La gracia se nos da solamente mediante el
sacrificio de Jesucristo.
Ese sacrificio hecho en nuestro favor es un valor que la iglesia toma muy en serio y del que se siente agradecida. Conmemoramos el sacrificio de Cristo al observar la Cena del Señor, y cuando permitimos que Dios nos cambie para que seamos más como su Hijo. Con este sacrificio Él demostró su amor insondable.
Nos valoramos unos a otros
Dios creó y escogió a cada uno de sus hijos. Envió a su Hijo para que pudiésemos
vivir. Esto nos da la razón más poderosa para valorarnos unos a otros. Y
porque Dios ama a cada uno lo suficiente para darnos vida y redimir esa vida
para un propósito maravilloso, valoramos a todos los seres humanos.
Valoramos nuestro futuro
Por último pero no menos importante, valoramos el futuro. No solamente el
nuestro, pues la Iglesia de Dios Universal no es un club exclusivo. Dios ama a
toda la gente que creó. Ansiamos el tiempo en que el conocimiento de Dios
llenará toda la tierra como las aguas cubren el mar (Habacuc 2:14).
Nos aferramos a esta esperanza cuando vemos alrededor de nosotros tanto
sufrimiento. Sabemos que Dios puede estar, y de hecho está con nosotros cuando
sufrimos. Pero también sabemos que el sufrimiento no es un estado permanente.
Vendrá el tiempo cuando las lágrimas y la congoja desaparecerán de nuestro
maltratado planeta. Ni siquiera la muerte es el final de la historia.
Esta es una visión que ningún partido político puede prometer, y que ninguna organización humana puede nunca cumplir. Muchas personas han dado sus vidas por causas mucho menos gloriosas que esta que Dios ha prometido a su pueblo.
Así pues nuestros valores, los que realmente nos importan, están basados en nuestra fe en Jesucristo. Dios dio a su Hijo para que pudiésemos tener gracia. Nos dio la Biblia para que pudiésemos entender la verdad acerca de su Hijo. Y envió su Espíritu Santo para que pudiésemos ser santificados.
Somos gente común y corriente. Si usted está buscando gente perfecta, con
seguridad no la encontrará en nuestra iglesia. Cometemos errores. A veces somos
débiles y necios. Pero se nos ha dado el más grande don imaginable, y nuestras
vidas han cambiado para siempre.
Esta
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