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Creencias Cristianas Básicas

Capítulo 8

La Salvación

¡Rescate! La salvación es una operación de rescate. Para entender la salvación, necesitamos saber cuál era el problema, qué hizo Dios al respecto y cómo respondemos nosotros.

Cuando Dios hizo a los humanos, los hizo a su "imagen y semejanza", y pronunció su propia creación como algo "muy bueno" (Gn 1:26-27, 31). Los humanos fueron una creación maravillosa: hechos del polvo, pero vigorizados por el hálito de Dios (Gn 2:7).

La "imagen" de Dios probablemente incluye inteligencia, creatividad y poder sobre la creación. Incluye también la habilidad de tener relaciones y tomar decisiones morales. Somos en cierta manera como Dios mismo. Eso es porque Dios tiene algo especial planeado para nosotros: que seamos sus hijos.

Génesis nos dice que los primeros humanos hicieron algo que Dios les había advertido que no hicieran (Gn 3:1-13). Su desobediencia demostró que no confiaban en Dios, y era una violación de su confianza en ellos. Al ser incrédulos, quebrantaron su relación y no alcanzaron lo que Dios quería para ellos. Se estaban volviendo menos como Dios.

El resultado, dijo Dios, fue la lucha, el dolor y muerte (v. 16-19). Si no iban a seguir las instrucciones del Hacedor, iban a tener que hacer las cosas de la manera difícil.

Los humanos son nobles y groseros a la vez. Podemos tener altos ideales, y aun así ser barbáricos. Somos como Dios, y aun así somos impíos. No somos como debíamos ser. Aunque nos hemos hecho daño, Dios todavía nos considera hechos a su imagen (Gn 9:6). El potencial de ser como Dios todavía está allí para nosotros. Es por esto que nos quiere rescatar, salvar, restaurar la relación que tenía con nosotros.

Dios quiere darnos vida eterna, libre del dolor, en buenos términos con Dios y con los demás. Desea que nuestra inteligencia, creatividad y poder sean utilizados para el bien. Desea que seamos como Él es, que seamos aún mejores que los dos primeros seres humanos. Esta es la salvación.

El centro del plan

Necesitamos ser rescatados. Y Dios ha hecho esto; pero lo hizo de una manera que ningún humano hubiera esperado. El Hijo de Dios se hizo un humano, vivió una vida perfecta, y nosotros lo matamos.

Y esa, dice Dios, es la salvación que necesitamos. ¡Qué ironía! Somos salvados por una víctima. Nuestro Creador se hizo carne para poder absorber la pena del pecado por nosotros. Pero Dios lo resucitó, y a través de Jesús, promete resucitarnos a nosotros, también.

En la muerte y resurrección de Jesús, la muerte y salvación de la humanidad está representada y hecha posible. La muerte es lo que nuestras faltas merecen, y como nuestro Creador, Él pagó por todas nuestras faltas. Aunque no merecía la muerte, voluntariamente murió por nuestros pecados, por nosotros. (Para más detalles acerca de esto, vea el artículo "¿Por qué murió Jesús?" en El Noticiero, Noviembre 2001. Las ediciones anteriores puede encontrarlas en nuestra página en internet: www.wcg.org/espanol)

Jesucristo murió por nosotros, y fue resucitado por nosotros (Ro 4:25). Nuestro viejo yo murió con Él, y una persona nueva fue traída a la vida con Él (Ro 6:3-4). En un sacrificio, Jesús pagó la pena por los pecados "de todo el mundo" (1 Juan 2:2). El pago ya ha sido hecho; la pregunta ahora es: ¿cómo vamos a recibir los beneficios?. Participamos en el plan a través del arrepentimiento y la fe.

El arrepentimiento

Jesús vino a llamar a la gente al arrepentimiento (Lucas 5:32). Pedro le dijo a la gente que se arrepintieran y volvieran a Dios para el perdón (Hechos 2:38; 3:19). Pablo dijo que la gente debe "convertirse a Dios" y "creer en nuestro Señor Jesús" (Hechos 20:21).

