Transformados por la Verdad
por Joseph Tkach

La Iglesia de Dios Universal rechaza las enseñanzas
de su fundador Herbert W. Armstrong y abraza
el cristianismo histórico. Esta es la historia.

 

Capítulo seis

Un servidor de la gente

 

H

abía sido una prolongada, agobiante e inclusive terrible batalla. Sin embargo, el 15 de octubre de 1980, el estado de California desistió de la tan publicitada demanda contra la Iglesia de Dios Universal –un asunto que amenazaba el derecho Constitucional de cualquier ciudadano norteamericano a la libre expresión religiosa., contemplado en la Primera Enmienda.

Stanley R. Rader, que en esa época era el tesorero y abogado principal de la IDU, había conducido la batalla legal contra la pretensión estatal de tomar el control de la iglesia. Él había ganado.

No obstante, debido a que algunos observadores insinuaron que él había conducido dicha batalla sólo por ganancia personal –de modo que él pudiera convertirse en el principal candidato para reemplazar a Herbert Armstrong como la cabeza de la IDU- Rader publicó, en enero 8 del 81, un extenso artículo en Los Angeles Times y en el Pasadena Star-News para anunciar su renuncia a los cargos oficiales y decir además que:

“No considero, ni aun remotamente, la posibilidad de reemplazar al Sr. Armstrong.

No tengo méritos para eso.

No estoy calificado para servir a Cristo de esa manera. No creo que ese sea mi llamado.

En verdad, no es mi deseo.

Y no creo que esa sea la voluntad de Dios... no espero que alguien reemplace al Sr. Armstrong.

El Dios Viviente ha encargado al Sr. Armstrong una Gran Comisión y Dios nunca se ha llevado a ningún hombre antes de que haya cumplido su misión. No busco ni espero a otro pastor general”.1

El propio Herbert Armstrong no sólo defendió con vehemencia a Rader de sus detractores, sino que además estuvo de acuerdo con él en cuanto a que no habría un pastor general que reemplazara al fundador de la iglesia:

“Y hermanos, tengo que decirles, nadie me va a reemplazar... creo que cuando Dios permita que yo muera, las cosas para las que me llamó habrán llegado a su fin, preparando el camino para la Segunda Venida de Cristo, llevando el Evangelio del Reino al mundo como testimonio a todas las naciones... si he sido alguien en el poder y en el espíritu de Elías, recuerden que no hay profecía de parte de Dios en la que un Eliseo reemplace a un Elías. No hay nadie en la Iglesia que tenga la capacidad ni la experiencia para que pueda llevar a cabo el trabajo que Dios me ha mandado a hacer”.2

Sin embargo, menos de cinco años después, a pocos meses de su muerte, el Sr. Armstrong se retractó y nombró a Joseph Tkach –mi padre- como su sucesor en el puesto de pastor general de la Iglesia de Dios Universal. Fue una elección que no muchos esperaban. ¿Por qué fue elegido entonces?

Reuniendo a las viudas

La explicación comienza el 3 de enero de 1979. Ese fue el día que los oficiales del estado de California, bajo la dirección del Fiscal General George Deukmejian, entraron a las oficinas de la iglesia, tomaron control de las operaciones y la llevaron a la quiebra. Deukmejian había hecho varios cargos de ilícitos financieros en contra de la IDU y por ello afirmaba tener autoridad para intervenirla.

Esta fue una batalla que sirvió como referencia y que involucró la ley constitucional. Muchas iglesias en el país presentaron alegatos en la corte para protegerse de la separación constitucional entre la iglesia y el estado. Finalmente, en octubre de 1980, el Gobernador de California, Jerry Brown firmó la ley del Senado No. 1493, despojando así al fiscal general de todo el poder que alegaba tener sobre la iglesia. Muy poco tiempo después todos los pleitos fueron archivados.

Al final la dura batalla contribuyó para la protección de todas las iglesias… y la IDU fue completamente exonerada de toda culpa.

