Una razón para tener esperanza
El Antiguo Testamento es una historia de esperanzas frustradas. Comienza revelando que los seres humanos fueron creados a la imagen de Dios. Pero no pasó mucho tiempo antes de que los humanos pecáramos y fuéramos sacados del paraíso.
Pero junto a las palabras de juicio vino una palabra de promesa, Dios le dijo a Satanás que uno de los descendientes de Eva aplastaría a Satanás (Génesis 3:15). Vendría un libertador.
Eva probablemente esperaba que su primer hijo fuera la solución. Pero su primer hijo fue Caín y fue parte del problema. El pecado continuó y se empeoró. Hubo una salvación parcial en el tiempo de Noé, pero el pecado continuó. Ocurrió el pecado de Canaán y luego el de Babel. La humanidad continuó teniendo problemas, teniendo la esperanza de algo mejor, pero sin poder lograrlo nunca.
A Abraham se le dieron algunas promesas
importantes. Pero él murió antes de recibir todas las promesas. Él tubo un hijo,
pero no tierras y todavía no era una bendición para todas las naciones. Pero la
promesa continuó. Les fue dada a Isaac y después a Jacob.
Jacob y su familia se fueron a Egipto y se convirtieron en una gran nación, pero fueron esclavizados. No obstante, Dios permaneció fiel a su promesa. Con milagros espectaculares, Dios los sacó de Egipto.
Pero la nación de Israel no permaneció fiel a la promesa. Los milagros no les ayudaron. La ley no les ayudó. Ellos siguieron pecando, siguieron cayendo, siguieron dudando, siguieron vagando por 40 años. Pero Dios siguió fiel a su promesa y los llevó a la tierra de Canaán, la cual les entregó con muchos milagros.
Pero eso no resolvió sus problemas. Ellos todavía eran la misma gente pecadora, el libro de los Jueces nos narra algunos de los tremendos pecados. ¿Cómo podría esta nación convertirse en una bendición para los gentiles? Ellos continuaron pecando, cayendo en idolatría una y otra vez. Dios finalmente permitió que las tribus del norte fueran llevadas en cautiverio a Asiria. Usted pensaría que eso hizo que los judíos se arrepintieran, pero no. Fallaron una y otra vez y Dios permitió que fueran tomados en cautiverio también.
¿Dónde estaba la promesa ahora? El pueblo había regresado al lugar en el que Abraham comenzó. ¿Dónde estaba la promesa?
La promesa estaba en Dios, quien no miente. Él cumpliría su promesa sin importar cuanto fallara el pueblo.
Dios permitió que los judíos permanecieran en Babilonia por 70 años y después, un pequeño porcentaje de ellos regresaron a Jerusalén, la nación Judía se convirtió en una sombra de lo que antes fue. Saborearon la libertad y después fueron gobernados por Roma. No fueron mejores en la tierra prometida de lo que fueron en Egipto o Babilonia. Y gimieron. ¿Donde está la promesa que Dios dio a Abraham? ¿Cómo vamos a ser una luz a los gentiles? ¿Cómo van a cumplirse las promesas hechas a David si no podemos gobernarnos a nosotros mismos?
Las esperanzas de la gente fueron frustradas. Algunos dejaron de tener esperanza. Algunos se unieron a un movimiento de resistencia clandestino. Otros trataron de ser más religiosos, más merecedores de las bendiciones de Dios. Todos esperaban que Dios hiciera algo.
Un rayo de esperanza
Dios comenzó de la manera más pequeña posible, como un embrión en una virgen. He aquí, les daré una señal, había dicho por medio de Isaías. Una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarás Emmanuel, que significa: “Dios con nosotros”. Pero primero fue llamado Yeshua que significa, Dios nos salvará.
Dios comenzó a cumplir su promesa con un niño concebido fuera del matrimonio. Había un estigma social en esto, aún 30 años después los líderes judíos hacían comentarios sarcásticos acerca de la paternidad de Jesús (Juan 8:41). ¿Quién creería la historia de María acerca de ángeles y una concepción sobrenatural?
Dios comenzó a cumplir las esperanzas de su pueblo en una forma que ellos no
reconocieron. Nadie habría podido suponer que el niño “ilegítimo” era la
respuesta a las esperanzas de la nación. Un bebé no puede hacer nada, no puede
enseñarle a nadie, no puede ayudar a nadie y no puede salvar a nadie. Pero un
bebé tiene potencial.
Los ángeles le dijeron a los pastores que un Salvador había nacido en Belén (Lucas 2:11). Él era un Salvador, pero aún no estaba salvando a nadie. Él incluso necesitaba que lo salvaran. La familia tuvo que huir para salvar al bebé de Herodes, el Rey de los Judíos.
Pero Dios llamó Salvador a ese niño indefenso. Él sabía lo que ese niño haría.
En ese niño estaban todas las esperanzas de Israel. Aquí estaba la luz para los
gentiles, aquí estaba la bendición para todas las naciones, aquí estaba el hijo
de David que gobernaría al mundo, aquí estaba el hijo de Eva que aplastaría al
enemigo de toda la humanidad. Pero era apenas un bebé, nacido en un establo, con
su vida en peligro. Pero, con su nacimiento todo cambió.
