De pie en la luz

Por J. Michael Feazell

 

Hace ya tres años que por primera vez cantamos en el Auditorio Ambassador himnos acerca del nacimiento de Cristo. Fue un momento emocionante.


Sí, éramos cristianos, pero para nosotros celebrar el nacimiento de Jesús era considerado pecaminoso. Aun el cantar acerca de su nacimiento producía remordimientos de conciencia.


Como iglesia, se nos había enseñado, y habíamos creído, que cualquier celebración del nacimiento de Jesús era una invención pagana que se remonta a los primeros siglos de historia cristiana, y por eso, sería malo participar en este, de cualquier manera y en cualquier momento.


Recuerdo la dificultad que tuve en leer la letra en la pantalla (ningún himno acerca del nacimiento de Jesús aparecía en nuestro himnario) debido a que mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi experiencia no fue única; otros que estaban presentes me han dicho que el momento los afectó de la misma manera.


Ruego que nunca lleguemos a ser cínicos a medida que el tiempo corroe la memoria de la novedad y frescura de la nueva libertad para celebrar el Adviento. Ruego que nunca perdamos el gozo interior que por la gracia de Dios la temporada de Navidad nos puede traer.


En todas partes donde miramos durante esta temporada hay luces de Navidad: luces blancas, luces de colores y velas prendidas. En el pasado les enseñamos a nuestros hijos que estas exhibiciones de luz eran una de las maneras en que Satanás hace el pecado atractivo.


Hoy, en la luz física y el color, podemos disfrutar de un pálido reflejo de la belleza indescriptible de la verdadera luz, que ilumina a todos, que ha venido al mundo. "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron... Aquél era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:4-5, 9, 14).


Es propio e inspirador que brillantes exhibiciones de luz y color son una gran parte de la temporada de Adviento. Para los incrédulos, tales exhibiciones son poco más que un truco de publicidad de comerciantes. Pero para nosotros que creemos el evangelio, que conocemos a Dios y a Jesucristo a quien ha enviado, pueden ser otro recordatorio de la gloria del Único Hijo de Dios, quien trae la paz y reposo por los cuales todo el mundo ansía y anhela.

 

Deseo de las naciones


En los días cuando nació Jesús en Belén hace más de 2.000 años, había un anciano devoto llamado Simeón que vivía en Jerusalén. El Espíritu Santo le había revelado a Simeón que no moriría antes de que hubiera visto al Cristo del Señor.


Un día el Espíritu llevó a Simeón a los atrios del templo; el mismo día que los padres de Jesús llevaron al infante Jesús para cumplir los requisitos del Torá.


Cuando Simeón vio al bebé, tomó a Jesús en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Soberano Señor, despide a tu siervo en paz conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación que has preparado en presencia de todos los pueblos: luz para revelación de las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Lucas 2:29-32).


Simeón alabó a Dios por lo que los escribas, los fariseos, los principales sacerdotes y los maestros de la ley no podían entender: el Mesías de Israel no fue únicamente para la salvación de Israel, sino también para la salvación de todos los pueblos del mundo.


Isaías lo había profetizado mucho tiempo antes: "Poca cosa es que tú seas mi siervo para levantar a las tribus de Israel y restaurar a los sobrevivientes de Israel. Yo te pondré como luz para las naciones, a fin de que seas mi salvación hasta el extremo de la tierra" (Isaías 49:6).

 

División


Lucas nos dice que José y María se maravillaron con respecto a lo que Simeón estaba diciendo acerca de Jesús (Lucas 2:33). Y para añadir a su asombro, el tono de Simeón cambió a uno de un oráculo de juicio cuando comenzó la segunda parte de su proclamación.


Primero, bendijo a José y a María. Después comenzó a hablarle directamente a María. Simeón le declaró que este niño "es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será contradicha, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu misma alma" (34-35).


A causa de Jesús, personas en Israel caerían, y personas en Israel se levantarían. Lo que los dirigentes de los judíos habían creído acerca del Mesías, acerca del Hijo del Hombre y acerca del reino de Dios los iba a dejar atónitos.


Este niño iba a ser insultado, despreciado, ridiculizado y condenado, y los corazones de los que se opusieron a él iban a ser expuestos por toda la arrogancia, orgullo y egoísmo que en realidad contenían. La gente iba a dividirse a causa de él, y esta espada de división, este costo de discipulado, se aplicaría aun a la misma madre de Jesús; ella también, como una de las hijas de Israel, tendría que decidir entre creer en Él, o tropezar sobre Él.