Con asombrosa rapidez, mi padre se convirtió en una figura clave al oponerse a esta acción ilegal de la corte. Él, de hecho, encaminó a las congregaciones del sur de California y a los miembros de la IDU –especialmente los ciudadanos mayores- a tomar alguna acción. Mi padre surgió de una relativa penumbra para enfrentarse a un reto tremendo.

Su gran efectividad llamó la atención del Sr. Armstrong. Luego de la batalla en la corte, el Sr. Armstrong designó a mi padre como director de servicios ministeriales (o administrador de la iglesia) de la IDU. Su trabajo consistió en supervisar los ministros a escala mundial. Además, por esa época fue ordenado como evangelista, el cargo ministerial que históricamente ha sido considerado como la posición más alta en la IDU.

Esto explica sólo en parte por qué surge mi padre en la IDU. ¿Qué hizo él? ¿De dónde provenía? ¿Quién era este hombre que sucedería a Herbert Armstrong como pastor general de la Iglesia de Dios Universal?

Las raíces de mi padre

Mi padre nació en su casa paterna en Chicago el 16 de marzo de 1927. Como era la costumbre de la época, el doctor no se acercó a llenar un certificado de nacimiento sino hasta después de unos pocos meses luego del nacimiento de mi padre. Joseph era el menor de cinco hijos y el único hijo varón de William y Mary Tkach, quienes habían emigrado de los Carpatos –Rusia.

Junto a sus hermanas, mi padre creció bajo la fe Ortodoxa Rusa. A temprana edad se convirtió en un monaguillo, no porque estuviera realmente comprometido, sino porque eso era lo que se debía hacer. Se graduó de la escuela secundaria Tilden del sudeste de Chicago y continuó viviendo en la ciudad de Windy hasta que se enroló en la Armada de los Estados Unidos. Sirvió en dos barcos, el USS Jupiter y el USS Austin, un destructor escolta. Peleó en la Segunda Guerra Mundial y obtuvo dos condecoraciones, incluida la de la Victoria por sus servicios en el Pacífico.

Después de su honroso retiro regresó a casa y luego se casó con mi madre. Cuando en ese entonces se le preguntaba acerca de su fe, él decía: “Soy miembro de la Iglesia Ortodoxa”, aunque no era miembro activo.

A pesar de su apatía religiosa, la familia continuaba asistiendo a la Iglesia Ortodoxa Rusa en tanto que visitaba varias iglesias en busca de una mayor verdad. Una creciente insatisfacción eventualmente los llevó a tomar una acción. Mis abuelos a menudo hacían preguntas a su sacerdote, pero este nunca pudo responderles satisfactoriamente. Muy pronto la familia (exceptuando a mi padre) empezó a oír a Herbert W. Armstrong en la radio. Mi padre no estaba interesado ni siquiera un poco; al contrario, este nuevo interés en Herbert W. Armstrong le molestaba, aunque nunca quiso discutir al respecto con su padre.

Un suceso cambió todo eso. Por aquellos días mi padre sufría de ulceras severas y estuvo pensando en hacerse una cirugía para corregir el problema. Tenía una dieta blanda –lácteos, compotas, y absolutamente nada condimentado. Mi madre le sugirió que Dios podría curarlo si él permitía que un Ministro de la IDU lo ungiera. Aunque era muy escéptico en cuanto a que hubiera una mejoría, finalmente accedió. Se llamó a un ministro para que ungiera a mi padre –que quedó atónito al verse, repentina y milagrosamente, sanado de sus úlceras. Para comprobar el milagro se apresuró a ir a un restaurante donde pidió el plato de chili más condimentado y picante que hubiera. En el pasado, una comida como esa podía debilitarlo por un día completo o dos, pero esta vez el chili no le causó ningún problema. Nunca más sus ulceras volvieron a causarle ninguna incomodidad. De ahí en adelante, la pizza repleta de jalapeños y anchoas se convirtió en una de sus comidas preferidas.