El arrepentimiento significa dejar el pecado y volver a Dios. Pablo le dijo a los atenienses que Dios pasó por alto la idolatría cometida en ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan" (Hechos 17:30). Ellos debían ponerle fin a su idolatría.

Pablo estaba preocupado de que algunos de los cristianos corintios quizás no se iban a arrepentir de sus pecados sexuales (2Co 12:21). Para estas personas, el arrepentimiento significaría una voluntad de ponerle fin a su inmoralidad. Pablo predicó que las personas debían demostrar "su arrepentimiento con sus buenas obras" (Hechos 26:20). Cambiamos nuestra actitud y nuestro comportamiento.

Una de nuestras doctrinas fundamentales es el arrepentimiento de obras que conducen a la muerte" (Heb 6:1). Pero esto no significa comportamiento perfecto; los cristianos no son perfectos (1 Juan 1:8). El arrepentimiento no significa que llegamos a nuestra meta, sino que comenzamos a viajar en la dirección correcta.

Ya no nos complacemos a nosotros mismos, sino que vivimos para agradar a Cristo (2Co 5:15; 1Co 6:20). Pablo nos dice, "Antes ofrecían ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la santidad" (Ro 6:19).

La fe

No obstante, simplemente decirle a la gente que se arrepienta no los va a rescatar de sus faltas. A los humanos se les ha dicho que obedezcan por miles de años, pero todavía necesitan ser rescatados. Algo más es necesario, y eso es la fe o credulidad. El Nuevo Testamento dice mucho más acerca de la fe que lo que dice acerca del arrepentimiento; las palabras para fe ocurren ocho veces más.

Todo el que cree en Jesús recibe perdón (Hechos 10:43). "Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos (Hechos 16:31)”. El evangelio "es poder de Dios para la salvación de todos los que creen" (Ro 1:16). Los cristianos son conocidos como creyentes, no como arrepentidos. La credulidad es una característica evidente.

¿Qué significa creer?¿aceptar ciertos hechos? La palabra griega puede significar ese tipo de credulidad, pero más frecuentemente da a entender un sentido de confianza. Cuando Pablo nos anima a creer en Jesucristo, no está enfatizando hechos. (El diablo conoce los hechos acerca de Jesús, pero no está salvo).

Cuando creemos en Jesucristo, confiamos en Él. Sabemos que Él es fiel y digno de confianza. Podemos confiar en que Él nos cuidará, que nos dará lo que Él ha prometido. Podemos confiar en que nos rescatará de los peores problemas de la humanidad.

Cuando acudimos a Él para la salvación, admitimos que necesitamos ayuda, y que Él puede proveerla. Nuestra fe no nos salva; nuestra fe debe ser en Él, no en otra cosa. Nos dedicamos nosotros mismos a Él, y Él nos salva.

Cuando confiamos en Cristo, dejamos de tratar de salvarnos a nosotros mismos. Aunque tratamos de tener buen comportamiento, no pensamos que nuestros esfuerzos nos están salvando (el esfuerzo diligente nunca hizo a nadie perfecto). Tampoco nos desesperamos cuando nuestros esfuerzos fracasan. Eso es porque estamos confiando en Cristo, no en nosotros mismos, para nuestra salvación. Nuestra confianza está en Él, no en nuestro éxito o fracaso. (Para más acerca de la fe como confianza vea Personalmente con Joseph Tkach de El Noticiero de Junio 2001)

La fe es la que motiva el arrepentimiento. Cuando confiamos en Jesús como nuestro Salvador, cuando reconocemos que Dios nos ama tanto que envió a su Hijo para morir por nosotros, cuando sabemos que Él desea lo mejor para nosotros, entonces estamos dispuestos a vivir para Él y a complacerlo. Tomamos una decisión; abandonamos la vida vacía y frustrada que vivíamos, y aceptamos su propósito y dirección para lo que la vida debe ser.

La fe es el cambio interno que hace toda la diferencia. Nuestra fe no gana algo ni le añade nada a lo que Jesús ha ganado por nosotros. La fe es simplemente la disponibilidad de responder a lo que Él ha hecho.