Años después, Jesús declararía durante su ministerio: "¿Pensáis que he venido a dar paz en la tierra? ¡Os digo que no, sino a causar división! Porque de aquí en adelante cinco en una casa estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres. El padre estará dividido contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra" (Lucas 12:51-53).

 

Esperanzas falsas


La espada mesiánica de división corta tan segura y profundamente hoy en día como lo hizo en el primer siglo. Muchos que afirman creer en Jesús no pueden descartar su juicio personal acerca de lo que un verdadero Mesías debe ser y hacer.  La mortificación del sentido del mundo que uno tiene: identidad personal y de grupo, planes futuros, creencias acerca del éxito, el enfoque de los afectos, el sentido de control, seguridad y bondad personal; no es parte del plan de juego para personas que solamente profesan ser cristianos.


La fe para cargar su propia cruz y seguir a Jesús es muy fácilmente confundida con una dedicación carnal a un héroe divino que destruirá nuestros enemigos y traerá el cumplimiento de nuestros propios sueños y planes.


Fe en Jesucristo implica la muerte de nuestro "viejo hombre" y la resurrección a una vida nueva en la cual tenemos una identidad nueva, la identidad de Cristo. Estamos "muertos para el pecado" y "vivos para Dios en Cristo Jesús" (Romanos 6:3-11). Debido a este compartimiento sobrenatural en la muerte y resurrección de Cristo, los cristianos ya no viven más para sí mismos, para su éxito personal o colectivo, poder y seguridad en el mundo, sino para Dios. Su esperanza no está en las cosas placenteras que el mundo puede proveer, sino en Dios quien provee una patria mejor; una celestial (Hebreos 11:13-16).

 

Una piedra de tropiezo


Isaías había escrito siglos antes acerca de la división que el Mesías traería: "Entonces él será vuestro santuario; pero será piedra de tropiezo y roca de escándalo para las dos casas de Israel, red y trampa para los habitantes de Jerusalén" (Isaías 8:14).


"Por tanto, así ha dicho el Señor Jehovah: He aquí que yo pongo como cimiento en Sion una piedra, una piedra probada. Una preciosa piedra angular es puesta como cimiento. El que crea no se apresure" (Isaías 28:16).


Para algunos, aquellos que ponen su confianza en él, el es una piedra angular que será los cimientos para una casa firme. Pero para los que confían en sí mismos, él es una piedra sobre la cual tropezarán y caerán.
Estas son las mismas profecías con las cuales Jesús desafió a los dirigentes de Israel: "Pero él, mirándolos, les dijo: ¿Qué, pues, es esto que está escrito: La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue hecha cabeza del ángulo? Cualquiera que caiga sobre aquella piedra será quebrantado, y desmenuzará a cualquiera sobre quien ella caiga" (Lucas 20:17-18).


Jesús confrontó a estos dirigentes con estas profecías en el contexto de la parábola que les acababa de contar, acerca de quitarle la viña a los labradores actuales y dársela a otros (de los israelitas a los gentiles). Hubo judíos al principio quienes aceptaron a Jesús, pero la mayoría se negó escuchar y las sinagogas se convirtieron en los perseguidores de aquellos que pusieron su fe en él.


Pablo y Pedro usaron las mismas profecías para explicar por qué los israelitas rechazaron a su propio Mesías, mientras los gentiles lo estaban aceptando: "¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, quienes no iban tras la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia que procede de la fe; mientras que Israel, que iba tras la ley de justicia, no alcanzó la ley. ¿Por qué? Porque no era por fe, sino por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo" (Romanos 9:30-32).


"Por esto contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la Piedra del ángulo, escogida y preciosa. Y el que cree en él jamás será avergonzado. De manera que, para vosotros que creéis, es de sumo valor; pero para los que no creen: La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue hecha cabeza del ángulo, y: piedra de tropiezo y roca de escándalo. Aquéllos tropiezan, siendo desobedientes a la palabra, pues para eso mismo fueron destinados" (1 Pedro 2:6-8).