Este excepcional evento convenció a mi padre para convertirse en activista de su nueva fe. Aun por bastante tiempo, a pesar de su ferviente interés, no se le permitió asistir a los servicios. Por los años cincuenta, los prospectos a miembro no podían asistir a la IDU (por entonces la Iglesia de Dios de la Radio) hasta que hubieran aprendido gran cantidad de doctrina. Él se convirtió en un estudiante incansable, y por enero del 61 fue ordenado diácono. Desde el principio siempre mostró un corazón dispuesto al servicio. En junio del 63 fue ordenado al ministerio y en los años subsiguientes construyó una sólida reputación como “el anciano de las viudas”. Si una viuda (o viudo) necesitaba algo, mi padre generalmente estaba listo para suplir la necesidad. Él gustosamente reclutaba voluntarios para pintar una casa, arreglar un electrodoméstico de cocina o para trabajos de plomería. En cualquier cosa que fuera necesario ayudar, él estaba dispuesto.

En 1966 nuestra familia se mudó a Pasadena para que mis padres pudieran asistir a la Institución Ambassador. Tomaron clases por 3 años, con la intención de que mi padre fuera enviado a pastorear una iglesia. En cambio, él permaneció en Pasadena y eventualmente pastoreó una congregación allí.

Él pasó más de la mitad de su ministerio en Pasadena y fue reconocido como el servidor de la gente, en especial de los mayores. Él estaba siempre disponible para orar, visitar y ungir al enfermo, y los ministerios de servicio. Él continuó distinguiéndose como un ministro con corazón de siervo. Posteriormente, como pastor general, uno de sus principales lemas era, “Somos pastores, no policías” Él, así como otros, reconoció que había demasiado autoritarismo en los cargos ministeriales, e hizo los correctivos necesarios para cambiar esa situación tanto como fue posible. Sin duda esto se volvió una tarea primordial para él debido a que tal autoritarismo destructivo había, de hecho, tocado a su propia familia. Muchos de los ministros que se graduaron con el estilo de liderazgo autoritario se sentían más a gusto en nuestros fragmentados grupos.

Un rápido ascenso

Cuando mi padre fue designado como sucesor del Sr. Armstrong, estaba llevando a cabo las tareas de administración de la iglesia. Él ya se encontraba supervisando a nuestros ministros, de modo que era un candidato natural. Después de seis años y medio en ese cargo, su versatilidad era reconocida y había estado en todos los puestos ministeriales posibles en nuestra organización. Las otras personas, que también pudieran haber sido candidatas, muy pronto fueron eliminadas de la lista del Sr. Armstrong.

En los meses previos a su muerte, Herbert Armstrong había pasado tiempo a solas con cada miembro del consejo de ancianos, hablándoles específicamente acerca de quién no quería que fuera el elegido. En una oportunidad, cuando estaban todos reunidos, dijo: “Mi hijo Ted nunca estará en una posición de autoridad, jamás”

Privadamente, él también les había dicho a varios líderes que Rod Meredith nunca debería llegar a esa posición. Antes de morir, el Sr. Armstrong decidió que no quería que el consejo escogiera a su sucesor. Cierto día los reunió y les dijo, “Estoy designando a Joseph Tkach como mi sucesor”. Nadie protestó. Él murió solo semanas después de que se hicieron todos los trámites necesarios para formalizar el nombramiento de mi padre.

Todo sucedió muy rápido. Un pastor de Montgomery, Alabama, llamó a las oficinas de Pasadena muy temprano cierta mañana para confirmar el rumor que había escuchado acerca de la designación de Joseph Tkach padre como el sucesor del Sr. Armstrong. A las 8 a.m. estaba hablando con la secretaria del Sr. Armstrong. “¿Podría confirmarme si el rumor es cierto?” Preguntó. Ella empezó a llorar y contestó: “Es cierto, ¡el Sr. Armstrong ha muerto!” ¡Y esa ni siquiera había sido la razón por la que él estaba llamando!

La anécdota muestra el poco tiempo que transcurrió entre la decisión de escoger al sucesor de Herbert Armstrong y la muerte de este último. Esto hace pensar, además, en un interesante hecho acerca de la providencia divina. Si la decisión del escoger al sucesor del Sr. Armstrong hubiese estado en manos de alguien más, ¿dónde nos encontraríamos hoy?

