Saliendo de un
mundo destrozado
Quiero
compartir con ustedes una carta que recibí de un adolescente el año pasado. Su
historia ilustra bien cuan difícil puede ser el viaje espiritual para los
jóvenes que están creciendo en un mundo destrozado. Espero que cualquiera que
esté luchando con sus problemas encuentre consuelo en sus palabras:
Cuando tenía cinco años de edad mis padres se divorciaron. Aunque yo no tenía idea de lo que significaba esa palabra, sabía que ya no tendría a mi mamá y mi papá en la misma casa como quería. A mis cinco años estaba profundamente herido y atemorizado porque todo lo que conocía, todo lo que había visto era a mis padres juntos y perder eso me dejó muy triste.
Después de ir a la corte varias veces para intentar determinar con quién quería vivir, escogí a ambos. Ser llevado de aquí para allá tres veces por semana es muy duro. Pero por amor que tenía y todavía tengo por ambos padres no podía quedarme sólo con uno. Necesitaba el fundamento de ambos en mi vida.
Tenía casi nueve años cuando cambió mi actitud y forma de pensar. Después del divorcio nunca más fui un chico bueno. Muchas veces gritaba y decía que odiaba a mis padres. Fue por esta época que me enclaustré en mis paredes, por así decirlo. Empujé un cuchillo sobre mi mamá y la golpeé con un teléfono sin razón aparente. Le gritaba y le decía cuanto la odiaba. Ella pensaba que algún día la mataría. Yo era muy violento y me enojaba con facilidad. Cualquier cosa me enfadaba.
Mamá me llevó a un lugar para saber por qué yo era así. Allí me hicieron algunos exámenes y todo lo que dijeron, básicamente, era que yo tenía un “desequilibrio químico” o depresión. Eso era cierto. Siempre me sentía solo. Odiaba la vida y todo lo que tenía que ver con esto.
Yo iba a la iglesia, pero cuando llegué a los once años odié a Dios. Nunca lo dije pero en lo más profundo sentía ira y venganza. Escuchaba que Dios me amaba pero si Dios me amaba tanto por qué me hizo esto. A pesar de mi dolor, continuaba asistiendo a la iglesia y les ponía cara buena a todos. Yo era el muchacho bueno. Estaba viviendo una mentira por quien sabe cuanto tiempo. Quería terminar con mi dolor, pero no encontraba la forma de hacerlo. No sabía como llevar todo eso a Jesús y no quería hacerlo por todo lo que “él me había hecho”.
Todo mi sufrimiento y todo mi dolor lo guardaba en mi interior y lo ignoraba. El año pasado todo volvió a emerger y básicamente quedé deshecho. Estaba tan confundido que no podía ni pensar. Todo el dolor salió a la superficie y me hizo llorar. Nunca había sentido tanto dolor a la vez. Con cada lágrima culpaba a Dios y le volvía la espalda aún más.
Pero entonces algo me sucedió. Sentí la presencia de Dios en una forma en que nunca pensé posible. Finalmente dije: Dios… te entrego mi dolor a ti. Por favor llévatelo. Por favor quítame mi sufrimiento. Él lo hizo… en ese momento y allí mismo comencé a reír. Fue tan extraño. Y cuando regresé tenía un fuego nuevo pero más importante que eso era que tenía una relación profunda con Jesús porque finalmente me di por vencido. Finalmente le entregué mi carga a él.
Hoy todavía lucho. Cada día tengo dudas como antes. Pero cada día alabo a Dios porque veo qué pequeño dolor era el mío comparado con el dolor que Jesús sintió por mí. Había construido tantos muros que tuve que derribar. No permito que la gente se me acerque y cuando lo hacen les dejo de hablar por temor a perderlos o por temor a que vean quién era y huyan de mí. Pero cada día me siento feliz sólo por vivir. Me he quitado una gran carga y por mí mismo no lo habría podido hacer. Por mi mismo ahora estaría muerto. Dios siempre ha estado conmigo… y eso me sorprende. Aunque yo lo odiaba él nunca me dejó.
El dolor que tú tienes sólo te lo puede quitar una cosa. No puedes esconderlo. No puedes vivir esperando que se vaya sólo porque no lo hará. Jesús es el único que puede quitar tu dolor. Su luz puede resplandecer en nuestros lugares más profundos y oscuros. No importa lo que hayas hecho o quién eres, él te aceptará y te amará con un amor que las simples palabras no pueden describir. Sólo él puede restaurar el gozo y la paz que antes tenías y que ahora anhelas.
por Russell Hunter
Copyright © 2003 Iglesia de Dios Universal