 

Un remanente fiel


La gente continúa tropezando sobre esta piedra hasta hoy día. Aun algunos cristianos encuentran el evangelio de la gracia de Dios por medio de Jesucristo ofensivo. La idea de que por Jesús, Dios justifica a los hombres impíos únicamente por fe sin tener que medirse por normas de obediencia (Romanos 4:5) es ofensivo y aun angustioso para algunos cristianos.


A los seres humanos nos gusta sentirnos bien acerca de nosotros mismos. Nos gusta sentir que somos personas básicamente buenas y decentes. A la inversa, no nos gusta la idea que personas que no son buenas y decentes, personas que son diferentes de nosotros, pueden ser justificados por Dios únicamente creyendo el evangelio sin haber pasado por lo menos por uno de los aros de justicia por los que creemos que nosotros hemos pasado.


A algunos grupos cristianos les gusta sentir que son el remanente fiel, los santos verdaderos y fieles de Dios, los decentes quienes son los únicos que agradan a Dios y los únicos escogidos por Dios. Les gusta la idea de ser especiales, y tienen ciertas normas y  reglamentos que mantienen a los hermanos falsos, a los que pretenden ser cristianos, fuera  de su círculo santo. Esperan el día cuando Cristo regrese a justificar a su grupo como los pocos fieles y a destruir a la mayoría mala.


Ellos se identifican a sí mismos como "la nueva Israel", los que ahora tienen la distinción de ser los escogidos de Dios, y ellos tienen como propósito no cometer los errores que Israel cometió al fallar en su llamado. Algunos grupos aun se apoderan de señales que Dios le dio a la nación de Israel para identificarla como marca de un grupo especial ante Él.


Es cierto que Dios llamó a Israel para que fuera un grupo especial y que Dios le dio ordenanzas especiales que los marcarían como su pueblo escogido. Pero lo que muchos cristianos no saben es el hecho de que Dios los escogió no solo para beneficio del pueblo mismo, sino para la salvación de todas las naciones.


Por medio de Israel Dios estaba tratando los pecados de todo el mundo. Aun así Israel siendo pecador, no pudo reunir la fidelidad necesaria hacia Dios para hacer el trabajo. En medio del fracaso de Israel, no obstante, Dios trajo a su escogido, su Mesías, como un representante perfecto de Israel para hacer lo que Israel no pudo hacer. Y ahora que ha hecho esto, hay solo una "señal identificadora" del pueblo de Dios, y esa señal es Jesucristo.

 

La Nueva Israel


Los israelitas eran el pueblo de Dios. Dios los había llamado de entre todas la naciones y los había separado por medio de un pacto como su pueblo especial. Él no lo hizo meramente para el beneficio de Israel, sino para la salvación final de todas las naciones (Isaías 49:6).


Pero Israel fracasó. Ellos debían ser una luz a los gentiles, pero su luz se había apagado. No guardaron el pacto. Pero Dios es fiel a su pacto no importa la infidelidad del pueblo del pacto (Romanos 3:3-4).


A su debido tiempo, Dios envió a su propio Hijo, el israelita perfecto, quien perfectamente guardó el pacto como la nueva Israel (Romanos 5:18-21). A pesar del fracaso de Israel, Dios alcanzó mediante Jesucristo todo lo que el pacto pretendía alcanzar.


Jesús era el Mesías prometido, el representante perfecto del pueblo del pacto, y como tal, fue también la verdadera luz a los gentiles, el que mediante ambos Israel y todas las naciones fueron librados del pecado y traídos a la familia de Dios.

 

Las obras de la ley


Los judíos creyeron que eran el pueblo de Dios por virtud de guardar Alas obras del Torá. Pero no debemos malentender. Esto no significa que los judíos pensaron que eran el pueblo de Dios con base en la integridad moral o la observancia de todas sus 613 leyes incluidas en el Torá (la ley de Moisés).


Por "las obras de la ley", Pablo se refiere a esos aspectos particulares del Torá que representaron la esencia misma de este y su propósito, aquellos aspectos que mantuvieron a Israel separado de las naciones a su alrededor y lo marcaron como el pueblo especial de Dios.


Estas "obras de la ley" eran 1) la circuncisión, 2) el sábado y 3) las leyes de purificación (la leyes que establecían lo limpio y lo inmundo). Estas eran las obras de la ley, las marcas del pacto, que separaron a Israel como el pueblo de Dios, como distintos a los gentiles, como el pueblo especial de Dios.