Una plácida luna de miel

Mi padre disfrutó de una “luna de miel” por unos pocos años tras la muerte del Sr. Armstrong. Durante los primeros dos años, las estadísticas de miembros y asistencia en la iglesia continuaron en crecimiento.

La gente confiaba en mi padre, y cuando la iglesia comenzó a hacer cambios, ellos creían que dichos cambios eran acertados –pero la tensión se hizo cada vez mayor hasta que finalmente provocó un rompimiento.

Inicialmente, muchos de los cambios fueron administrativos, especialmente en lo concerniente al gasto de los recursos económicos. En tanto que el Sr. Armstrong era generoso para gastar, mi padre apretó las riendas un poco. Por ejemplo, el Sr. Armstrong era reconocido por sus viajes alrededor del mundo para visitar personalidades y jefes de estado. Él les hablaba acerca de una “poderosa mano de algún lugar” que algún día solucionaría los problemas de sus naciones, refiriéndose específicamente a Dios. A muchos miembros les parecía frustrante este tipo de acercamiento indirecto de parte del Sr. Armstrong.

Mi padre continuó con la práctica de viajar, pero en vez de visitar a los líderes mundiales visitó todas nuestras congregaciones alrededor del mundo. Él visitó cerca del 98% de esas congregaciones entre los primeros cuatro o cinco años de su ministerio como pastor general. Esto resultó ser algo de mucha unidad. Él enfatizó el hecho de que éramos una familia espiritual. A donde quiera que fuera promovía el tema de la unidad. Y al menos por un tiempo aquello dio resultado.

Él no era teólogo

Mi padre no era reconocido como un teólogo. Esto preocupaba a algunos miembros. Les preocupaba que la iglesia pudiera hacer cambios teológicos significativos sin el respaldo de él. Era característico del estilo de mi padre publicar un artículo anunciando un cambio y luego delegar a otros la enseñanza de ese cambio. En el pasado, Herbert Armstrong siempre escribía todo. Ya fuera que la enseñanza proviniera de él o no, él no le permitía a nadie más revelar algo nuevo. Él siempre se presentaba como la fuente (aunque no lo fue en muchas cosas) y como el experto principal.

Cuando mi padre asumió y le permitió a otros enseñar la mayoría de los cambios doctrinales, algunos de nuestros miembros, acostumbrados a que los cambios doctrinales provinieran directamente del líder, se desconcertaron. Dijeron “¿acaso entiende él estos cambios? Después de todo él no los está enseñando, alguien más lo está haciendo. Él está permitiendo que otros respondan nuestras inquietudes”

A menudo mi padre fue criticado por no dar sermones acerca de un particular cambio de doctrina, o por no practicarlo él mismo. Eventualmente él respondió a estas críticas a través de explicaciones extensas; él quería evitar establecer doctrina inadecuadamente. Pero esto además significaba que él permaneciera firmemente apegado a esas explicaciones. Entonces sus críticos empezaron a decir que él, o bien no entendía los cambios o que no estaba de acuerdo con los mismos. De otro modo, ¿por qué permanecía tan apegado a sus explicaciones? Estábamos rompiendo muchos paradigmas. No solo estábamos corrigiendo algunas de nuestras doctrinas (lo cual la iglesia había hecho por mucho tiempo), sino que lo estábamos haciendo en una nueva forma.

Los últimos años de mi padre

Durante los últimos tres a cuatro años de la vida de mi padre, él se empezó a percatar de que algunas de las creencias fundamentales que estaban implícitas en las doctrinas formalmente ensañadas en la IDU fueron sacudidas al máximo. Se dio cuenta de que parte de nuestra visión del mundo y la perspectiva en la historia de la iglesia no estaba fundamentada en la realidad o en la verdad. Él, por ejemplo, veía insostenible la idea de que el evangelio no hubiera sido predicado desde el año 53 A. D. Además él encontró problemas con el Anglo-Israelismo y otras doctrinas esotéricas.