Somos como los esclavos trabajando en los gredales y Cristo anuncia, "He comprado su libertad". Tenemos la libertad de quedarnos en los gredales, o podemos confiar en Él y dejar los gredales. La redención se ha cumplido; nuestra parte es aceptarla y guiarnos por ella.

La gracia

La salvación es el don de Dios para nosotros, dado por su gracia, su generosidad. No podemos ganarla, no importa lo que hagamos. "Porque por gracia ustedes han sido salvos mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino de Dios, no por obras, para que nadie se jacte" (Ef 2:8-9). Aun nuestra fe es un don de Dios. Aun si obedeciéramos perfectamente de ahora en adelante, no merecemos una recompensa (Lucas 17:10).

Fuimos creados para buenas obras (Efesios 2:10), pero las buenas obras no pueden salvarnos. Siguen a la salvación, pero no pueden ganársela. Como dice Pablo, si la salvación se obtuviera mediante la ley, entonces Cristo murió en vano (Ga 2:21). La gracia no nos da permiso para pecar, pero la gracia nos es dada cuando pecamos (Ro 6:15; 1 Juan 1:9). Cualesquiera buenas obras que hagamos, agradecemos a Dios por hacerlas en nosotros (Ga 2:20; Fil 2:13).

Dios "nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia" (2 Ti 1:9). "Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia" (Tito 3:5).

La gracia es el corazón del evangelio: Somos salvos por el don de Dios, no por nuestras obras. El evangelio es "el mensaje de su gracia" (Hechos 14:3; 20:24). "somos salvos por la gracia de nuestro Señor Jesús" (Hechos 15:11). Somos "justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó" (Ro 3:24). Estuviéramos desesperadamente en el pecado y la condenación, si no fuera por la gracia de Dios.

Nuestra salvación depende de lo que Cristo ha hecho. Él es el Salvador, el que nos rescata. No podemos jactarnos acerca de nuestra obediencia, porque siempre es defectuosa. Lo único de lo que nos podemos jactar es de lo que Cristo ha hecho (2Co 10:17-18); y Él lo hizo por todos, no sólo por nosotros.

La justificación

La Biblia explica la salvación en muchas maneras: rescate, redención, perdón, reconciliación, adopción, justificación, etc. Eso es porque las personas entienden su problema en diferentes maneras. Para aquellos que se sienten sucios, Cristo ofrece purificación. Para aquellos que se sienten esclavizados, Él ofrece redención, o adquisición. A aquellos que sienten culpabilidad, Él les da perdón.

A aquellos que se sienten alejados y puestos a distancia, les ofrece reconciliación y amistad. A aquellos que se sienten insignificantes, les da una realización de valor. Para aquellos que no se sienten como que pertenecen, describe la salvación como la adopción y heredad. A aquellos que están sin un propósito, les da propósito y dirección. A aquellos que están cansados, les ofrece descanso. A los cobardes, les ofrece esperanza. Para los ansiosos, ofrece paz. La salvación es todo esto, y más.

Veamos a la justificación. La palabra griega es un término legal. Los que son justificados son declarados como "no culpables". Son exonerados, absueltos, dispensados, declarados bien. Cuando Dios nos justifica, dice que nuestros pecados no contarán contra nosotros. Son quitados de nuestro registro.

Cuando aceptamos que Jesús murió por nosotros, cuando reconocemos que necesitamos un Salvador, cuando reconocemos que nuestro pecado merece castigo y que Jesús llevó nuestros pecados por nosotros, entonces tenemos fe, y Dios nos asegura que somos perdonados.

Nadie puede ser justificado, o declarado justo, observando la ley (Ro 3:20), porque la ley no salva. Solamente es un requisito que no podemos cumplir, y por esa norma, todos hemos pecado (v. 23). Dios "justifica a los que tienen fe en Jesús". "Somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige" (v. 28).

Para ilustrar la justificación por la fe, Pablo usa el ejemplo de Abraham, quien le creyó "a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia" (Ro 4:3, citando Gn 15:6). Debido a que Abraham confió en Dios, Dios lo consideró como justo. Esto fue mucho tiempo antes de que la ley fue dada, mostrando que la justificación es un don de Dios, recibida por fe, no ganada por obediencia a la ley.