Cuando Jesús nació, no había una gran cantidad de gentiles llegando a Jerusalén para ser enseñados. No había señales de fuerza política o económica, ninguna señal excepto que una virgen había concebido y dado a luz, una señal que nadie en Judá creería.
Pero Dios había venido a nosotros, porque Él es fiel a sus promesas y es la base de todas nuestras esperanzas. La historia de Israel nos muestra una y otra vez que nuestra manera de hacer las cosas no funciona. No podemos alcanzar los propósitos de Dios con esfuerzos humanos. Dios no hace las cosas como nosotros pensamos, sino en la manera en que Él sabe que funcionará. Nosotros pensamos en términos de leyes, territorios, reyes y reinos de este mundo. Dios piensa en términos de pequeños principios, de fuerza espiritual y no física, de victoria en la debilidad y no en el poder.
Cuando Dios nos dio a Jesús, cumplió sus promesas y todo lo que había dicho. Pero nosotros no vimos el cumplimiento al instante, todo lo que vimos fue un niño. La mayoría de personas no lo creyó e incluso los que creyeron sólo podían esperar.
Cumplimiento
Sabemos que Jesús creció para dar su vida como rescate por nuestros pecados, para darnos el perdón, para ser una luz a los gentiles, para vencer al diablo y para vencer la muerte misma con su muerte y resurrección. Podemos ver cómo Jesús es el cumplimiento de las promesas de Dios.
Nosotros podemos ver mucho más de lo que los judíos podían ver hace más de 2,000 años, pero aún no podemos ver todo lo que hay. Todavía no vemos cumplidas todas las promesas. Todavía no vemos a Satanás encadenado y sin poder engañar más a las naciones. Todavía no vemos que todas las naciones conocen a Dios. Todavía no vemos el fin de las lágrimas, el dolor y la muerte. Todavía esperamos la respuesta final, pero en Jesús, tenemos esperanza y seguridad.
Tenemos una promesa, una promesa garantizada por Dios, ratificada por su Hijo y sellada por el Espíritu Santo. Creemos que todo lo demás se cumplirá, que Cristo completará la obra que ha comenzado. Nuestra esperanza está comenzando a dar fruto y podemos tener la confianza que todas las promesas se cumplirán, no necesariamente en la forma en que nosotros esperamos, sino en la forma en que Dios lo ha planeado. Él lo hará como lo prometió, por medio de su Hijo, Jesucristo. Nosotros no podemos verlo ahora, pero Dios ya actuó, y Dios está trabajando tras la escena para hacer su voluntad.
Así como en el niño Jesús tuvimos esperanza y una promesa de salvación. En el Jesús resucitado tenemos esperanza y la promesa de terminación. Tanto en el crecimiento del reino de Dios, como en la obra de la iglesia y en cada una de nuestras vidas.
Esperanza para nosotros
Cuando una persona viene a la fe en Cristo, su obra comienza a crecer en ella. Jesús dijo que debemos nacer de nuevo, cuando creemos en Él, el Espíritu Santo nos cubre con su sombra y engendra en nosotros una nueva vida. Tal como Jesús lo promete, Él viene a vivir en nosotros.
Alguien dijo una vez: “Jesús podría nacer 1,000 veces y eso no me sirve para nada, a menos que Él nazca en mi”. La esperanza que Jesús da al mundo no sirve para nada a menos que lo aceptemos a Él como nuestra esperanza. Necesitamos permitir a Jesús vivir en nosotros.
Sin embargo, todavía no tenemos el cumplimiento de todas las promesas que Dios ha hecho. Todavía no tenemos toda la vida que Él ofrece. Lo que tenemos es esperanza, un anticipo y la promesa de que mejores cosas vendrán. Lo que tenemos ahora es sólo un niño en comparación a la gloria que Dios nos dará después.
Podemos vernos a nosotros mismos y pensar: no veo mucho aquí. No estoy mejor que
hace 20 años. Todavía lucho con el pecado, la duda y la culpa. Todavía soy
egoísta y testarudo. No soy mejor que las personas del antiguo Israel. Me
pregunto si Dios realmente está haciendo algo en mi vida. No me parece haber
hecho algún progreso.
La respuesta es recordar a Jesús. Nuestro comienzo espiritual puede no parecer bueno ahora, pero lo es, porque Dios dice que lo es. Lo que tenemos es sólo un anticipo y la garantía de Dios mismo. Es el comienzo. El Espíritu Santo en nosotros es un anticipo de la gloria que vendrá.
Lucas nos dice que los ángeles cantaron cuando Jesús nació. Fue un momento de triunfo, aunque los humanos no podían verlo, los ángeles sabían que la victoria era cierta, porque Dios se los había dicho.
Jesús nos dice que los ángeles se alegran cuando un pecador se arrepiente. Ellos están cantando por cada persona que viene a la fe en Cristo, porque un niño ha nacido. Ese niño pueda que no actúe muy bien. Puede tener luchas, pero es un hijo de Dios y Él puede ver que su obra es hecha. Él cuidará de nosotros. Aunque nuestra vida espiritual no es perfecta, Dios se mantendrá trabajando en nosotros hasta que su obra sea terminada. Así como hay una tremenda esperanza en el niño Jesús, hay una tremenda esperanza en el niño cristiano. No importa por cuanto tiempo usted ha sido cristiano, hay una tremenda esperanza para usted, porque Dios ha invertido en usted y Él no abandonará la obra que ha comenzado.
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