 

La ley de fe


Ahora Pablo les está diciendo a los judíos que ellos no son el pueblo de Dios con base en las obras del Torá, sino con base en el torá de fe. Mediante la fe en Jesús, el Cristo prometido (o Mesías) de Dios, los israelitas y los gentiles igualmente se convierten en el pueblo del pacto de Dios verdadero con base en ser identificados con Cristo, el verdadero Israel, y como tal, el verdadero representante ante Dios de la humanidad misma (Romanos 3:19-26).


En Cristo, Dios alcanzó todo lo que el Torá pretendía alcanzar. Al poner nuestra fe en Cristo, al darle nuestra confianza a Él, al identificarnos con Él, nos convertimos en miembros de la comunidad fiel del pacto, el pueblo de Dios, no por las obras del Torá, sino por el nuevo torá, o ley, el torá de fe (Romanos 3:27-30).


¿Invalidamos el Torá por esta fe? No. Al contrario, confirmamos el Torá (31). )Cómo confirmamos el Torá? Porque es preciso mediante la fe en Cristo, y solo mediante la fe en Cristo, que la ley se guarde de la manera que Dios quiso desde el principio.


El propósito de la ley era hacer de Israel el pueblo de Dios, marcarlos como su propio pueblo. Ellos fracasaron en esto. Se convirtieron en "no ammi", o "no mi pueblo", dijo Dios (Oseas 1:9).


Pero ahora Pablo nos dice que mediante la fe en Cristo, y no mediante el guardar la ley, nos convertimos en verdaderos guardadores de la ley, el verdadero pueblo de Dios, porque por medio de la fe nos identificamos como el israelita verdadero, como la verdadera humanidad, Jesucristo el perfecto. Es mediante la fe en Cristo que nos unimos con Israel en redención para convertirnos en "ammi" o en "mi pueblo" (Oseas 14:4).

 

No dos clases


Pablo les está diciendo a los judíos y a los gentiles que las obras de la ley ya no son lo que marca al pueblo de Dios. Ahora el cumplimiento del Torá ha llegado a la escena. Ahora la esencia y el propósito del Torá se cumple mediante la fe en Jesús: todo el que cree es ahora un miembro del pueblo de Dios.


No hay dos clases: los judíos como los miembros principales del reino y los gentiles como los miembros asociados. No, dice Pablo. Con base en la fe en Cristo, los judíos y los gentiles son miembros del reino (Romanos 3:29-30).


El pueblo de Dios le pertenece a Él con base en la fe en Cristo, la circuncisión, el sábado y las leyes de purificación ya no son de importancia (Gálatas 5:1-6; Colosenses 2:16-17). No porque ellos no tenían un lugar específico por un tiempo, sino porque ahora han sido cumplidos en Cristo.


El continuar insistiendo en que "las obras de la ley" se necesitan para ser contados entre los que componen el pueblo de Dios es negar que Cristo ha cumplido la ley, es negar que Él es el clímax del pacto, que Él es el verdadero israelita y el verdadero humano en quien el pueblo de Dios ahora se debe identificar.

 

Identifiquémonos solo en Cristo


Muchos me han peguntado: "¿Pero no es bueno guardar el sábado de todos modos, ya que fue ordenado por Dios, aun cuando sabemos que no es requerido? ¿No se agradaría Dios de esto?"


La respuesta a esta importante pregunta es "no". Cuando adoptamos una ley de la antigua Israel que sea cumplida en Cristo, no vemos en realidad lo que Dios ha hecho en Cristo y lo colocamos en una posición menor que la de haber cumplido la ley completamente.


Cristo no destruyó la ley, Él la cumplió (Mateo 5:17). Ahora cumplimos la ley al poner nuestra confianza en Él (Romanos 3:21-22). Ahora somos guardadores de la ley en Cristo de acuerdo con el propósito original de la ley, no al guardar las obras de la ley, sino al poner nuestra fe en Jesús mediante quien Dios ha cumplido la ley (Romanos 4:4-8).


El propósito original de la ley era definir e identificar al pueblo verdadero de Dios. Israel no lo hizo. (Pero Dios no falla! En Cristo, Dios guardó la ley para Israel, como el representante perfecto de Israel, el israelita perfecto. Como el perfecto israelita, Jesús no solo redimió a Israel, sino que se convirtió en la luz a los gentiles que Israel no pudo ser.