Esto muestra también que la justificación es más que el perdón, más que cancelar nuestras deudas. La justificación significa el considerarnos justos, como haber hecho algo justo. Nuestra justicia no viene de nuestras propias obras, sino de Cristo (1Co 1:30). Es por medio de la obediencia de Cristo, dice Pablo, que los creyentes son justificados (Ro 5:19).

Pablo aun dice que Dios justifica al malvado" (Ro 4:5). Dios considerará a un pecador justo (y por lo tanto aceptado en el día de juicio) si el pecador confía en Dios. Una persona que confía en Dios ya no querrá ser mala, pero esto es un resultado y no una causa de la salvación. Todos van a "ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley" (Ga 2:16).

Un nuevo comienzo

Algunas personas llegan a la fe de repente. Algo les pasa en el cerebro, una luz se le prende, y aceptan a Jesús como su Salvador. Otras personas llegan a la fe en una manera más gradual, lentamente reconociendo que sí confían en Cristo y no en ellos mismos para su salvación.

Sea como sea, la Biblia describe esto un nacimiento nuevo. Cuando tenemos fe en Cristo, somos nacidos de nuevo como hijos de Dios (Juan 1:12-13; Gá 3:26; 1 Juan 5:1). El Espíritu Santo comienza a vivir dentro de nosotros (Juan 14:17), y Dios comienza una creación nueva en nosotros (2 Co 5:17; Ga 6:15). El viejo yo muere, y una persona nueva está siendo creada (Ef 4:22-24); Dios nos está cambiando.

En Jesucristo, y a medida que tengamos fe en Él, Dios está deshaciendo los resultados del pecado de la humanidad. A medida que el Espíritu Santo obra dentro de nosotros, una humanidad nueva está siendo formada. La Biblia no dice exactamente como sucede esto; solo dice que se está cumpliendo. El proceso comienza en esta vida y se termina en la próxima. Hablaremos más acerca de eso en un futuro artículo.

El objetivo es de hacernos más semejantes a Jesucristo. Él es la imagen de Dios en perfección (2 Co 4:4; Col 1:15; Heb 1:3), y debemos ser transformados a su imagen (2 Co 3:18; Ga 4:19; Ef 4:13; Col 3:10). Debemos ser como Él en espíritu; en amor, gozo, paz, humildad y otras cualidades divinas. Eso es lo que el Espíritu Santo hace en nosotros. Él está restaurando la imagen de Dios.

La salvación se describe también como reconciliación; el reparo de nuestra relación con Dios (Ro 5:10-11; 2 Co 5:18-21; Ef 2:16; Col 1:20-22). Ya no resistimos o ignoramos a Dios; lo amamos.

Somos cambiados de enemigos a amigos. Y aun más que amigos; Dios dice que nos adopta como sus propios hijos (Ro 8:15; Ef 1:5). Estamos en su familia, con derechos, responsabilidades y una heredad gloriosa (Ro 8:16-17; Ga 3:29; Ef 1;18; Col 1:12).

Finalmente no habrá más dolor ni lamento (Ap 21:4), lo que significa que nadie andará cometiendo errores. Ya no habrá más pecado, y ya no habrá más muerte (1Co 15:26). Esa meta quizás parezca muy lejos al vernos a nosotros mismos ahora, pero el camino comienza con un solo paso; el paso de aceptar a Cristo como Salvador. Cristo perfeccionará la obra que comienza en nosotros (Fi 1:6).

Y entonces, seremos aún más como Cristo (1Co 15:49; 1Jn 3:2). Seremos inmortales, incorruptibles, gloriosos y sin pecado. Nuestros cuerpos espirituales tendrán poderes sobrenaturales. Tendremos una vitalidad, inteligencia, creatividad, poder y amor más allá de lo que sabemos ahora. La imagen de Dios, una vez manchada por el pecado, será restaurada aun mejor de lo que antes era. ¤

Capítulo 7  ¿Qué es la iglesia?

Capítulo 9  El Fin

 

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