Durante sus nueve años como pastor general, su deseo más grande era seguir a Cristo fielmente. Él comenzó a presentar la verdad como si esta hubiera estado oculta para él; no hubo nunca una agenda encubierta. Francamente, ni él ni nosotros éramos lo suficientemente astutos para preparar tal agenda. Una vez que él anunció el primer cambio, sin embargo, fue como si alguien hubiera dado el pedalazo inicial –alguien distinto a nosotros. Un río de preguntas empezó a llegar de parte de nuestros ministros y de las congregaciones. A medida que respondíamos esas preguntas, otras empezaron a surgir. No había forma de detenerlas. Estas preguntas ampliaron el espectro de la doctrina. No podíamos desarrollar un esquema general para poder responderlas todas; simplemente tuvimos que responderlas una por una a medida que se presentaban. Investigamos bastante y respondimos con la mayor honestidad que fuera posible.

Muy pronto, aparecieron miembros astutos que se dieron cuenta de que los primeros dos o tres cambios que hicimos iban a requerir que muy pronto hiciéramos otros más. Ellos predijeron con precisión la mayoría de las correcciones que fuimos anunciando durante los siguientes tres o cuatro años, aunque en un primer momento no vislumbramos ninguna. Estas personas hicieron sus predicciones, y nosotros respondimos: “Eso es ridículo. ¿Por qué están diciendo ustedes que vamos a cambiar cosas que han sido parte integral de nuestra identidad como denominación?” Nosotros negamos enfáticamente que estuviéramos siquiera pensando en tales cambios, por la sencilla razón de que no estábamos considerando tal cosa. Pero a medida que pasó el tiempo y que respondíamos más inquietudes, finalmente terminamos haciendo algunos de los cambios que nuestros contradictores habían predicho. Parecía que ellos tuvieran mayor credibilidad de la que nosotros pudiéramos tener; yo francamente admito que parecía como si hubiésemos tenido una especie de agenda oculta, como si no hubiéramos contado la historia real. Para mi padre, esta reforma fue literalmente una lucha entre la vida y la muerte. Por un lado él empezó a ver que los cambios se sucederían uno tras otro, que se necesitaría más tiempo para estudiarlos. Algunos de sus amigos más cercanos querían que él fuera más despacio con estos cambios o que definitivamente no tomara ninguna decisión al respecto. Él se debatía en la angustia entre presentar la verdad que estaba descubriendo o conservar la lealtad y respeto de sus amigos. Su experiencia fue muy similar a la que muchos de nuestros miembros ya habían tenido.

Me siento complacido de que él haya hecho lo correcto. Él escogió la verdad de la Biblia antes que la mera tradición de la iglesia, aun si algunos detractores estuvieran en completo desacuerdo con él e insinuaran que él no conocía lo que en verdad estaba sucediendo. Tales voces se vieron obligadas a cambiar de parecer después del sermón de víspera de Navidad en 1994. Después de ese sermón fue imposible decir que mi padre no entendía lo que estaba diciendo o que él era una simple marioneta que actuaba como vocero de los conspiradores tras bambalinas. Era claro que los cambios en nuestra iglesia eran auténticos y con carácter de permanentes. La cantidad de miembros y las contribuciones económicas cayeron en picada, pero mi padre rehusó moverse de donde la gracia del Espíritu de Dios lo había guiado.

No tengo duda de que las dificultades de esos días precipitaron su muerte –el 23 de septiembre de1995- como consecuencia de complicaciones de cáncer. Él tenía 68 años. Antes de morir él me nombró como su sucesor –y nunca olvidaré ni su coraje ni su ejemplo. Ahora soy el presidente y pastor general de la Iglesia de Dios Universal, y recuerdo vívidamente y trato de practicar una de las más grandes lecciones que me dejó mi padre: Soy un pastor, no un policía, y sirvo a un Dios de gracia, no simplemente a un Señor de leyes. Esa es la lección que intento enseñar.


1 Stanley R. Rader, “The Attorney General Kept His Word. Now I Will Keep Mine,” The Worldwide News, Marzo 6, 1981, edición especial, 9.

 

2 Herbert W. Armstrong, “Congress fo Leading Ministers and Reemphasized Spiritual Organization of the Church”, The Worldwide News, Marzo 6, 1981, edición especial, 12.

 

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