Esta no fue una ocurrencia tardía. Este era el plan y propósito de Dios desde el principio. No somos definidos o identificados como el verdadero pueblo de Dios. Somos definidos e identificados como el verdadero pueblo de Dios por la fe en Cristo.


Israel no pudo guardar la ley, y al romper el pacto, se convirtió en "no mi pueblo", dijo Dios (Oseas 1:9). Pero en Cristo, no solo se redime Israel, sino se redime a toda persona de una nueva y mejor forma, por el camino de fe, el camino que nos hace el pueblo de Dios en Cristo, el verdadero y perfecto israelita, el verdadero y perfecto humano.


Si vamos de vuelta a las obras de la ley, incluyendo el sábado, es como si no tuviéramos concepto del hecho de que Jesús cumplió la ley y que nos ha llamado a poner nuestra fe completamente en Él. No debemos tratar de crear justicia por nosotros mismos. Solo al ser identificados con Cristo el Salvador somos contados como justos.


El volver a las obras de la ley significa que no hemos comprendido totalmente lo que Dios ha hecho en Jesús. Significa que todavía estamos atados a la idea de que Dios quiere cierta forma de justicia de nuestra parte y que Dios identifica a su pueblo mediante por lo menos una de las obras de la ley, en este caso, la observancia del sábado. Nuestra identidad como pueblo de Dios se concentra en la fe en Jesucristo, no en señales que identificaron a la antigua Israel.


(Estoy distinguiendo, por supuesto, entre guardar el sábado y enseñar que es ordenado para los cristianos por una parte, y en la práctica de sencillamente reunirse para adoración en el sábado por otra parte. Reunirse en el sábado no es lo mismo que enseñar que el guardar el sábado es un requisito para la salvación.)

 

Apoyo bien intencionado


He escuchado a algunos miembros y pastores, queridos amigos míos, señalar que ciertos líderes en otras denominaciones o iglesias les han dicho: "Ustedes tienen algo bueno ahí con los días santos y el sábado, y  deben aferrarse a esto".


Algunos de nosotros vemos esta clase de apoyo de lo que era nuestra práctica como una razón para nunca abandonarla.


Esos cristianos tienen buenas intensiones, por supuesto, pero no han experimentado el fruto desastroso de volver a lo que Cristo ya ha cumplido, la actitud de crítica que crea, la exclusividad que promueve y la subversión del evangelio que crea al causar que las personas que creen esto sientan que deben difundir la palabra como algo bueno que han descubierto.


Ellos no han tenido que enfrentar los asuntos bíblicos y espirituales que nosotros hemos tenido que enfrentar acerca de la ley mosaica, pero también admiran al gozo que ellos ven en nuestra adoración. Somos pecadores, no somos más justos que la misma Israel. Solo cuando vemos nuestros pecados y ponemos nuestra fe en aquel por medio del cual Dios justifica a los pecadores podemos ser contados como justos por su causa (Romanos 4:16, 22-25).


La iglesia necesita la gracia de Dios tanto como Israel. Todos los que ponen su fe en Cristo, gentiles y judíos, son salvos solo porque Dios es fiel y bueno, no porque han sido fieles o porque han encontrado una fórmula secreta, alguna doctrina o alguna iglesia correcta.


¿Qué hace el confiar en Jesús algo tan difícil? Es difícil confiar en Jesús porque el confiar en Él significa poner nuestra vida en sus manos, y eso significa abandonar nuestro control sobre la vida.


Esto no es fácil de hacer. Nos gusta estar en control de todo aspecto de nuestras vidas. Nos gusta tomar todas las decisiones, y hacer todas las cosas a nuestra manera. Queremos estar seguros y sentirnos libres y respetados, y ponemos nuestros corazones en alcanzar seguridad, libertad y respeto y en mantener esas cosas. Nos gusta ser independientes de las influencias de afuera.


En los primeros capítulos de Isaías, encontramos una historia trágica. La señal que Dios le dio al rey de Judá para la liberación, para la salvación, para la paz, fue rechazada. Fue rechazada porque el rey tenía sus propios planes acerca de la mejor manera de salvar a la nación. El dar la seguridad de su reino a Dios no era la idea de liderazgo de Acaz (ver Isaías 7:1-17).


Dios tiene planes a largo plazo para nuestra liberación y seguridad, y tiene un plan a corto plazo. Pero, como Acaz, no podemos recibir el fruto de esos planes si no estamos firmes en nuestra fe.


Existen muchas maneras de estar firmes. Algunas personas, como el rey Acaz, se mantienen firmes en poder militar. Otras se mantienen firmes en seguridad financiera, en su integridad personal o en su reputación personal, en su destreza o fortaleza, su ingeniosidad, haciendo tratos, o en su inteligencia. Ninguna de esas cosas es mala o pecaminosa en sí misma. Tenemos la tendencia a poner nuestra confianza en tales cosas, y por lo tanto, ponemos nuestra energía y devoción en defender y acumular estas cosas para tener seguridad y paz.

 

Caminar humildemente


El camino que nos llevará a través de las persecuciones en nuestras vidas y nos traerá el gozo y la paz de Dios, la paz profunda del corazón que provee el ánimo real y permanece con nosotros es permanecer firmes en nuestra confianza en Dios. No es permanecer firmes en nuestra confianza en las cosas que podemos obtener o las cosas que podemos hacer, incluyendo, como hemos visto, las obras de la ley.


Humanamente, es demasiado natural para nosotros pensar sobre Dios como un sentimiento bonito para los tiempos de celebración, pero no realmente eficaz cuando los asuntos difíciles de la vida se convierten en algo serio. Cuando le damos nuestros problemas a Dios junto con la acción positiva que tomemos al tratarlos, y tenemos confianza en su cuidado, lo que Él proveerá y la liberación en vez de ponerlo a Él a un lado, Él promete estar con nosotros.


Santiago escribió: "Humillaos delante del Señor, y él os exaltará" (Santiago 4:10). "Caigan de rodillas", dice el himno. Dios nos llama a poner a un lado la cruzada de toda una vida de defendernos a nosotros mismos, de promovernos a nosotros mismos, de dar a nosotros mismos seguridad, de preservar nuestras posesiones, de proteger nuestra reputación y prolongar nuestras vidas como si no fuéramos la creación misma de Dios y su posesión, como si Dios no fuera nuestro Proveedor, el que nos defiende, nuestra esperanza y nuestro destino.


Esta ilusión que tenemos de que podemos tener nuestra vida bajo control, debe derrumbarse, y entonces podemos levantarnos en Cristo, y convertirnos en quienes realmente somos: los hijos preciosos de Dios, a quienes Él salva y ayuda, cuyas batallas Él libra, cuyos temores Él calma, cuyo dolor el comparte, cuyo futuro Él asegura y cuya reputación el preserva.


Al dejarlo todo, lo ganamos todo. Al arrodillarnos, nos levantamos. Al dejar a un lado la falsa ilusión del control personal, nos vestimos con toda la gloria, esplendor y riquezas del reino eterno celestial.


"Echad sobre él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5:7). ¿Qué nos oprime? ¿Nuestros pecados? ¿Un desastre financiero? ¿Una enfermedad destructiva? ¿Una pérdida inconcebible? ¿Una situación imposible en la cual nos sentimos que no tenemos la habilidad de hacer nada al respecto? ¿Una relación desastrosa y dolorosa? ¿Una mala reputación? ¿Acusaciones falsas?
Echad sobre él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros. Él ha enviado a su Hijo, y mediante su Hijo Él toma nuestras manos y las levanta y alumbra la luz de su gloria en la crisis oscura y dolorosa que estamos experimentando. Aunque caminemos por el valle de la sombra de muerte, no tenemos miedo porque Él está con nosotros.
Dios nos ha dado la señal de que su rescate es seguro: "Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor" (Lucas 2:11). Pongamos nuestra confianza en Él.


Es por eso que los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, es por eso que los cristianos no deben condenar a aquellos que, por miedo o incomodidad, o por convicción personal, no lo hacen.


El mismo Dios que nos ama tanto es el Hijo que nos salvó, que nos ama aun cuando somos ignorantes o supersticiosos como todos somos a veces. Juntos nos mantendremos en la gracia de Dios bajo la sangre de Cristo. Con Pablo, podemos decir verdaderamente: ¡Gracias a Dios por su don inefable!

 

Copyright © 2001  Iglesia de Dios Universal

 

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